Mundo ficciónIniciar sesión"Para el mundo, él es un cadáver. Para ella, es su posesión más valiosa." Maximilian Ferrero era el magnate tecnológico más poderoso del país, hasta que un accidente orquestado lo borró del mapa. Pero la muerte no fue su final, sino el inicio de una pesadilla dorada. Despierta cautivo de Victoria Valois, una heredera implacable que lo ha declarado legalmente muerto para convertirlo en su secreto mejor guardado. Bajo el nombre de "Julian", Max es despojado de su fortuna, su identidad y su voluntad. En una mansión que es tanto un palacio como una prisión, Victoria busca someter al hombre que siempre amó... y que ahora planea destruir. Entre sábanas de seda y celdas de hormigón, se desata una guerra psicológica sin tregua. Victoria usa el deseo como tortura; Max usa su genio como arma. Pero mientras ella jura un "me perteneces" que suena a sentencia, un archivo secreto y un visitante misterioso en la cárcel amenazan con derribar el imperio Valois. Él no es solo un prisionero. Ella no es solo su captora. En este juego de obsesión y poder, el magnate está a punto de demostrar que incluso encadenado, sigue siendo el dueño del tablero.
Leer másVICTORIA VALOIS
A veces, el silencio en mi oficina es tan pesado que puedo escuchar los latidos de mi propio corazón. No es un silencio tranquilo; es el silencio de quien espera que caiga el primer rayo de una tormenta que ella misma ha provocado.
Me quedé de pie frente al enorme ventanal, mirando hacia abajo. Manhattan se veía gris, triste bajo la lluvia, llena de gente que corría con paraguas sin saber que, unas plantas más arriba, el destino de uno de los hombres más poderosos de la ciudad se estaba decidiendo. Mi reflejo en el cristal me devolvía la imagen de una mujer que lo tiene todo, pero que daría todo lo que tiene por una sola cosa que el dinero no le ha podido comprar: a él.
—Señorita Valois... —la voz de mi secretario por el altavoz me sacó de mis pensamientos—. Ya están aquí. Los socios de Ferrero Tech.
—Déjalos pasar, Marcus. Y tráeles algo de beber. El whisky más fuerte que tengamos. Van a necesitar valor para lo que vienen a hacer.
Me di la vuelta justo cuando la puerta se abría. Entraron tres hombres que yo conocía bien: Miller, Crawford y Vance. Eran los "amigos" de Maximilian, sus socios, los que se habían hecho millonarios gracias a su genio. Pero hoy no caminaban con la frente en alto. Entraron encogidos, mirando al suelo, como si el lujo de mi oficina les recordara lo bajo que estaban cayendo.
—Señorita Valois... gracias por recibirnos —dijo Miller, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo. Estaba temblando.
—Sentíos cómodos —dije con una voz suave, casi cariñosa, aunque por dentro sentía un desprecio profundo por su cobardía—. Supongo que venís por las noticias. El escándalo no deja de crecer, ¿verdad?
—Es el fin, Victoria —intervino Vance, el más joven, que no podía dejar de mover las manos—. Lo de la chica en el hotel fue un golpe bajo, pero que ella se haya quitado la vida esta mañana... eso es lo que nos ha matado a todos. El mundo odia a Max ahora mismo. Lo llaman asesino, monstruo. La gente está quemando sus productos en las calles.
Caminé hacia ellos. Me gustaba ver cómo retrocedían un paso, intimidados.
—Maximilian siempre fue un hombre extraño, ¿no es cierto? —pregunté, observando el líquido oscuro en mi copa—. Tan solitario, tan desconfiado. Nunca dejó que nadie se le acercara. Ni una mujer, ni un amigo íntimo. Vivía en una burbuja de cristal creyéndose intocable.
—Pues la burbuja ha estallado —escupió Crawford con un tono amargo—. Se cree tan perfecto, tan puro... y resulta que es peor que todos nosotros. La junta lo va a echar mañana. Venimos a pedirte que el imperio de tu padre nos ayude. Necesitamos tu nombre y tu dinero para que la empresa no desaparezca con él.
Me dieron ganas de reírme en sus caras. Estos idiotas no tenían ni idea. No sabían que la chica, Bianca, no había sido más que un peón en mi juego. No sabían que Max nunca la tocó, porque Max no toca a nadie. Esa es su "pureza", esa distancia que siempre puso entre él y el resto del mundo, lo que me volvió loca desde la primera vez que lo vi.
