MAXIMILIAN FERRERO
El silencio que siguió a la partida de Victoria en el sótano no era paz; era una presión sorda que me zumbaba en los oídos. Me quedé allí, sentado en la silla de acero que se había convertido en mi trono de espinas, con la piel del pecho todavía ardiendo por los latigazos y el aroma de ella —ese jazmín mezclado con el rastro metálico de mi propia sangre— impregnado en mis pulmones.
Estaba furioso. Un odio volcánico burbujeaba en mi pecho, pero lo que más me enfurecía no era e