El vestido no era simplemente una prenda de ropa, era una armadura de seda escarlata diseñada para cortar la respiración y detener corazones, una segunda piel que fluía sobre el cuerpo de Isadora como sangre líquida, con un escote profundo que dejaba al descubierto la única joya que importaba esa noche: el collar de rubíes de Valentina Montemayor.Dante la esperaba al pie de la escalera del vestíbulo de su apartamento, y cuando ella bajó el último escalón, él dejó de revisar su reloj y se quedó inmóvil, con esa expresión de asombro silencioso que vale más que mil halagos vacíos.—Si tu intención es provocar un infarto colectivo en la alta sociedad —dijo él, ofreciéndole el brazo con una caballerosidad que contrastaba con la tensión en su mandíbula—, creo que vas sobrada de munición.—Mi intención es recordarles quién era la reina antes de que los usurpadores tomaran el trono —respondió Isadora, aceptando su brazo, sintiendo el calor de su piel a través de la tela del esmoquin, un ancla
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