Mundo ficciónIniciar sesiónEl contrato final con Meridian debía firmarse ceremonialmente esa noche en una cena de gala en el restaurante más exclusivo de la ciudad, "El Almendra", un lugar donde una botella de agua costaba lo que Isadora gastaba en comida para una semana, y donde la élite financiera se reunía para repartirse el mundo entre bocados de caviar y sorbos de vino añejo.
Ignacio había insistido en que Isadora asistiera, no como invitada, por supuesto, sino como soporte logístico, "por si acaso necesitamos algún dato de último minuto", lo que significaba que pasaría la noche de pie en un rincón oscuro, sosteniendo el maletín con los documentos originales, viendo cómo otros comían y bebían celebrando su trabajo.
Llegó al restaurante vestida con su mejor vestido negro, uno que tenía cinco años pero que mantenía la dignidad del corte clásico, y se reportó con el maitre, quien la miró con ese desdén entrenado para detectar a los que no pertenecían y la dirigió a una esquina cerca de la entrada de servicio.
—Quédate ahí y no estorbes a los meseros —le advirtió el hombre—. Y si necesitas ir al baño, usa el del personal en el sótano, no queremos que los invitados se incomoden.
Isadora se pegó a la pared, aferrando el maletín contra su pecho como un escudo, y observó cómo la sala se llenaba de hombres poderosos y mujeres brillantes, joyas destellando bajo los candelabros de cristal, risas fáciles flotando en el aire perfumado.
Vio entrar a Ignacio, luciendo como un emperador romano en su esmoquin hecho a medida, con Regina a su brazo, envuelta en seda roja que gritaba peligro y poder, y detrás de ellos, para sorpresa y horror de Isadora, venía Mariana, vestida con algo plateado y escandaloso, riendo demasiado fuerte y colgándose del brazo de uno de los socios junior como si fuera un accesorio de moda.
—¡Isadora! —la llamó Ignacio desde la mesa principal, chasqueando los dedos como si llamara a un perro—. ¡Trae el anexo B, ahora!
Isadora cruzó el salón bajo la mirada de cincuenta personas, sintiendo el calor subir a sus mejillas, sintiéndose torpe y gris en medio de tanto color, y depositó la carpeta sobre la mesa frente al señor Tanaka, quien la miró brevemente con una expresión indescifrable antes de volver su atención a Ignacio.
—Gracias, puedes retirarte a tu rincón —dijo Ignacio sin mirarla, abriendo la carpeta—. Ah, y dile al mesero que nos traiga otra botella de Dom Perignon, y pide un vaso de agua para ti si tienes sed, pero no del embotellado, del de la llave está bien.
Una risa recorrió la mesa, cruel y cómplice. Regina sonrió detrás de su copa, sus ojos brillando con malicia pura.
—Pobre cosita —dijo Regina, lo suficientemente alto para que la mitad del salón la escuchara—. Siempre tan servicial, tan... gris. Es como tener un mueble viejo que no te decides a tirar porque te da lástima, ¿verdad, Ignacio?
—Es eficiente —concedió Ignacio, encogiéndose de hombros—. Como una fotocopiadora vieja, hace ruido y se atasca a veces, pero saca el trabajo.
Mariana soltó una carcajada estridente, derramando un poco de vino sobre el mantel.
—¡Ay, Ignacio, eres terrible! —chilló, tocándole el brazo con familiaridad—. Pero tienes razón, yo no podría vivir así, sin color, sin vida... debe ser horrible ser tan... nadie.
Isadora sintió que el mundo se detenía. "Nadie". La palabra resonó en su cabeza, rebotando contra las paredes de su lealtad, rompiendo finalmente la represa que había contenido su dignidad durante doce años. Miró a Ignacio, el hombre por el que había sacrificado su juventud, su salud, sus sueños; miró a Regina, la mujer que se alimentaba de humillarla; miró a Mariana, la caricatura vacía que venía a reemplazarla.
Y se dio cuenta de que no importaba cuánto trabajara, cuánto se esforzara, cuánto salvara a la empresa de la ruina: para ellos, ella nunca sería una persona. Solo era una función, un objeto, una "don nadie" conveniente.
—Aquí está el anexo, señor —dijo Isadora, su voz sonando extraña en sus propios oídos, calmada, muerta—. Si no necesita nada más, regresaré a la oficina para terminar el informe trimestral que debe presentarse mañana.
—Sí, sí, vete —Ignacio la despachó con un gesto de mano, ya volviendo a brindar con Tanaka—. Y asegúrate de que esté en mi correo antes de que yo llegue mañana, no quiero excusas.
Isadora se dio la vuelta y caminó hacia la salida, sintiendo las miradas en su espalda, pero esta vez no bajó la cabeza. Caminó con la rigidez de un cadáver que aún no sabe que está muerto, saliendo del aire cálido y perfumado del restaurante hacia la noche fría y hostil.
No lloró. Las lágrimas eran un lujo que no podía permitirse. Subió a su coche viejo, el motor tosiendo al arrancar, y condujo de regreso al edificio de Castellanos Holdings, una torre de cristal oscuro que se alzaba contra el cielo como un monumento a su propia estupidez.
Entró en la oficina vacía, el silencio zumbando en sus oídos, y se sentó frente a su computadora, sus manos moviéndose automáticamente sobre el teclado para terminar el informe trimestral. No había nadie, solo el zumbido del aire acondicionado y el parpadeo de una lámpara fluorescente en el pasillo que parecía compartir su agotamiento.
Isadora miró la hora en la esquina de su pantalla: las once de la noche. Debería irse. Debería tener el autorespeto suficiente para cerrar esa laptop y marcharse a casa, pero el miedo a perder su empleo, a no poder pagar las facturas médicas de su tía, a fallar, la mantenía encadenada a esa silla ergonómica desgastada.
Fue entonces cuando escuchó el sonido.
El timbre del ascensor privado resonó en el piso desierto como una campana de alarma. Las puertas de acero se abrieron y una ola de risas estridentes y olor a alcohol caro invadió la quietud del piso ejecutivo.
Eran ellos.
Ignacio, con la corbata deshecha y una botella de champán colgando de su mano; Regina, caminando con los tacones en la mano y riendo de algo que Mariana le susurraba al oído. Habían decidido continuar la fiesta aquí, en el corazón de su imperio, lejos de las miradas curiosas del restaurante.
Isadora se encogió en su cubículo, rezando para ser invisible, para que la oscuridad de su rincón la protegiera. Pero ellos pasaron de largo, tan embriagados de triunfo y de sí mismos que ni siquiera notaron la silueta solitaria trabajando en las sombras. Entraron en la sala de juntas principal, dejando la puerta entreabierta, y el sonido de corchos volando y brindis arrogantes comenzó a llenar el aire.
Isadora exhaló, dándose cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Miró la taza de cerámica junto a su teclado, la que había llenado hacía horas en un intento inútil de mantenerse despierta, y sintió cómo la realidad de su vida se asentaba sobre ella como una losa de concreto. Ellos celebraban el éxito que ella había construido, y ella se quedaba afuera, en el frío, alimentándose de las sobras de su gloria.
Tomó la taza, sus dedos fríos rozando la cerámica helada, y se preparó para una larga noche de escuchar cómo los demás vivían la vida que ella merecía.
Estaba a punto de descubrir que el silencio de esa oficina guardaba secretos mucho más peligrosos que un simple desprecio laboral.







