Los días siguientes a la revelación fueron una metamorfosis grotesca de la rutina establecida.
Dimitri, que durante once años había alternado entre la indiferencia cruel y la violencia explosiva, se transformó en algo peor: un guardián obsesivo que monitoreaba cada movimiento de Valerie como si fuera ganado valioso que finalmente había empezado a producir.
Llegaba cada noche con bolsas de comida. Pan fresco, no el duro y mohoso de antes. Latas de conservas caras. Frutas que Valerie no veía desde su adolescencia: manzanas rojas que brillaban bajo la luz amarillenta del departamento, naranjas que perfumaban el aire rancio con un aroma casi obsceno de normalidad.
—Come —ordenaba, dejando todo sobre la mesa con un golpe que hacía temblar los platosaa—. Todo. Cada maldita cosa.
Valerie comía.
No porque le importara su propia supervivencia, sino porque cada bocado alimentaba a los tres seres que crecían dentro de ella, a los tres que necesitaban fuerza para lo que fuera que les esperaba.
El