El noveno año empezó con una tormenta de nieve que duró tres días.
Enterró la ciudad bajo un manto blanco que hacía que todo se viera limpio desde la ventana del departamento. Una mentira visual que ocultaba la podredumbre que yacía debajo.
Valerie tenía veinticinco años. Nueve años cautiva.
Tres mil doscientos ochenta y cinco días.
Sabía el número exacto porque había empezado a llevar la cuenta de forma obsesiva. Una necesidad casi compulsiva de marcar el paso del tiempo para que no se fundiera todo en una masa indistinguible de días idénticos.
Las marcas vivían en la pared del baño, detrás del tanque del inodoro donde Dimitri nunca miraba. Rayas minúsculas hechas con un clavo oxidado que había encontrado en la escalera meses atrás.
Cada mañana, después de que Dimitri se iba, Valerie añadía una nueva marca.
Un ritual sagrado que le recordaba que seguía siendo humana. Que todavía existía como algo más que una sombra en un departamento olvidado.
Tres mil doscientos ochenta y cinco raya