Dante Castellanos tenía el tipo de presencia que hacía que el aire de una habitación cambiara cuando entraba, no por arrogancia sino por algo más difícil de definir, una intensidad en la mirada que sugería que veía más de lo que la gente quería mostrar, que escuchaba los silencios entre las palabras, que había aprendido hace mucho tiempo a desconfiar de las sonrisas demasiado perfectas.
Sus ojos se detuvieron en el collar de rubíes durante tres segundos exactos antes de moverse hacia el rostro d