VICTORIA VALOIS
El agua caliente no había sido suficiente. Me había frotado la piel hasta dejarla roja, intentando arrancar el aroma de Maximilian de mis poros, intentando borrar la vibración de su voz reclamándome en aquel sótano. Pero al salir del baño y verme en el espejo, la marca en mi cuello seguía allí: un estigma purpúreo, una prueba irrefutable de mi rendición.
Apenas acababa de abotonarme un vestido de seda clara, casi blanca, cuando la puerta de mi habitación se abrió sin previo avis