Mundo ficciónIniciar sesiónSinopsis: Lucía Bentancor tiene la vida que cualquiera envidiaría: está comprometida con Leonardo Salvatierra, heredero de una de las familias más poderosas del país. La boda será el evento del año, la prensa la adora y su futuro parece asegurado. Hasta que una tormenta lo cambia todo. Esa noche, Lucía se refugia del diluvio en el invernadero de la mansión y conoce a un hombre extraño, empapado, con una sonrisa que la desarma y una mirada que la quema. Entre el trueno y el silencio, lo besa… sin saber quién es. Al amanecer, descubrirá la verdad: Rodrigo Salvatierra, el hermano exiliado de su prometido, ha vuelto. Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión. Rodrigo es todo lo que Leonardo no se atreve a ser: peligroso, directo, visceral. Y Lucía, por más que lo niegue, no puede alejarse de él. Entre apariencias sociales, secretos del pasado y una boda que se acerca como una sentencia, Lucía se ve atrapada entre dos hermanos enfrentados por mucho más que el poder: por ella. Pero cuando las verdades ocultas salgan a la luz, nadie sabrá quién traicionó a quién… ni si el amor será suficiente para sobrevivir a la familia Salvatierra.
Leer másCapítulo 1 —Tormenta
Narrador:
La tormenta llegó sin pedir permiso. Primero fue un murmullo en las copas de los árboles, después un zarpazo de viento que le levantó a Lucía el dobladillo del vestido y le heló la piel de los brazos. La gala benéfica continuaba como si nada, sosteniendo la sonrisa impecable de siempre: luces doradas, música de cuerdas, copas alzadas. El jardín de los Salvatierra relucía como una postal; el cielo, en cambio, prometía tragedia. Lucía pensó que no sería la primera vez que lo perfecto se caía en un segundo.
Buscó a Leonardo entre los invitados y no lo encontró. Un relámpago partió la noche, los violines se callaron de golpe y alguien soltó una risa nerviosa. Cuando empezó a llover, primero con timidez y luego con furia, la gente corrió a refugiarse bajo los toldos. Ella eligió caminar en dirección contraria, empujada por un impulso que no supo nombrar. El tacón se le hundió en el pasto y casi cae; se quitó los zapatos y los tomó con una mano. Cruzó el sendero de piedra que llevaba al invernadero, esa estructura de hierro negro y vidrio empañado que durante el día parecía un secreto y de noche un ojo encendido.
Empujó la puerta. Adentro olía a tierra húmeda y a hojas verdes. La lluvia tamborileaba sobre el techo como si quisiera entrar a cualquier precio. Lucía apoyó la espalda en el marco, respiró hondo. No era miedo; era esa otra cosa que se parece al miedo pero te despierta. Se pasó el dorso de la mano por la frente, se acomodó el cabello y trató de reírse de sí misma. Qué ridículo: la prometida del heredero, descalza y escondida entre helechos como una niña que huye de sus modales.
—Bonito lugar para perderse.
La voz vino de la penumbra. Lucía se tensó antes de girar. Lo vio avanzar desde el pasillo de orquídeas, mojado de pies a cabeza, el traje aferrado al cuerpo y una copa vacía en la mano como si acabara de sobrevivir a un naufragio. No era uno de los habituales. No tenía esa elegancia domada por generaciones; había algo en él que parecía recién sacudido por el mundo.
—No estoy perdida —dijo, con una calma que no sentía—. Estoy… esperando que pase.
—Las tormentas no pasan. Se agotan —respondió, y una media sonrisa le torció la boca—. Pero entiendo la estrategia.
Lucía dejó los zapatos a un lado y avanzó un paso, solo para poder verlo mejor. Tenía la mandíbula sombreada por la barba recién crecida, el cabello oscuro pegado a la frente y unos ojos que, incluso con esa luz caprichosa, resultaban imposibles de encasillar. Grises, tal vez. O algo peor: de esos que recuerdas después aunque no quieras.
—¿Usted es de aquí? —preguntó, más por tantear que por curiosidad.
—De paso —dijo él—. Como todos.
—No todos. Unos nacen aquí, otros se compran el derecho a fingir que nacieron —se escuchó decir, y se mordió la lengua. No solía hablar así con extraños. No solía hablar así, punto.
Él rió, una risa baja que le vibró en el pecho.
—Entonces hoy es su noche de honestidad.
—Debe ser el clima.
El rayo siguiente iluminó el invernadero por un segundo. En ese segundo, ellos dos quedaron enfrentados, sin distracciones, sin orquesta, sin la cortesía que todo lo anestesia. Lucía sintió el golpe exacto de su mirada en la suya. No era descarada; era clara. Como si no necesitara pedir permiso para verla.
—¿Y usted? —probó de nuevo—. ¿También practica la honestidad cuando llueve?
—Cuando llueve, practico sobrevivir —dejó la copa en una mesa de trabajo, al lado de una maceta con tierra negra—. Y buscar techos decentes.
