Mundo ficciónIniciar sesión"Me humillaron durante doce años sin saber que yo era la dueña de su imperio". Cuando Isadora descubre que es la heredera perdida de los Montemayor, no solo reclama su fortuna, sino que desata una guerra sangrienta. Pero su venganza tiene un precio inesperado: Dante Castellanos. El hijo de los asesinos de sus padres es el único hombre que puede ayudarla a sobrevivir... o destruirla para siempre. Con un asesino a sueldo tras sus pasos, una exnovia fingiendo un embarazo y una madre que regresó de la muerte, Isadora descubrirá que sentarse en el trono es fácil, lo difícil es seguir viva. ¿Podrá amar al hijo del monstruo que quemó su hogar?
Leer másEl champán costaba más que el salario mensual de Isadora Montes, pero eso a nadie le importaba porque nadie la veía.
Llevaba tres horas de pie junto a la puerta de servicio del restaurante El Almendra, sosteniendo el maletín con los contratos que había negociado durante seis meses, mientras Ignacio Castellanos recibía los aplausos y los apretones de mano de los socios japoneses sentados en la mesa principal. Su mesa. Su contrato. Su trabajo.
Doce años. Ese era el tiempo que llevaba construyendo el imperio de un hombre que la trataba como una fotocopiadora con piernas.
—¡Isadora! —Ignacio chasqueó los dedos desde la cabecera sin mirarla—. ¡Trae el anexo B, ahora!
Cruzó el salón bajo la mirada de cincuenta personas, sintiendo el calor subir a sus mejillas, sintiéndose torpe y gris en medio de tanto color y seda y joyas que destellaban bajo los candelabros de cristal. Depositó la carpeta frente al señor Tanaka con precisión quirúrgica.
—Gracias, puedes retirarte a tu rincón —dijo Ignacio, abriendo la carpeta como si la hubiera preparado él mismo—. Y pide un vaso de agua para ti si tienes sed, pero no del embotellado, del de la llave está bien.
Una risa recorrió la mesa, cruel y cómplice. Regina Castellanos sonrió detrás de su copa, sus ojos azules brillando con algo que no era humor.
—Pobre cosita —dijo Regina, lo suficientemente alto para que la mitad del salón la escuchara—. Siempre tan servicial, tan gris. Es como tener un mueble viejo que no te decides a tirar porque te da lástima, ¿verdad, Ignacio?
—Es eficiente —concedió Ignacio, encogiéndose de hombros—. Como una fotocopiadora vieja. Hace ruido y se atasca a veces, pero saca el trabajo.
Mariana, la nueva asistente de veintidós años que coqueteaba con todo lo que tuviera corbata y que llevaba dos semanas borrando archivos «por accidente», soltó una carcajada estridente y derramó vino sobre el mantel.
—¡Ay, Ignacio, eres terrible! Pero tienes razón, yo no podría vivir así, sin color, sin vida. Debe ser horrible ser tan... nadie.
Nadie.
La palabra golpeó a Isadora en el centro del pecho como un puño cerrado. No era nueva. La había escuchado en diferentes formas durante doce años. «Es barata», había dicho Ignacio esa misma mañana delante de Regina, reduciendo una década de sacrificio a una línea de costo-beneficio. «Don Nadie», la había llamado Regina la semana anterior mientras le ordenaba cambiar rosas rojas por blancas porque las rojas eran «vulgares, como de clase baja».
Pero esta vez, algo se rompió.
No fue un estallido. Fue un clic silencioso, como el sonido de una cerradura que se abre después de treinta y cinco años oxidándose.
—Si no necesita nada más, regresaré a la oficina —dijo Isadora, y su voz sonó extraña en sus propios oídos. Calmada. Muerta.
Ignacio la despachó con un gesto de mano sin mirarla, ya volviendo a brindar con Tanaka.
No lloró. Las lágrimas eran un lujo que no podía permitirse. Salió del aire perfumado del restaurante hacia la noche fría y hostil, subió a su coche viejo con el motor tosiendo al arrancar, y condujo de regreso al edificio de Castellanos Holdings. Subió a la oficina vacía. Terminó el informe trimestral que debía entregar al día siguiente, sola, con el zumbido del aire acondicionado y el parpadeo de una lámpara fluorescente en el pasillo como única compañía.
