Me Llamaste Don Nadie, Ahora Soy Tu Jefa
Me Llamaste Don Nadie, Ahora Soy Tu Jefa
Por: Vicenta Soler
Una Don Nadie

El champán costaba más que el salario mensual de Isadora Montes, pero eso a nadie le importaba porque nadie la veía.

Llevaba tres horas de pie junto a la puerta de servicio del restaurante El Almendra, sosteniendo el maletín con los contratos que había negociado durante seis meses, mientras Ignacio Castellanos recibía los aplausos y los apretones de mano de los socios japoneses sentados en la mesa principal. Su mesa. Su contrato. Su trabajo.

Doce años. Ese era el tiempo que llevaba construyendo el imperio de un hombre que la trataba como una fotocopiadora con piernas.

—¡Isadora! —Ignacio chasqueó los dedos desde la cabecera sin mirarla—. ¡Trae el anexo B, ahora!

Cruzó el salón bajo la mirada de cincuenta personas, sintiendo el calor subir a sus mejillas, sintiéndose torpe y gris en medio de tanto color y seda y joyas que destellaban bajo los candelabros de cristal. Depositó la carpeta frente al señor Tanaka con precisión quirúrgica.

—Gracias, puedes retirarte a tu rincón —dijo Ignacio, abriendo la carpeta como si la hubiera preparado él mismo—. Y pide un vaso de agua para ti si tienes sed, pero no del embotellado, del de la llave está bien.

Una risa recorrió la mesa, cruel y cómplice. Regina Castellanos sonrió detrás de su copa, sus ojos azules brillando con algo que no era humor.

—Pobre cosita —dijo Regina, lo suficientemente alto para que la mitad del salón la escuchara—. Siempre tan servicial, tan gris. Es como tener un mueble viejo que no te decides a tirar porque te da lástima, ¿verdad, Ignacio?

—Es eficiente —concedió Ignacio, encogiéndose de hombros—. Como una fotocopiadora vieja. Hace ruido y se atasca a veces, pero saca el trabajo.

Mariana, la nueva asistente de veintidós años que coqueteaba con todo lo que tuviera corbata y que llevaba dos semanas borrando archivos «por accidente», soltó una carcajada estridente y derramó vino sobre el mantel.

—¡Ay, Ignacio, eres terrible! Pero tienes razón, yo no podría vivir así, sin color, sin vida. Debe ser horrible ser tan... nadie.

Nadie.

La palabra golpeó a Isadora en el centro del pecho como un puño cerrado. No era nueva. La había escuchado en diferentes formas durante doce años. «Es barata», había dicho Ignacio esa misma mañana delante de Regina, reduciendo una década de sacrificio a una línea de costo-beneficio. «Don Nadie», la había llamado Regina la semana anterior mientras le ordenaba cambiar rosas rojas por blancas porque las rojas eran «vulgares, como de clase baja».

Pero esta vez, algo se rompió.

No fue un estallido. Fue un clic silencioso, como el sonido de una cerradura que se abre después de treinta y cinco años oxidándose.

—Si no necesita nada más, regresaré a la oficina —dijo Isadora, y su voz sonó extraña en sus propios oídos. Calmada. Muerta.

Ignacio la despachó con un gesto de mano sin mirarla, ya volviendo a brindar con Tanaka.

No lloró. Las lágrimas eran un lujo que no podía permitirse. Salió del aire perfumado del restaurante hacia la noche fría y hostil, subió a su coche viejo con el motor tosiendo al arrancar, y condujo de regreso al edificio de Castellanos Holdings. Subió a la oficina vacía. Terminó el informe trimestral que debía entregar al día siguiente, sola, con el zumbido del aire acondicionado y el parpadeo de una lámpara fluorescente en el pasillo como única compañía.

A las diez de la noche, recogió su bolso y salió hacia el estacionamiento subterráneo.

Fue entonces cuando vio al hombre.

Estaba tirado junto a la columna de cemento. Setenta años, tal vez más. Un traje que alguna vez fue elegante, ahora manchado de algo oscuro que podía ser vino o sangre. Pero fueron sus ojos los que la clavaron al suelo: la miraban con una intensidad que se parecía al reconocimiento, aunque ella nunca lo había visto en su vida.

