A las siete y cuarenta de la mañana, Isadora cruzó las puertas de cristal de Castellanos Holdings con un traje negro que había comprado a crédito a las seis de la mañana en la única tienda del centro comercial que abría temprano, un traje que le quedaba como si hubiera sido diseñado para ella porque la dependienta, una mujer con ojos cansados de madre soltera que trabaja turnos dobles, le había dicho «te mereces verte poderosa» mientras le ajustaba las solapas sin cobrarle el arreglo.
El collar