VICTORIA VALOIS
Maximilian estaba en el punto exacto donde lo quería: quebrado. El hombre que ayer caminaba con la barbilla en alto, desafiando al mundo con su intelecto, ahora era poco más que un náufrago aferrado a la única tabla que no lo había golpeado. Me encantaba ver esa vulnerabilidad en sus ojos; era un lienzo en blanco sobre el cual yo pintaría su nueva realidad.
Eran las ocho de la noche. Bajé al salón y le hice una señal a Marcus.
—Lleva esto a su habitación —dije, señalando un traje de lino azul oscuro que había hecho traer de una de las boutiques más exclusivas de la Quinta Avenida. No era el estilo de Max; él prefería los cortes clásicos y sobrios. Este era un traje que gritaba pertenencia, un uniforme de lujo para mi invitado—. Dile que lo espero para cenar en el comedor principal en veinte minutos. No es una invitación, Marcus. Es una instrucción.
Subí a mi habitación para retocarme. Me puse un vestido de seda roja que contrastaba con la palidez de mi piel y me miré