VICTORIA VALOIS
Maximilian acababa de salir de mi despacho dejando tras de sí un rastro de desafío y el aroma a tormenta que siempre lo acompañaba. Miré el documento sobre mi escritorio; su firma era una herida abierta en el papel, el sello de un pacto que él creía haber equilibrado con su contraoferta. "Sé mi espada", me había pedido. Lo que él no entendía es que una espada no tiene voluntad propia; solo obedece a la mano que la empuña.
Él quería que yo usara mi poder para sacar a la luz la verdad sobre lo que pasó en la Suite 404. Pero la verdad es un terreno peligroso que no me conviene dejar al descubierto. Si Max recuperara su vida y su nombre de forma independiente, dejaría de necesitarme. Y yo no he movido cielo y tierra para tenerlo aquí solo para dejarlo marchar una vez que el escándalo pase.
Me senté frente a mi terminal privada y realicé la llamada que sellaría su destino.
—Robert —dije, cuando el Fiscal del Distrito contestó—. Max ya ha firmado. El trato está en marcha.
—V