Maximilian es un hombre que no sabe lo que es el deseo, y yo soy una mujer que ha probado todos los deseos del mundo. Verlo caer, verlo manchado por un crimen que su mente ni siquiera puede comprender, era la única forma de que por fin me mirara.
—Queréis que lo traicione —dije, bajando la voz hasta que fue casi un susurro—. Queréis que use mi poder para terminar de hundirlo y que así vosotros podáis quedaros con sus restos.
Los tres se miraron, avergonzados pero decididos.
—Es él o nosotros —dijo Miller—. Si nos ayudas, te daremos lo que quieras de la empresa.
—No quiero vuestra empresa —les dije, y esta vez mi voz fue fría como el hielo—. Quiero que lo dejéis solo. Quiero que hoy mismo le digáis que ya no tiene socios, ni abogados, ni nadie que crea en él. Quiero que se quede en la calle, sin un solo dólar, esperando a que la policía venga a llevárselo por la muerte de esa chica.
—Pero eso es... es dejarlo morir —balbuceó Vance.
—No —sonreí, y fue una sonrisa que no tenía nada de amable—. Es dejarlo listo para que yo lo salve.
Me acerqué a mi mesa y tomé una foto de Max que tenía guardada. Sus ojos grises, siempre mirando a la nada, tan hermosos y tan vacíos de afecto. Siempre me había preguntado qué cara pondría cuando por fin sintiera miedo de verdad.
—Haced lo que os digo. Hundidlo. Quitadle hasta el último apoyo. Y mañana, cuando no tenga a dónde ir y el mundo lo quiera ver muerto, yo le ofreceré una salida. Pero a cambio, él tendrá que ser mío. Por completo.
Los tres hombres asintieron, casi hipnotizados por mi frialdad. Salieron de la oficina sin decir una palabra más, como sombras que huyen de la luz.
Me quedé sola de nuevo. Miré la foto de Max y acaricié su rostro a través del papel.
—Pobre Maximilian —susurré—. Siempre tan cuidadoso de que nadie te atrapara, de que ninguna mujer te pusiera una mano encima para no perder el control. Y ahora, tus propios amigos te han vendido por un poco de dinero.
Bebí un trago de mi copa, sintiendo el calor en el pecho.
—Mañana te darás cuenta de que la justicia no existe para alguien que está solo. Mañana verás que la única persona que puede evitar que te pudras en una celda soy yo, la mujer de la que siempre huiste.
Miré hacia la ciudad. Las luces empezaban a encenderse. La caza había terminado. Maximilian Ferrero ya no tenía salida. Solo le quedaba yo.
—Cazado por la reina —murmuré, cerrando los ojos con una sonrisa—. Bienvenido a mi mundo, Max.
VICTORIA VALOISEl mundo se detuvo en aquel instante. El zumbido en mis oídos era ensordecedor, una frecuencia aguda que intentaba bloquear la realidad del cuerpo de Maximilian pesando sobre el mío. Su sangre, espesa y caliente, empapaba mi vestido, filtrándose a través de la seda como un veneno carmesí que nos unía en el suelo de la biblioteca.—¿Max? ¡Max! —mi voz era un susurro roto, una súplica dirigida a un hombre cuyos ojos grises empezaban a perderse en la bruma de la inconsciencia.El abrazo que me había salvado la vida se estaba desvaneciendo. Sus dedos, que minutos antes se clavaban en mi espalda con una fuerza posesiva, ahora resbalaban, perdiendo la batalla contra la gravedad.—¡Señor! —la voz de uno de los hombres de Marcus rompió el trance—. ¡Varios convoyes desconocidos se dirigen a nuestra ubicación! ¡Están a menos de dos kilómetros!Marcus, apoyado contra la mesa con la sien sangrando por el golpe del candelabro, se puso en pie con un esfuerzo sobrehumano. Su mirada,
VICTORIA VALOISEl agua caliente no había sido suficiente. Me había frotado la piel hasta dejarla roja, intentando arrancar el aroma de Maximilian de mis poros, intentando borrar la vibración de su voz reclamándome en aquel sótano. Pero al salir del baño y verme en el espejo, la marca en mi cuello seguía allí: un estigma purpúreo, una prueba irrefutable de mi rendición.Apenas acababa de abotonarme un vestido de seda clara, casi blanca, cuando la puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso.Marcus entró. No era el hombre que solía inclinarse ante mí. Estaba cubierto de hollín, sangre seca y una furia que transformaba sus facciones en algo irreconocible. Me miró con una ferocidad que nunca le había visto, examinándome de arriba abajo como si pudiera oler que, hace solo unos momentos, yo había estado en los brazos de Maximilian.—Tenemos que irnos, Victoria —dijo, pero su voz no era una sugerencia. Era una amenaza.Traté de recomponer mi máscara de frialdad, pero Marcus acortó la
