—¿Qué llamada? —preguntó Isadora.
Estaban solos en la sala de juntas. La silla de Ignacio seguía volcada en el suelo. El olor a café derramado flotaba desde el pasillo donde los guardias acababan de escoltar al hombre que hace veinticuatro horas era el dueño de todo.
Dante caminó hacia ella. Se detuvo a una distancia que era profesional pero que de alguna manera se sentía demasiado cercana.
—Mi madre llamó a mi tía Lucía hace veinte minutos. Lucía llamó al senador Montenegro. Y el senador Monten