—Isadora Montes —dijo él, y su voz sonó como papel de lija sobre madera vieja—. Te he buscado durante treinta y cinco años.

Ella debería haber corrido. Debería haber llamado a seguridad. Debería haber hecho cualquiera de las cosas sensatas que una mujer sola hace cuando un desconocido la llama por su nombre en un estacionamiento vacío a las diez de la noche. Pero algo en esos ojos la mantuvo clavada al suelo, algo que se parecía al reconocimiento aunque nunca lo había visto en su vida.

—¿Quién es usted?

—Alguien que le debe la verdad a tu madre —respondió él, sacando un sobre amarillento del bolsillo interior de su chaqueta—, y que llega treinta años tarde para dártela.

Tosió. La mancha en su camisa era sangre. Mucha sangre. Demasiada para que siguiera hablando con esa calma de quien ya ha aceptado su destino.

—Voy a llamar una ambulancia —dijo Isadora, buscando el teléfono.

—No hay tiempo —la mano del hombre atrapó su muñeca con una fuerza sorprendente—. Escúchame, Isadora, porque lo que voy a decirte cambiará todo lo que crees saber sobre ti misma. Tú no eres huérfana. Nunca lo fuiste. Tu madre era Valentina Montemayor y tu padre era Alejandro Montemayor. Los herederos de la fortuna más grande de este país, antes de que los asesinaran y te robaran todo.

—Eso es imposible —susurró Isadora—. Los Montemayor murieron en un incendio hace treinta años. Toda la familia. No hubo sobrevivientes.

—Hubo una —la interrumpió el hombre—. Una bebé de seis meses que la niñera sacó por la puerta de servicio mientras el fuego consumía la mansión. Una bebé que debería haber heredado todo pero que fue escondida en un orfanato para que los verdaderos asesinos pudieran quedarse con la fortuna.

Le puso el sobre en las manos. El papel se sentía frágil como una promesa, pesado como una condena.

—Aquí está todo: el acta de nacimiento original, las pruebas de ADN que hice en secreto hace cinco años cuando finalmente te encontré, los documentos que demuestran que el incendio fue provocado, y el nombre de la persona que ordenó matar a tus padres.

—¿Quién? —apenas un hilo de voz.

El hombre sonrió. La sonrisa triste de quien sabe que está pronunciando sus últimas palabras.

—El abuelo de Ignacio Castellanos. El fundador del imperio que te ha mantenido como esclava durante doce años mientras vivía de la fortuna que te robó a ti y a tu familia.

La sangre abandonó el rostro de Isadora tan rápido que tuvo que apoyarse en el coche para no caer. Las piezas encajaron con una claridad horrible: la empresa surgida de la nada exactamente treinta años atrás, justo después del incendio Montemayor, construida sobre cimientos que nadie cuestionó porque el dinero limpia historias y el poder entierra verdades.

El hombre cerró los ojos. Esta vez no volvió a abrirlos.

Isadora se quedó arrodillada junto al cuerpo de un hombre cuyo nombre no sabía, sosteniendo un sobre que contenía su destrucción o su salvación. El teléfono vibró en su bolsillo: un mensaje de Ignacio preguntando si había terminado el informe. Otro de Regina recordándole que mañana debía llegar una hora antes para organizar los arreglos florales.

«Don Nadie», la habían llamado.

«La huérfana sin pedigrí».

Isadora se puso de pie. Guardó el sobre en su bolso con manos que ya no temblaban de miedo sino de algo mucho más peligroso. Abrió el sobre y leyó el nombre del abogado que podía devolverle todo lo que le habían quitado: Sebastián Herrera.

Y debajo, una nota escrita a mano:

«Él sabe quién eres. Él te estaba esperando.»

Isadora sacó el teléfono. Marcó el número. La lluvia comenzó a caer sobre el estacionamiento, pero ya no sentía el frío.

Por primera vez en treinta y cinco años, sabía exactamente quién era.

Y exactamente lo que iba a hacer.

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