MAXIMILIAN FERREROEl silencio que siguió a la partida de Victoria en el sótano no era paz; era una presión sorda que me zumbaba en los oídos. Me quedé allí, sentado en la silla de acero que se había convertido en mi trono de espinas, con la piel del pecho todavía ardiendo por los latigazos y el aroma de ella —ese jazmín mezclado con el rastro metálico de mi propia sangre— impregnado en mis pulmones.Estaba furioso. Un odio volcánico burbujeaba en mi pecho, pero lo que más me enfurecía no era el dolor físico, sino la traición de mi propio instinto. Me odiaba porque, al poseerla, algo en mi arquitectura emocional se había quebrado. Durante meses me dije que la destruiría, que cada caricia sería un paso hacia su ruina, pero cuando la tuve bajo mi cuerpo, cuando sentí sus sollozos contra mi cuello y ese grito de posesión escapó de mi garganta, la verdad me golpeó: ya no era solo venganza. Era un reclamo. Ella me había robado mi libertad, y yo, en respuesta, le había robado el alma.Con u
MARCUSEl asfalto volaba bajo los neumáticos de la camioneta blindada. El motor rugía en un tono agónico, como si el propio vehículo supiera que nos dirigíamos directamente a las fauces de un lobo que no conocíamos. La lluvia no era solo agua; era una cortina de plomo que ocultaba la muerte. Tras la llamada de Michel, el mundo se había vuelto un lugar extraño y hostil. El nombre de "Beth" seguía vibrando en mi cabeza, un nombre que había logrado lo imposible: quebrar la voluntad de acero del patriarca Valois.—¡Más rápido! —le grité al conductor, aunque ya íbamos al límite de lo que la física permitía en una carretera mojada.Nos dirigíamos al refugio de Crawford, una propiedad fortificada en las afueras de la ciudad. Crawford era el contable, el hombre que conocía cada ruta del dinero sucio de los Valois. Si Beth lo tenía a él, tenía la soga para ahorcarnos a todos. Pero cuando llegamos, la realidad nos golpeó con la fuerza de un mazo. No había silencio. Había un despliegue que desaf
MARCUSEl olor a pólvora y lluvia ácida impregnaba el aire dentro del almacén del muelle 14. Me pegué a una columna de acero, sintiendo el metal frío contra mi espalda mientras el eco de los disparos todavía zumbaba en mis oídos. Había entrado con dos de mis mejores hombres, moviéndonos como sombras en medio de la penumbra industrial. Habíamos rastreado la señal de una de las furgonetas hasta este agujero, y no pensaba irme con las manos vacías.—¡Flanco izquierdo! —rugí, asomándome para abrir fuego.Dos hombres vestidos de negro, con equipo táctico profesional pero sin insignias, cayeron bajo el plomo de mi Glock antes de que pudieran alcanzar sus rifles. Sus cuerpos impactaron contra el suelo de hormigón con un golpe seco, rodeados de casquillos calientes. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el goteo constante de una tubería rota y el sonido de nuestras respiraciones agitadas.—¡Despejado! —gritó uno de mis subordinados, revisando el perímetro con la linterna de su a
MARCUSEl limpiaparabrisas de mi unidad blindada golpeaba el cristal con una cadencia frenética, casi tan rápida como mi propio pulso. Manhattan era un borrón de luces de neón y asfalto mojado bajo la tormenta. Había pasado menos de una hora desde que Victoria me había gritado que me largara, que no quería ver mi cara de incompetente.«¡Vete! ¡Mueve cielo y tierra! ¡Quiero sangre, Marcus! ¡Quiero respuestas!»Sus palabras me quemaban como ácido. Estaba en la calle, moviendo todos mis contactos en el bajo mundo, presionando a informantes y rastreando señales de satélite, pero una parte de mí seguía en esa mansión. No podía evitarlo. Mi obsesión por ella era un grillete más pesado que el que Ferrero llevaba en el sótano.Lancé una mirada a la tableta táctica montada en el salpicadero del coche. Como jefe de seguridad, tenía acceso a un espejo de los servidores de la casa en mi dispositivo personal. Un aviso en rojo parpadeó en la pantalla: "ACCESO A NIVEL INFERIOR - ASCENSOR PRIVADO - A










Último capítulo