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El fénix entra por la puerta principal

Las puertas del ascensor se abrieron al piso ejecutivo y el silencio la recibió como un cómplice.

Nadie a esa hora. Ni secretarias, ni directivos, ni el ejército de empleados que mantenían girando la maquinaria de Castellanos Holdings. Solo los pasillos vacíos, las luces automáticas encendiéndose a su paso, y el sonido de sus tacones nuevos sobre el mármol que ella misma había elegido cuando Ignacio le pidió que supervisara la renovación hace cuatro años.

Este piso lo había diseñado ella. La distribución de las oficinas, el sistema de seguridad, la temperatura del aire acondicionado. Conocía cada rincón mejor que su propio apartamento.

Y ahora iba a usarlo.

El despacho de Ignacio Castellanos olía a cuero caro y a ego desmedido. Paredes forradas de diplomas que ella sabía falsos porque había sido quien los mandó enmarcar. Estanterías llenas de premios empresariales cuyas solicitudes ella había redactado. El escritorio de caoba donde se firmaban contratos que ella había negociado mientras él jugaba golf.

Se sentó en su silla.

La silla de cuero italiano que costaba más que su salario de tres meses. El cuero crujió bajo su peso como si protestara por la intrusión, o como si llevara años esperando que la persona correcta se sentara en él.

Colocó el fideicomiso de su padre exactamente en el centro del escritorio. Junto a la fotografía familiar donde Ignacio, Regina y un joven de ojos oscuros sonreían con la satisfacción de quienes creen que el mundo les pertenece.

El joven debía ser Dante. Isadora estudió sus rasgos, buscando la crueldad de sus padres en la línea de la mandíbula o en la curva de los labios. No la encontró. Solo una sonrisa que parecía genuina y unos ojos que miraban a la cámara con algo que se parecía más a la resignación que a la arrogancia.

«Enemigo o aliado», había dicho Sebastián.

Isadora dejó la foto donde estaba. Ya lo averiguaría.

Sacó el teléfono del bolso. Abrió la aplicación de grabación. La dejó encendida.

Y esperó.

***

A las ocho y tres minutos, la puerta del despacho se abrió.

Ignacio Castellanos entró con su café en una mano y el teléfono en la otra, dictando instrucciones sobre una reunión que Isadora había organizado la semana pasada, tan concentrado en su propia importancia que tardó cinco segundos completos en notar que había alguien sentado en su lugar.

El café se estrelló contra el suelo.

—¿Isadora? —su voz pasó de la confusión a la furia en el espacio de una respiración—. ¿Qué demonios haces en mi oficina, en mi silla? ¿Cómo te atreves a...?

—Siéntate, Ignacio.

El uso de su nombre sin el «señor» delante lo golpeó como una bofetada. Abrió la boca. La cerró. Nadie lo había llamado así en esa oficina. Nunca.

—Tenemos que hablar sobre el patrimonio Montemayor —dijo Isadora.

El color abandonó el rostro de Ignacio tan rápido que ella casi pudo ver el momento exacto en que su mundo comenzó a derrumbarse. El momento en que entendió que ella sabía. Que la mujer invisible a la que había pisoteado durante doce años conocía el secreto que su familia había enterrado bajo capas de mentiras y cadáveres.

—No sé de qué hablas —dijo. Pero su voz tembló y sus ojos se movieron hacia la puerta calculando rutas de escape que no existían.

—Entonces permíteme refrescarte la memoria.

Isadora deslizó el fideicomiso hacia él con la misma calma con la que le había presentado informes financieros durante una década.

—El doce de marzo de mil novecientos noventa, tu abuelo ordenó incendiar la mansión Montemayor con Valentina y Alejandro Montemayor dentro. Mis padres. Para quedarse con el cuarenta por ciento de las acciones que tu familia nunca pudo comprar legalmente.

—Eso es mentira —Ignacio dio un paso atrás, chocando con la puerta que se había cerrado tras él—. Los Montemayor murieron en un accidente. Todo el mundo lo sabe. La policía investigó.