A las diez de la noche, recogió su bolso y salió hacia el estacionamiento subterráneo.
Fue entonces cuando vio al hombre.
Estaba tirado junto a la columna de cemento. Setenta años, tal vez más. Un traje que alguna vez fue elegante, ahora manchado de algo oscuro que podía ser vino o sangre. Pero fueron sus ojos los que la clavaron al suelo: la miraban con una intensidad que se parecía al reconocimiento, aunque ella nunca lo había visto en su vida.
—Isadora Montes —dijo él, y su voz sonó como papel de lija sobre madera vieja—. Te he buscado durante treinta y cinco años.
Ella debería haber corrido. Debería haber llamado a seguridad. Debería haber hecho cualquiera de las cosas sensatas que una mujer sola hace cuando un desconocido la llama por su nombre en un estacionamiento vacío a las diez de la noche. Pero algo en esos ojos la mantuvo clavada al suelo, algo que se parecía al reconocimiento aunque nunca lo había visto en su vida.
—¿Quién es usted?
—Alguien que le debe la verdad a tu madre —respondió él, sacando un sobre amarillento del bolsillo interior de su chaqueta—, y que llega treinta años tarde para dártela.
Tosió. La mancha en su camisa era sangre. Mucha sangre. Demasiada para que siguiera hablando con esa calma de quien ya ha aceptado su destino.
—Voy a llamar una ambulancia —dijo Isadora, buscando el teléfono.
—No hay tiempo —la mano del hombre atrapó su muñeca con una fuerza sorprendente—. Escúchame, Isadora, porque lo que voy a decirte cambiará todo lo que crees saber sobre ti misma. Tú no eres huérfana. Nunca lo fuiste. Tu madre era Valentina Montemayor y tu padre era Alejandro Montemayor. Los herederos de la fortuna más grande de este país, antes de que los asesinaran y te robaran todo.
—Eso es imposible —susurró Isadora—. Los Montemayor murieron en un incendio hace treinta años. Toda la familia. No hubo sobrevivientes.
—Hubo una —la interrumpió el hombre—. Una bebé de seis meses que la niñera sacó por la puerta de servicio mientras el fuego consumía la mansión. Una bebé que debería haber heredado todo pero que fue escondida en un orfanato para que los verdaderos asesinos pudieran quedarse con la fortuna.
Le puso el sobre en las manos. El papel se sentía frágil como una promesa, pesado como una condena.
—Aquí está todo: el acta de nacimiento original, las pruebas de ADN que hice en secreto hace cinco años cuando finalmente te encontré, los documentos que demuestran que el incendio fue provocado, y el nombre de la persona que ordenó matar a tus padres.
—¿Quién? —apenas un hilo de voz.
El hombre sonrió. La sonrisa triste de quien sabe que está pronunciando sus últimas palabras.
—El abuelo de Ignacio Castellanos. El fundador del imperio que te ha mantenido como esclava durante doce años mientras vivía de la fortuna que te robó a ti y a tu familia.
La sangre abandonó el rostro de Isadora tan rápido que tuvo que apoyarse en el coche para no caer. Las piezas encajaron con una claridad horrible: la empresa surgida de la nada exactamente treinta años atrás, justo después del incendio Montemayor, construida sobre cimientos que nadie cuestionó porque el dinero limpia historias y el poder entierra verdades.
El hombre cerró los ojos. Esta vez no volvió a abrirlos.
Isadora se quedó arrodillada junto al cuerpo de un hombre cuyo nombre no sabía, sosteniendo un sobre que contenía su destrucción o su salvación. El teléfono vibró en su bolsillo: un mensaje de Ignacio preguntando si había terminado el informe. Otro de Regina recordándole que mañana debía llegar una hora antes para organizar los arreglos florales.
«Don Nadie», la habían llamado.
«La huérfana sin pedigrí».
Isadora se puso de pie. Guardó el sobre en su bolso con manos que ya no temblaban de miedo sino de algo mucho más peligroso. Abrió el sobre y leyó el nombre del abogado que podía devolverle todo lo que le habían quitado: Sebastián Herrera.
Y debajo, una nota escrita a mano:
«Él sabe quién eres. Él te estaba esperando.»
Isadora sacó el teléfono. Marcó el número. La lluvia comenzó a caer sobre el estacionamiento, pero ya no sentía el frío.
