Mundo ficciónIniciar sesiónLa reunión con Meridian fue un éxito rotundo, por supuesto, porque Isadora había previsto cada objeción, cada duda técnica, cada laguna legal, y había preparado a Ignacio con tarjetas de respuesta que él leyó textualmente creyendo que eran ideas suyas, recibiendo los aplausos y los apretones de mano mientras Isadora permanecía de pie junto a la puerta, sosteniendo las carpetas adicionales y sirviendo agua como una camarera glorificada.
Cuando los socios japoneses se fueron, inclinándose respetuosamente ante el "genio financiero" de Ignacio Castellanos, la oficina estalló en una celebración prematura, con Ignacio abriendo una botella de champán de mil dólares que manchó la alfombra persa, una mancha que Isadora sabía que tendría que limpiar ella misma más tarde.
—¡Lo logramos! —gritó Ignacio, con el rostro enrojecido por la euforia y el alcohol—. ¡Cincuenta millones de dólares en inversión directa! Regina, mi amor, ve escogiendo la casa en la playa, porque este año nos vamos a superar.
—Sabía que lo harías, querido —ronroneó Regina, besándolo en la mejilla mientras miraba de reojo a Isadora—. Ahora, si tan solo pudiéramos deshacernos de la atmósfera deprimente en esta oficina, sería perfecto.
—Hablando de eso —Ignacio se volvió hacia Isadora, quien estaba recogiendo las copas sucias—. Isadora, ven aquí un momento.
Por un segundo, un segundo traicionero y estúpido, el corazón de Isadora saltó con una chispa de esperanza, pensando que tal vez, solo tal vez, en medio de la victoria, Ignacio reconocería que sin ella ese contrato sería papel mojado, que le ofrecería ese aumento que llevaba prometiendo cinco años, o quizás el puesto de gerente junior que merecía.
—Sí, señor —se acercó, con las manos ocupadas con cristal sucio.
—Como ahora vamos a tener mucho más trabajo con la cuenta Meridian, he decidido contratar a alguien para que te ayude —dijo Ignacio, sonriendo con una generosidad que no llegaba a sus ojos—. Una asistente junior para que puedas delegar las tareas menores y enfocarte en... bueno, en lo que sea que haces en esa computadora todo el día.
—Eso... eso sería de gran ayuda, señor —balbuceó Isadora, sintiendo un alivio momentáneo—. La carga de trabajo ha sido insostenible últimamente y...
—Pasa, querida —interrumpió Ignacio, mirando hacia la puerta.
Entró una chica que no podía tener más de veintidós años, con una falda tan corta que desafiaba las leyes de la física corporativa, una blusa desabotonada estratégicamente y una sonrisa vacía que gritaba problemas.
—Ella es Mariana —presentó Ignacio, y la forma en que pronunció su nombre, con una suavidad viscosa, hizo que a Isadora se le helara la sangre—. Es sobrina de un... amigo. No tiene mucha experiencia, pero aprende rápido y tiene una excelente actitud, quiero que la entrenes, Isadora. Enséñale todo lo que sabes.
—¿Todo? —preguntó Isadora, mirando a la chica que estaba masticando chicle con la boca abierta y mirando el despacho como si fuera una tienda de dulces gratis.
—Todo —confirmó Regina, interviniendo con una mirada maliciosa—. Queremos que Mariana se sienta cómoda, que aprenda a manejar mis asuntos personales, la agenda de Ignacio... todo. Quizás ella sí sepa distinguir entre rosas rojas y blancas sin que tenga que explicárselo tres veces.
Isadora miró de Ignacio a Mariana, y luego a Regina, y entendió con una claridad devastadora lo que estaba pasando: no le estaban trayendo ayuda, le estaban trayendo un reemplazo, pero un reemplazo decorativo, una mujer que estaba allí no por su cerebro sino por la forma en que Ignacio la miraba, como si fuera un pedazo de carne de primera calidad.
—Hola —dijo Mariana, extendiendo una mano flácida—. Me encanta tu traje, es tan... vintage. Mi abuela tiene uno igual.
Ignacio soltó una carcajada, como si fuera el chiste más ingenioso del mundo, y Regina sonrió como un gato que acaba de acorralar al ratón.
—Enséñale su escritorio, Isadora —ordenó Ignacio, perdiendo el interés en ella y volviendo a su champán—. Y asegúrate de que tenga la clave de mi correo personal, quiero que empiece a filtrar mis mensajes desde hoy.
—Pero señor, su correo personal contiene información confidencial de la junta directiva y... —intentó protestar Isadora, sabiendo el desastre de seguridad que eso implicaba.
—No discutas, Isadora —cortó él, su voz endureciéndose—. Mariana es de total confianza. Haz lo que te digo o vete a tu casa, hay una fila de personas esperando por tu puesto si ya no lo quieres.
Isadora asintió, tragándose la advertencia, tragándose el orgullo, y guio a Mariana hacia el escritorio contiguo al suyo en el pasillo, sintiendo cómo cada paso era un clavo más en el ataúd de su carrera.
—Uf, ¿aquí es donde te sientas? —preguntó Mariana, arrugando la nariz ante el pequeño cubículo sin ventanas—. Es súper deprimente. Ignacio me dijo que pronto me movería a una oficina con vista, supongo que cuando... ya sabes, cuando haga algunos cambios por aquí.
Isadora se sentó frente a su computadora, sus dedos temblando ligeramente sobre el teclado, y se dio cuenta de que no solo estaba entrenando a su reemplazo, estaba entrenando a la mujer que Ignacio planeaba usar para destruirla, y lo peor de todo era que Regina lo sabía, lo aprobaba, y probablemente lo estaba orquestando para humillarla aún más.
Esa tarde, mientras Mariana se limaba las uñas y coqueteaba por teléfono, Isadora rehízo tres informes que la chica había borrado "por accidente", recuperó dos archivos vitales y contestó cuarenta correos, todo mientras escuchaba las risas que venían del despacho de Ignacio, risas que celebraban un futuro donde ella, la arquitecta de todo ese éxito, ya no existía.







