Mundo de ficçãoIniciar sessãoValeria tiene diecinueve años y una forma urgente de vivir. Actúa antes de pensar, ama con el cuerpo y no se protege de sentir. Nadie lo sabe, pero su cuerpo guarda un diagnóstico irreversible: una enfermedad degenerativa que avanza sin avisar. Mientras puede, Valeria decide vivir como si hoy fuera garantía. Una noche cualquiera conoce a Daniel, un hombre seguro de sí mismo, silencioso y magnético, cuya sola presencia desarma su aparente invencibilidad. Él no la persigue ni intenta salvarla; simplemente observa, y esa distancia la descoloca más que cualquier promesa. Entre una normalidad engañosa, relaciones que evitan mirar de frente y un padre que ama desde la ausencia emocional, Valeria continúa negando el límite hasta que el cuerpo comienza a cobrar lo suyo. Cuando la verdad emerge, ya es tarde para corregir lo que no se quiso ver. Una historia de amor, negación y deseo, donde el cuerpo habla antes que la mente y el tiempo nunca concede treguas.
Ler maisMi nombre es Valeria.
Tengo diecinueve años y el tiempo no me trata como a los demás. No es una metáfora. Es una sensación física. Lo siento en el pecho cuando camino rápido. En la forma en que el aire se me acaba antes de lo esperado. En cómo mi cuerpo me pide pausas que no siempre le concedo. Mientras otros desperdician horas, yo las gasto con cuidado. No porque viva con prisa, sino porque quedarme quieta siempre me ha parecido peligroso. Aprendí temprano que detenerse también es perder. Y yo no tengo margen para eso. La gente dice que soy intensa. Que exagero. Que vivo como si algo me persiguiera. Tal vez. Pero cuando el tiempo decida cobrar lo suyo —cuando lo haga sin avisar—, no quiero deberle nada. Lo irónico es que todo empezó sin importancia. Sin tragedias. Sin advertencias. Empezó con una fiesta cualquiera. — —¿Te vas a poner eso? —dice Miriam desde mi cama. La ignoro. Me delineo los ojos frente al espejo. La línea me tiembla un poco, pero no la corrijo. Nunca me gustó parecer demasiado pulida. —¿Qué tiene? —pregunto. —Nada —responde, estirándose—. Solo parece que vas a pelear con alguien. Sonrío sin mirarla. —Siempre es una posibilidad. Miriam se ríe. Es ese tipo de risa que ocupa espacio. Mi mejor amiga. Mi refugio. La única persona que conoce casi todas mis versiones y aun así se queda. Ella piensa antes de actuar. Yo actúo y luego veo qué hago con las consecuencias. Funciona. Me pongo la chamarra. El peso me da seguridad. No reviso el clima. No vuelvo al espejo. Dudar siempre me ha parecido una pérdida de tiempo. —¿Lista? —le digo. —Nací lista. Salimos. La noche está tibia. El aire huele a asfalto y alcohol viejo. La casa queda al otro lado de la ciudad, enorme, ajena, perfecta para no ser nadie. Llegamos tarde. Como siempre. La puerta está abierta. Nadie controla nada. Desde afuera no se escucha la música, pero sí el ruido: risas desordenadas, botellas, voces que se pisan. —Clásico —murmura Miriam. Entramos. El lugar es justo lo que esperaba. Gente dispersa, conversaciones que no llegan a nada, cuerpos demasiado cerca sin tocarse de verdad. Algunos se besan sin mirarse. Otros beben como si eso bastara. No hay pista de baile. Hay salas ocupadas. Alguien nos pasa vasos sin preguntar nombres. Aceptamos. El alcohol quema lo justo. Afloja el cuerpo sin apagarme la cabeza. —¿Conoces a alguien? —me pregunta Miriam. Niego. —Perfecto. Me gusta empezar de cero. Nadie sabe quién soy. Nadie espera nada. No tengo que ser cuidadosa. No tengo que explicarme. Me muevo entre habitaciones. Hablo con desconocidos. Ríen. Yo también. Digo cosas que no importan. Escucho historias que no recordaré. Mi cuerpo se adapta al ruido, al calor, al roce accidental de otros cuerpos. Me apoyo en una pared. Observo. Siempre observo. Veo gente intentando gustar. Otros intentando olvidar. Seguridad fingida. Desinterés exagerado. Todos actuando para alguien que no está mirando. Yo no quiero gustar. No quiero prometer. No quiero quedarme. Solo quiero estar. Dejo el vaso en cualquier superficie y empujo otra puerta. La música cambia. El pulso del lugar también. Y entonces lo veo. No es dramático. No es inmediato. Está de pie, apoyado en una barra improvisada. No habla mucho. No gesticula de más. No necesita hacerlo. Su presencia es tranquila, sólida, como si el espacio se acomodara alrededor de él sin pedir permiso. Alto. Hombros anchos. Espalda recta. Mandíbula marcada. El tipo de rostro que no necesita expresión para imponer. La camiseta se le