La lluvia se volvió una cortina. El vidrio vibraba. Varias gotas se filtraron por una unión mal sellada y cayeron sobre la camelia blanca que tenía más cerca. Lucía se acercó y, por puro gesto inútil, tapó con la mano el punto de fuga. La gota rebotó en su muñeca; estaba fría. Él se movió también, de ese modo que hacen algunos hombres cuando deciden que sí, que quieren estar a una distancia que se pueda medir en respiraciones. Quedó a su lado, mirando la camelia como si lo más lógico del mundo fuera estudiar juntos cómo el techo hacía agua.
—Le van a arruinar la flor —dijo él.
—No —murmuró—. La van a probar.
—¿Siempre defiende lo indefendible?
—Depende de quién esté mirando.
Él la miraba. Lucía tragó saliva. Pensó en Leonardo, en los compromisos, en las sillas numeradas con cintas, en la lista de canciones aprobadas para la boda. Pensó en su madre corrigiéndole la espalda en la primera cena formal. Pensó en la servilleta de lino doblada en triángulo perfecto y en la forma en que cierta gente pronuncia la palabra familia como si fuera un contrato ante notario. Una parte de ella quería hablar de nubes, de plantas, de cualquier cosa. La otra parte ya había elegido el precipicio.
—¿Cómo se llama? —preguntó él.
—¿Importa? —respondió, con una sonrisa que no sabía que podía tener.
—Importa —dijo—. Porque si no sé su nombre, me lo voy a inventar y puede que no le guste.
—Lucía —soltó, y fue como si soltara otra cosa—. Me llamo Lucía.
—Bien —dijo él, probando el nombre—. Le queda.
—¿Y usted?
Él sostuvo el silencio un segundo. Lo sostuvo a propósito, como si saboreara el gesto.
—Hoy soy un tipo que llegó tarde a un sitio donde no lo esperaban —dijo al fin—. Mañana, ya veremos.
Ella quiso insistir. No insistió. Había una lógica que no se explicaba con datos. Su proximidad era una provocación y un refugio a la vez. La lluvia marcaba el ritmo con una obsesión casi vulgar. Afuera la gala estaría reorganizándose para fingir que no había pasado nada; adentro, lo único que pasaba era ese tirón en el estómago que la obligaba a quedarse.
—¿Sabe bailar sin música? —él se lo preguntó con esa clase de insolencia amable que no se enseña.
—Depende de la compañía.
—Y de las manos.
Él no la tocó. No todavía. Le ofreció la palma, abierta, entre la camelia y la mesa de trabajo. Lucía apoyó la suya, apenas. El contacto fue limpio y eléctrico, como si el vidrio hubiera estallado recién. Él no la atrajo; esperó a que ella diera el paso. Lo dio. Descalza, con el vestido pegado a las piernas por la humedad, dejó que la guiara en un giro mínimo. Los dos se rieron, sin saber de qué. El invernadero les devolvió sus sombras en los paneles opacos. Lucía cerró los ojos un segundo y el corazón le tamborileó en el cuello.
—¿Quién la está buscando afuera? —preguntó él, casi al oído.
—Todo el mundo —dijo ella, y se sorprendió de que le saliera verdad—. Nadie.
—Alguien siempre está buscando a alguien.
—¿Y a usted? —preguntó, sintiendo el aliento de él en la mejilla—. ¿Lo buscan o lo evitan?
—Depende a quién le pregunte.
Capítulo 46 —La trampa del dineroNarrador:Rodrigo entendió algo apenas salió del hospital, con Lucía todavía temblándole entre los brazos: nadie iba a entregar al niño por conciencia. No iba a haber confesiones nobles ni arrepentimientos espontáneos. El niño no iba a aparecer porque alguien “hiciera lo correcto”.Iba a aparecer siguiendo el rastro de lo único que siempre dejaba huella: El dinero.Lucía estaba sentada en el asiento del copiloto, con la mirada perdida, las manos entrelazadas sobre el regazo. Ya no lloraba. Eso era lo más inquietante. Sus ojos se habían secado, los tenía abiertos, como si el cuerpo todavía no hubiera alcanzado a procesar lo que el alma ya sabía.Rodrigo manejaba en silencio, pero no la soltaba. Cada semáforo en rojo era una excusa para tomarle la mano, para apretarla apenas, para recordarle que no estaba sola.—No voy a perderte —le dijo, sin mirarla—. Ni a ti ni a él.Lucía cerró los ojos un segundo.—Tengo miedo de romperme —susurró—. No ahora… sino
