Dante Castellanos tenía el tipo de presencia que hacía que el aire cambiara cuando entraba. No por arrogancia. Por una intensidad en la mirada que sugería que veía más de lo que la gente quería mostrar, que escuchaba los silencios entre las palabras.
Sus ojos se detuvieron en el collar de rubíes durante tres segundos exactos.
Luego se movieron hacia el rostro de Isadora.
La estudió con la misma intensidad con la que ella lo estudiaba a él.
—Dante, hijo, gracias a Dios que llegaste —Ignacio recup