La sala de conferencias olía a café recién hecho y a tensión cristalizada.
Isadora llegó quince minutos antes de la hora acordada, flanqueada por Sofía y Elena, cada una vestida con armadura corporativa que enviaba mensaje claro: profesionales, no víctimas.
Sarah Chen apareció exactamente a las 10:00 a. m., con puntualidad militar, acompañada de hombre de cincuenta y tantos años, con cabello canoso perfectamente peinado y traje que costaba más que auto promedio.
—Señorita Montemayor, gracias po