Capítulo 45 —Nació vivoNarrador:Mena apuntó rápido.—¿Qué explicación se dejó para la cicatriz?Rivas tragó saliva.—Una masa. Un “tumor” benigno. Les dieron términos vagos. Para que no pudieran exigir detalles.Rodrigo apretó los ojos y abrazó nuevamente a Lucía, quien escuchaba atentamente sin hacer escádalo, pero no dejaba de llorar.—Le inventaron una enfermedad a una mujer para ocultarle que fue madre —dijo, con la voz rota—. ¿Usted entiende la magnitud de lo que hicieron?Rivas no respondió. No podía.Mena siguió.—¿Hubo contratos de confidencialidad?Rivas asintió.—Sí, documentos firmados, acuerdos. Se redactaron por un abogado externo. Decían… —tragó saliva— …que por “protección de la paciente” no se divulgaría información relacionada con el embarazo. Era… una trampa legal.Rodrigo dio un paso hacia él.—¿Quién firmó por “la paciente”? —preguntó, y su voz fue hielo—. Porque Lucía estaba en coma. Ella no podía firmar.Rivas palideció.—Firmaron… los tutores. Los representant
Capítulo 44 —El médico no duermeNarrador:Rodrigo no esperó a “estar listo”, porque entendió algo brutal: nadie está listo para descubrir que le robaron un hijo. Lo único que podía hacer era moverse antes de que Clarisa y Juan Carlos volvieran a cerrar filas.Por eso, ese mismo día, llamó al único abogado al que todavía le tenía fe cuando el mundo se volvía sucio: Santiago Mena, un penalista con cara de pocos amigos y una manera de hablar que no dejaba espacio para las excusas.—Esto no es un chisme familiar —le dijo Rodrigo por teléfono—. Esto es un crimen.—Entonces lo trataremos como crimen —respondió el abogado—. ¿Tienes algo? ¿Papeles? ¿Nombres?Rodrigo miró el expediente incompleto sobre la mesa.—Tengo un nombre. Doctor Esteban Rivas. Firma en el procedimiento. Y tengo códigos obstétricos sin informe adjunto.Hubo un silencio breve del otro lado.—Bien —dijo Mena—. Eso no es una sospecha. Eso es una puerta. ¿Dónde está?—En este hospital.—Perfecto. No vayas solo. Voy contigo.
Capítulo 43 —El expediente incompletoNarrador:Rodrigo no durmió.No porque el cuerpo no se lo permitiera, sino porque había algo dentro de él que ya no sabía volver al estado anterior. Se quedó sentado en la orilla de la cama, con el teléfono en la mano, mirando la hora pasar como si cada minuto fuera una cuenta regresiva.Lucía, en cambio, sí dormía… o eso parecía. En realidad, su sueño era una forma de desmayo: un descanso impuesto por el desgaste, por el golpe emocional, por ese vacío insoportable que había dejado la palabra “mamá” dicha por un niño que no tenía derecho a existir en el mundo de las mentiras.Cuando amaneció, Rodrigo se levantó sin hacer ruido, todos dormian, menos Leonardo que no estaba, en la noche había viajado de imprevisto, sabían que era mentira, que su padre lo había quitado del tablero.Preparó café sin pensar en el sabor, solo en la necesidad de mantenerse en pie. Caminó por la casa con esa energía tensa de quien va hacia un choque inevitable.Lucía aparec
Capítulo 42 —Mejor lejosNarrador:Juan Carlos no levantó la vista cuando Leonardo entró al despacho. Tenía el saco colgado en el respaldo de la silla, la camisa arremangada y los lentes apoyados sobre una carpeta abierta. No parecía apurado, ni parecía nervioso. Eso fue lo primero que inquietó a Leonardo.—Me mandaste llamar —dijo, cerrando la puerta detrás de sí.Juan Carlos siguió leyendo unos segundos más. Luego, con una calma casi ofensiva, dejó la carpeta a un lado.—Sí.Leonardo se quedó de pie, esperando algo más. Una explicación. Un contexto. No llegó.—¿Pasa algo? —preguntó, con cautela.Juan Carlos lo miró por fin.—Te vas.Leonardo frunció el ceño.—¿Cómo que me voy?—Te vas de la ciudad —repitió Juan Carlos —Hoy, a más tardar esta noche.Leonardo soltó una risa corta, incrédula.—No puedes hablar en serio.—Lo estoy.Leonardo dio un paso adelante.—En menos de un mes es mi boda, papá. No puedo desaparecer así como así.Juan Carlos entrelazó los dedos sobre el escritorio.—
Capítulo 41 —Después del golpeNarrador:Mónica regresó a la casa con el cuerpo rígido, como si cada músculo estuviera sosteniéndose por pura voluntad. Abrió la puerta despacio, sin hacer ruido, pero el silencio que encontró del otro lado no fue alivio: fue una espera. Rodrigo estaba de pie, junto a la ventana del living, con los brazos cruzados. Lucía, sentada en el sillón, tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos.Los dos levantaron la vista al mismo tiempo.—¿Y? —preguntó Rodrigo, sin rodeos.Mónica dejó el bolso sobre una mesa auxiliar. Tardó unos segundos en responder. No porque no tuviera palabras, sino porque tenía demasiadas y ninguna podía salir sin arrastrar consecuencias.—Hablé con Clarisa —dijo al fin.Lucía se incorporó apenas.—¿Qué te dijo?Mónica evitó mirarla directamente. Se llevó una mano al cuello, como si le faltara el aire.—Dice… —se interrumpió —Dice que no entiende de qué estás hablando. Que lo del niño es una confusió





Último capítulo