—La policía que tu abuelo sobornó —Isadora se levantó de la silla—. Los investigadores que tu padre compró. Los periodistas que tu familia amenazó para enterrar la verdad.

Cada palabra golpeaba a Ignacio con más fuerza que cualquier puño.

—Pero cometieron un error, Ignacio. Un error que les va a costar todo.

—¿Qué error?

—No verificaron que la bebé de seis meses también hubiera muerto en el fuego.

El silencio que siguió fue tan denso que Isadora podía escuchar el latido del corazón de Ignacio acelerándose. El sudor formándose en su frente. El miedo emanando de él como un perfume rancio que ningún traje caro podía disimular.

—Tú... —comenzó.

—Yo soy Isadora Montemayor —completó ella, y las palabras sonaron como un veredicto—. La heredera legítima de la fortuna que tu familia robó. Y este documento es el fideicomiso que mi padre creó tres días antes de que lo asesinaran. Un fideicomiso que me otorga el derecho legal de reclamar cada centavo, cada propiedad, cada acción que los Castellanos han disfrutado durante treinta años mientras yo crecía en orfanatos sin saber quién era.

Ignacio agarró el documento con manos que temblaban visiblemente. Sus ojos recorrieron las páginas con la desesperación de un hombre buscando un error, una fisura, cualquier cosa que pudiera usar para destruir lo que tenía delante.

No encontró nada. Sebastián había pasado treinta años perfeccionando cada detalle.

—Esto no prueba nada —dijo finalmente, recuperando un resto de arrogancia—. Cualquiera puede falsificar documentos. Una asistente resentida no es exactamente una fuente creíble.

—Tienes razón —concedió Isadora, caminando hacia la puerta con pasos lentos, deliberados—. Por eso a las nueve de la mañana, cuando llegue la junta directiva, encontrarán en sus escritorios copias certificadas del fideicomiso, los resultados de ADN que confirman mi identidad, los registros bancarios que demuestran cómo tu abuelo transfirió los fondos Montemayor a cuentas fantasma tres días después del incendio, y las declaraciones juradas de testigos que vieron a los hombres de tu familia entrar en la mansión con bidones de gasolina.

—Eso es imposible —la voz de Ignacio se quebró—. Esos testigos están muertos. Los eliminamos hace...

Se detuvo.

Demasiado tarde.

Vio la sonrisa en el rostro de Isadora. Y el teléfono en su mano con la grabadora activada.

—Gracias por la confesión —dijo ella, guardando el teléfono en el bolso—. Mi abogado estará encantado de añadirla al expediente.

Algo se rompió dentro de Ignacio Castellanos. No fue dignidad, porque nunca la tuvo. Fue el último hilo de control que separaba al hombre civilizado del animal acorralado.

Se lanzó hacia ella.

Furia ciega. Rasgos aristocráticos transformados en algo primitivo y violento. Tres pasos que lo separaban de la mujer que acababa de destruir todo lo que creía poseer.

Isadora no retrocedió.

Pero no fue necesario que lo hiciera.

La puerta del despacho se abrió de golpe.

Un hombre entró con la autoridad de quien está acostumbrado a que las habitaciones se detengan cuando aparece. Más alto de lo que las fotografías sugerían. Cabello negro despeinado como si acabara de bajarse de un avión. Y unos ojos oscuros que evaluaron la escena en medio segundo: su padre con el rostro descompuesto y el puño alzado, una mujer desconocida con un collar de rubíes sobre el pecho.

Un collar que él reconoció inmediatamente.

Porque lo había visto en las fotografías antiguas que su abuela guardaba en cajas que nadie tenía permiso de abrir. Las mismas fotografías que su madre insistió en quemar cuando él tenía quince años porque eran «recuerdos de una época que mejor olvidar».

El reconocimiento le cruzó el rostro como un relámpago.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Dante Castellanos.

Y su voz resonó en el despacho como el primer trueno de una tormenta que iba a arrasar con todo lo que la familia Castellanos había construido sobre las cenizas de los Montemayor.

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