Por primera vez en treinta y cinco años, sabía exactamente quién era.
Y exactamente lo que iba a hacer.
Era la cocina de siempre. La mesa de siempre. El martes de siempre.Pero no lo era.El sol de la mañana bañaba la isla de mármol. El olor a café tostado, recién hecho por Dante, se mezclaba con el aroma del pan caliente que humeaba en el centro de la mesa. Era una coreografía caótica, ruidosa y absurdamente normal.Lucía masticaba sus cereales con un libro de historia antigua abierto junto al plato. Isadora ya le había dicho cuatro veces que lo cerrara para no mancharlo con leche. Lucía había obedecido las tres primeras veces, volviéndolo a abrir en cuanto su madre se daba la vuelta.Ernesto no estaba leyendo. Estaba inclinado sobre la mesa, haciendo algo indescifrable en su cuaderno de espiral azul. Escribía y borraba con una concentración monacal, ajeno al ruido que lo rodeaba.En el taburete del extremo, con las piernas colgando muy por encima del suelo, estaba Valentina Chica. Se había quedado a dormir la noche anterior porque María tenía una junta directiva en otra ciudad.—Tía I
Estaban en la tumba de Valentina, por primera vez sin nadie más.Era un miércoles de noviembre. El cielo sobre la costa del Cantábrico estaba cargado de nubes grises y veloces, empujadas por un viento que traía el sabor del salitre y del frío atlántico.Solo ellas tres.Isadora. María. Sofía.Sin maridos escoltando el perímetro. Sin hijos reclamando atención. Sin la inmensa red de seguridad legal y logística que las envolvía constantemente en Madrid. Habían dejado los teléfonos apagados en el coche de alquiler, aparcado a un kilómetro del pequeño cementerio de piedra.Caminaron por el sendero estrecho entre las lápidas antiguas.María llevaba un ramo de jazmines frescos. El contraste del blanco puro contra la piedra húmeda y oscura del norte era absoluto.Sofía llevaba su cámara compacta colgada del cuello. Cuando llegaron frente a la lápida gris que tenía el fénix tallado sin nombre, se la quitó de la correa y la apoyó en el suelo, sobre la hierba húmeda. Sin encenderla.Isadora meti
El hijo de Marcos nació un domingo de mayo.No hubo alertas de seguridad. No hubo pasillos de hospital vigilados por hombres de traje oscuro con auriculares en la oreja. Hubo, simplemente, el llanto agudo de un bebé recién nacido rompiendo la calma aséptica de la planta de maternidad.Marcos hizo la llamada a las once de la mañana.Isadora estaba en el jardín de su casa, trasplantando unos rosales. Sintió el teléfono vibrar en el bolsillo de su delantal. Se limpió la tierra de las manos con un trapo y descolgó.—Ha nacido —dijo Marcos. La voz del escritor, siempre calibrada para la exposición de atrocidades históricas, sonaba ahora temblorosa, ronca y completamente desarmada.—¿Están bien? —preguntó Isadora, el pulso acelerándose por el reflejo protector.—Perfectos. Andrea está agotada, pero perfecta. El niño pesa tres kilos y medio. Tiene los pulmones de un cantante de ópera.Isadora sonrió. La tensión abandonó sus hombros.—Felicidades, Marcos. ¿Cómo se llama?Marcos no respondió d
Isadora reorganizaba la pared de su despacho.No era una tarea impulsiva. Había retirado cada fotografía, cada documento enmarcado y cada recorte de periódico de la gran superficie de corcho. Todo estaba ahora esparcido sobre la gruesa alfombra gris.Llevaba dos horas sentada en el suelo, con las piernas cruzadas.El problema era geométrico y emocional. No había más espacio en la pared. Pero tampoco quería quitar absolutamente nada. Quitar una foto significaba borrar un ladrillo de la casa que habían construido.El papel grueso del veredicto de La Haya rozaba la esquina de la foto del jardín donde estaban las cuatro generaciones. El librito de Lucía, atado con hilo rojo, descansaba junto a la imagen en blanco y negro del edificio de la fundación que había enviado El Especialista.Dante abrió la puerta del despacho.Llevaba un jersey oscuro de cuello vuelto y una taza de té en la mano. Se detuvo en el umbral, evaluando el caos ordenado que cubría el suelo.Caminó con cuidado, esquivand
Último capítulo