MARCUS
El asfalto volaba bajo los neumáticos de la camioneta blindada. El motor rugía en un tono agónico, como si el propio vehículo supiera que nos dirigíamos directamente a las fauces de un lobo que no conocíamos. La lluvia no era solo agua; era una cortina de plomo que ocultaba la muerte. Tras la llamada de Michel, el mundo se había vuelto un lugar extraño y hostil. El nombre de "Beth" seguía vibrando en mi cabeza, un nombre que había logrado lo imposible: quebrar la voluntad de acero del pa