El vestido no era simplemente una prenda de ropa, era una armadura de seda escarlata diseñada para cortar la respiración y detener corazones, una segunda piel que fluía sobre el cuerpo de Isadora como sangre líquida, con un escote profundo que dejaba al descubierto la única joya que importaba esa noche: el collar de rubíes de Valentina Montemayor.
Dante la esperaba al pie de la escalera del vestíbulo de su apartamento, y cuando ella bajó el último escalón, él dejó de revisar su reloj y se quedó