ajusta sin exagerar, marcando lo suficiente como para que la mirada se quede un segundo más de lo debido. Su piel no es pálida ni oscura; se ve viva, firme. Hay algo en su manera de estar ahí, de ocupar el lugar, que desarma. No sonríe. Observa. Siento algo incómodo en el pecho. No es emoción. Es reacción. —Ese es Daniel —dice alguien a mi lado—. El dueño de la casa. Asiento. Eso explica la calma. Eso explica por qué no parece perdido en su propia fiesta. Nuestros ojos se cruzan. Un segundo. Nada más. No hay invitación. No hay interés declarado. Solo un reconocimiento seco, humano. Aparto la mirada primero. No porque me intimide. Porque no quiero quedarme ahí. Sigo moviéndome. Hablo. Bebo. El tiempo se estira de una forma rara. No se borra, se vuelve espeso. Mi cuerpo está ligero, pero el pecho me aprieta apenas. Lo ignoro. Daniel aparece de nuevo más tarde. No sé cuánto después. Está más cerca. Demasiado cerca. No me toca. No invade. Pero ocupa espacio. Su voz es baja. Segura. No intenta impresionarme. No pregunta demasiado. Yo tampoco. Hablamos de nada. De cosas que no importan. Y aun así, siento cada palabra en el cuerpo, como si algo se tensara sin permiso. Me doy cuenta de detalles absurdos. Sus manos. La forma en que se queda quieto cuando escucha. El silencio cómodo que no intenta llenar. No me gusta. Me atrae. Y esa diferencia me incomoda más de lo que debería. No sé cuánto tiempo pasó. La música cambió de ritmo. Las risas suenan más altas, más torpes. Mi cuerpo está tibio, ligero. No borroso. Presente. Está más cerca esta vez. Demasiado cerca para no notarlo. —¿Estás bien? —pregunta. Asiento sin pensar. No me gusta que se preocupe. Pero tampoco me aparto. El alcohol le aflojó un poco los hombros. No está borracho. Solo menos contenido. Su voz sigue firme, pero hay algo distinto en la forma en que me mira. No es descaro. Es atención. Demasiada. Su mano roza la mía al pasarme otra copa. No se disculpa. No se justifica. El contacto dura un segundo más de lo necesario. Mi cuerpo reacciona antes que yo. Un calor lento. Incómodo. Bajo la piel. —No deberías aceptar otra —dice, mirándome como si la decisión fuera mía desde siempre. —No deberías decirme qué hacer —respondo. Sonríe apenas. No se ofende. Nos quedamos así, frente a frente, rodeados de gente que no existe. El ruido se apaga un poco. O soy yo la que deja de escucharlo. Cuando me inclino para decir algo que ni siquiera sé qué es, su mano aparece en mi cintura. Firme. Segura. Como si ese lugar le perteneciera desde antes.La frase cae con peso. —¿Cómo? —pregunto—. ¿Tu empresa? —Sí —responde, tranquilo—. Soy el dueño. Me quedo en silencio. La información tarda en acomodarse dentro de mí. Daniel. La empresa. Mi trabajo. Todo se mezcla de golpe. Trabajo… para él. Hay un momento raro, suspendido. Como si el aire se tensara. No sé qué pensar, ni qué decir. Siento que algo se mueve, que el destino —o lo que sea— insiste en cruzarnos. Miro al suelo y veo los papeles desordenados. Me agacho para recogerlos, más para hacer algo que por necesidad. —Bueno… —digo—. Entonces supongo que ahora sí nos veremos más. —Ya verás —responde él, con esa seguridad que me deja pensando—. Nos vamos a seguir viendo. Levanto la mirada. Le devuelvo una sonrisa pequeña, automática. No digo nada más. Entro al ascensor y las puertas se cierran. Mientras baja, mi cabeza no se calla. Trabajo en su empresa. Daniel es el dueño. Daniel. Cuando llego al piso tres, antes de que las puertas se abran, me acomodo el
Se levanta y, otra vez, ese gesto sencillo que no pasa desapercibido: se adelanta y me abre la puerta. No exagera, no lo hace para lucirse. Simplemente lo hace. Y ese detalle pequeño se me queda clavado más de lo que debería. Salimos a la oficina general. Erik se detiene y alza un poco la voz, lo suficiente para que todas lo escuchen sin necesidad de gritar. —Chicas, un momento, por favor. Poco a poco se acercan. Dos secretarias que reconozco como su equipo directo y otras mujeres de distintas áreas. Me siento observada, medida, evaluada. Erik pone una mano ligera en el aire, marcando el ritmo de la presentación. —Ella es Valeria —dice—. A partir de hoy va a estar trabajando con nosotros como mi asistente. Vamos a ser un equipo, así que cualquier cosa que necesiten, trabajaremos juntos. Asiento, sonriendo con educación. Algunas responden con un “bienvenida”, otras solo inclinan la cabeza. Nada hostil, pero tampoco cálido. Neutral. Luego Erik se vuelve hacia dos de ellas.
