MAXIMILIAN FERREROEl silencio de mi oficina siempre fue mi refugio, el lugar donde las máquinas y los números tenían sentido, pero hoy se siente como una tumba.Estoy sentado frente a mi escritorio, con la mirada perdida en las gotas de lluvia que golpean el cristal. Por primera vez en mi vida, no tengo un plan. No hay una línea de código que pueda arreglar este desastre, ni un contrato que me proteja de lo que viene. Me duele la cabeza de una forma extraña, un latido punzante detrás de los ojos que no me ha dejado desde aquella maldita cena de negocios. El cuerpo me pesa como si estuviera hecho de plomo, y cada vez que intento recordar qué pasó esa noche en el hotel, solo encuentro un muro de niebla negra.—Señor Ferrero... —la voz de mi abogado, Thomas, sale por el altavoz del teléfono. Suena distante, cansada, llena de una lástima que me revuelve el estómago—. La noticia del suicidio de la chica, Bianca, ha provocado un incendio que no podemos apagar. La prensa está acampada fuera
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