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El sonido de un teléfono repicando en medio de la madrugada no era una novedad para Isadora Montes, era más bien la banda sonora de una vida que había dejado de pertenecerle hacía doce años, cuando firmó su contrato con Castellanos Holdings creyendo ingenuamente que el trabajo duro sería la llave para abrir las puertas de un futuro brillante, sin saber que en realidad estaba entregando las llaves de su propia celda.
—Dime que ya tienes los contratos de Meridian corregidos, Isadora —la voz de Ignacio Castellanos no sonaba agradecida ni amable, sino cargada con esa exigencia arrogante de quien asume que el mundo gira exclusivamente para satisfacer sus caprichos—. Los socios japoneses adelantaron la reunión para el desayuno, necesito esos papeles en mi escritorio a las siete en punto, impecables.
—Están listos desde anoche, señor Castellanos —respondió Isadora, sosteniendo el teléfono entre el hombro y la oreja mientras se abrochaba con una mano la blusa de seda barata que intentaba disimular con un pañuelo elegante, el único lujo que se permitía—. Detecté un error en la cláusula de indemnización que nos habría costado tres millones de dólares y lo corregí, también preparé el resumen ejecutivo en japonés para el señor Tanaka tal como le gusta.
Hubo una pausa al otro lado de la línea, el tipo de silencio que en cualquier otro jefe hubiera significado asombro o gratitud, pero que en Ignacio solo significaba que estaba buscando algo más que exigir porque admitir la competencia de su asistente sería rebajarse.
—Bien, es tu trabajo —dijo él finalmente, cortante—. Asegúrate de que mi traje gris esté en la oficina, el que Regina mandó a la tintorería, y Isadora, por el amor de Dios, trata de usar algo menos... deprimente hoy, no queremos que los inversores piensen que la empresa está pasando por una crisis solo de mirarte.
La línea se cortó antes de que ella pudiera responder, dejándola parada en medio de su diminuto apartamento de una sola habitación, un espacio que olía a humedad y a sueños postergados, con el teléfono en la mano y una sensación familiar de ácido quemándole el estómago, esa mezcla de humillación y lealtad mal entendida que la había mantenido atada a ese hombre durante más de una década.
Isadora se miró en el espejo manchado del baño, observando las ojeras oscuras que ni el corrector más espeso lograba cubrir del todo, las líneas finas que empezaban a marcarse alrededor de una boca que había olvidado cómo sonreír genuinamente, y se preguntó, como lo hacía cada mañana, en qué momento Isadora, la estudiante brillante con honores en finanzas, se había convertido en simplemente "Isadora, la sombra", la mujer que arreglaba los desastres de otros mientras su propia vida se desmoronaba en silencio.
Llegó a la oficina a las seis y media, saludando al guardia de seguridad con un gesto de cabeza porque su garganta estaba demasiado cerrada para hablar, y se sumergió en la rutina brutal de preparar el escenario para que Ignacio brillara, organizando los documentos en abanico perfecto sobre la caoba, ajustando la temperatura del aire acondicionado, verificando que el café tuviera la temperatura exacta de noventa grados que él exigía.
A las siete y quince, Ignacio entró como un huracán de colonia cara y ego desmedido, seguido de cerca por Regina Castellanos, su esposa, una mujer cuya belleza era tan afilada y fría como un diamante, y que miraba todo lo que la rodeaba con el desdén de una reina obligada a caminar entre plebeyos.
—El café huele a quemado —fue el saludo de Regina, arrugando su nariz perfecta mientras dejaba su bolso de marca, que costaba más que el coche de Isadora, sobre el escritorio inmaculado—. Realmente, Ignacio, no sé por qué seguimos manteniendo a personal tan incompetente cuando hay tantas chicas jóvenes y frescas buscando oportunidades.
—Isadora conoce el sistema, Regina —respondió Ignacio distraídamente, revisando los contratos que Isadora había pasado la noche perfeccionando—. Además, es barata.
Isadora, parada junto a la puerta invisible como un mueble más, sintió que esas dos palabras, "es barata", se clavaban en su pecho con más fuerza que cualquier insulto directo, reduciendo sus doce años de sacrificio, sus noches sin dormir, su talento desperdiciado, a una simple línea de costo-beneficio en el balance de un hombre mediocre.
—Señor, los socios de Meridian acaban de llegar a la recepción —anunció ella, manteniendo la voz neutra, esa máscara de profesionalismo que se había soldado a su piel—. Los he hecho pasar a la sala de conferencias B y les he servido el té verde que importamos específicamente para el señor Tanaka.
—Bien —Ignacio se ajustó la corbata frente al espejo, sonriendo a su propio reflejo con la satisfacción de un depredador—. Vamos a cerrar este trato y a hacernos asquerosamente ricos, Regina, espérame en mi oficina, esto no tomará mucho tiempo gracias a que yo preparé todo perfectamente.
Isadora lo vio salir, llevándose el crédito de su trabajo, el fruto de su insomnio, y se quedó sola con Regina, quien comenzó a recorrer la oficina tocando los objetos con aire posesivo, como si estuviera marcando territorio.
—Isadora —dijo Regina sin mirarla, examinando una escultura moderna—. Necesito que canceles mi cita con el dermatólogo y la cambies para el jueves, y llama a la organizadora de la gala benéfica, diles que quiero rosas blancas, no rojas, las rojas son vulgares, como de... clase baja.
Se giró lentamente, sus ojos azules recorriendo a Isadora de arriba abajo con una lástima que era más cruel que el odio.
—Hablando de clase baja —continuó Regina, con una sonrisa dulce que destilaba veneno—, deberías considerar comprar ropa nueva con ese bono de navidad que Ignacio te dio hace dos años, ese traje gris te hace ver tan... invisible. Aunque supongo que para alguien como tú, ser invisible es lo mejor a lo que puedes aspirar, ¿verdad? Don Nadie.
Isadora apretó los puños a los costados, clavándose las uñas en las palmas para no responder, para no gritar, para no romper la ilusión de servidumbre que le permitía pagar la renta, y simplemente asintió, tragándose la bilis, aceptando el golpe como había aceptado miles antes, sin saber que ese día, algo dentro de ella había comenzado a romperse irreparablemente.







