VICTORIA VALOIS
Maximilian acababa de salir de mi despacho dejando tras de sí un rastro de desafío y el aroma a tormenta que siempre lo acompañaba. Miré el documento sobre mi escritorio; su firma era una herida abierta en el papel, el sello de un pacto que él creía haber equilibrado con su contraoferta. "Sé mi espada", me había pedido. Lo que él no entendía es que una espada no tiene voluntad propia; solo obedece a la mano que la empuña.
Él quería que yo usara mi poder para sacar a la luz la ve