Me despierto antes de que suene la alarma. No porque haya dormido bien, sino porque mi cuerpo no sabe hacerlo cuando algo importante está por pasar. Me quedo mirando el techo unos segundos, respirando despacio, como si eso pudiera tranquilizarme el corazón. Hoy es mi primer día. Mi primer día de trabajo de verdad. No prácticas, no favores, no “ayudas temporales”. Trabajo. La palabra pesa más de lo que pensé. Me levanto y camino descalza hasta el baño. El piso está frío y me eriza la piel. Abro la regadera y dejo que el agua caiga caliente, fuerte, como si pudiera borrar la ansiedad que traigo pegada desde anoche. Me quedo ahí más tiempo del necesario, con los ojos cerrados, dejando que el ruido del agua me aisle un poco del mundo. Cuando salgo, el espejo me devuelve una imagen que reconozco, pero que hoy se siente distinta. Sigo siendo yo, pero con una expectativa nueva encima. Normalmente me visto como me da la gana: ropa floja, sudaderas grandes, pantalones que no aprietan
Cuando desaparecen, el lugar vuelve a sonar. Respiro. —Qué raro —dice Miriam—. Él es… distinto. —Sí. —Nada que ver con el de la fiesta. No respondo. Terminamos nuestras bebidas y salimos. Todavía entramos a un par de lugares más. Dejamos solicitudes. Escuchamos las mismas respuestas. Cuando cae la noche, nos rendimos. —Mejor mandamos en línea —dice Miriam—. Ya no tengo energía. Nos despedimos. Ella se va a su casa. Yo tomo el camino al mío. Ceno algo rápido. Enciendo la laptop. Subo mi currículum. Empiezo a enviar solicitudes. Una. Dos. Tres. Nova Media Group. Lumen Comunicación. Ardent Creative. Atlas Corp. No leo demasiado. Solo envío. Cierro la computadora y me recuesto en la cama. Pienso en Daniel. En su silencio. En su mirada. En lo poco que dijo… y lo mucho que pesó. No se parece al hombre de aquella noche. Y eso, sin saber por qué, se queda conmigo. Mi papá llegó esa noche como llegan siempre las visitas que no se quedan. Con el saco
Cuando llego a casa de Miriam, toco el timbre una sola vez. Ella abre en pijama, el cabello recogido de cualquier forma, cara de domingo adelantado. —Mira nada más quién apareció —dice—. Pasa. —Hola —murmuro. —Tienes cara de muerte. —Me siento parecida. Me deja entrar. La casa huele a café y a algo frito. —Estoy haciendo chilaquiles —dice—. Siéntate. —Te amo. —Lo sé. Me dejo caer en una silla. El cuerpo agradece el descanso. Miriam se mueve por la cocina, pero me observa de reojo. Lo sé sin mirarla. —¿Qué pasó contigo ayer? —pregunta. —Me perdí. —Eso ya lo sé. Me sirve un plato y lo pone frente a mí. —No volviste —añade—. Y traes cara de… pasaron cosas. Mastico un poco antes de responder. —Pasaron cosas. —¿Con quién? —Con Daniel. Se queda quieta un segundo. —¿El de la casa? —Ajá. —Valeria… Sonríe, pero hay nervios ahí. —¿Y? Me encojo de hombros. —Pues… pasó. —¿Te gustó? —No lo sé. —¿Cómo que no lo sabes? —No fue importante.
No me aparto. Eso debería decirme algo. Nos besamos sin aviso. No es lento. No es torpe. Es directo. Como si los dos hubiéramos llegado tarde a algo que ya estaba decidido. Alguien se queja cerca. Una voz dice algo que no entiendo. Daniel se separa lo justo para mirarme y, sin soltarme, empuja una puerta detrás de nosotros. Una voz protesta desde la habitación. —Aquí no —dice alguien. La luz está encendida. Daniel levanta la mirada. No dice nada. No sonríe. Solo los observa. El silencio cae de golpe. Las miradas se bajan. Nadie discute. Salen sin decir una palabra. Daniel cierra la puerta. La habitación queda en penumbra. El ruido de la fiesta se apaga detrás de la madera. El contraste me marea un poco. Su cuerpo vuelve a acercarse. Demasiado cerca. El aire se vuelve espeso. Me besa otra vez. Y entonces mi mente despierta. ¿Qué está pasando? La pregunta cruza mi cabeza como un destello. No es culpa. No es miedo. Es sorpresa. La conciencia llegando t
Último capítulo