Mundo ficciónIniciar sesiónVICTORIA VALOIS
El éxito sabe mucho mejor cuando se cocina a fuego lento, y el mío estaba en su punto exacto.
Me serví una copa de vino tinto, uno de esos que cuestan más que el sueldo anual de cualquier empleado de esta ciudad, y me acerqué al gran ventanal de mi salón. La lluvia golpeaba el cristal con una fuerza salvaje, creando una cortina de agua que borraba el resto del mundo. Me encantaba este clima; sentía que el cielo estaba llorando por la caída de Maximilian mientras yo celebraba su llegada.
—Todo ha salido tal como lo planeaste, Victoria —la voz de Marcus, mi asistente, resonó por el altavoz del salón.
—Cuéntame, Marcus. No te ahorres ningún detalle —murmuré, rozando el borde de la copa con mis labios.
—Los medios acaban de confirmar que Maximilian Ferrero huyó de su oficina minutos antes de que la policía llegara con la orden de arresto. Sus socios acaban de dar una rueda de prensa. Miller lloró ante las cámaras diciendo que están "devastados por las acciones de su amigo". En este momento, Max no tiene un solo lugar en el mundo donde esconderse. Sus cuentas han sido bloqueadas y sus tarjetas son simples pedazos de plástico.
Apagué el altavoz. Quería disfrutar de ese informe en silencio, saboreándolo como el mejor de los postres.
Caminé hacia la chimenea, donde el fuego bailaba con una fuerza acogedora. En la mesa de mármol descansaba una tablet que mostraba las noticias en directo. Ver el rostro de Max, con ese titular de "FUGITIVO" en letras rojas, me provocaba un hormigueo de placer en la piel. Lo había logrado. Había destruido su mundo de cristal en menos de cuarenta y ocho horas.
Me senté en mi sillón de cuero y levanté la copa hacia el aire, brindando con el vacío.
—Por ti, Max. Por tu caída y por tu nueva vida a mi lado.
Mucha gente pensaría que soy un monstruo por lo que he hecho. Quizás tengan razón. Pero nadie entiende lo que se siente al desear algo que se niega a ser poseído. Maximilian Ferrero era el único hombre que nunca me miró con deseo, el único que no se dejó comprar por mi apellido ni se impresionó con mi poder. Su castidad, su aire de santo, esa manía de no dejar que nadie lo tocara... todo eso era un insulto para alguien como yo. Y los insultos a una Valois se pagan con la vida misma.
Él creía que su soledad era una fortaleza, que al no tener a nadie, nadie podía hacerle daño. Qué equivocado estaba. La soledad solo te hace más fácil de rodear, porque no tienes a nadie que salte a defenderte cuando te tiran al foso.
Yo misma me encargué de que esa chica, Bianca, entrara en su vida. Yo misma redacté esa nota de suicidio que ahora el mundo lee con horror. Todo el caos que ahora lo persigue es una obra de arte firmada por mí, aunque él nunca llegue a saberlo. Lo hice por una razón sencilla: quería que no tuviera nada. Quería que cuando mirara a su alrededor y solo viera oscuridad, mi mano fuera la única luz disponible.
El sonido de una notificación en mi teléfono me hizo sonreír. Mi equipo de seguridad en la puerta principal de la finca acababa de detectar un vehículo acercándose. No era un coche de lujo; era un taxi viejo y despintado.
Maximilian estaba llegando. El gran genio de la tecnología venía en un taxi porque ya no tiene ni chófer ni dignidad.
—Ya estás aquí —susurré, sintiendo que el corazón me latía un poco más rápido de lo normal.
Me levanté y me alisé el vestido negro. Quería que cuando entrara por esa puerta, viera todo lo que ha perdido y, al mismo tiempo, todo lo que yo puedo devolverle. Quería que el contraste entre su ropa empapada y el lujo de mi salón le recordara, sin palabras, quién tiene el mando ahora.
Le había enviado ese mensaje porque sabía que Max es un hombre de lógica. Él sabe que la policía no entrará en la propiedad de los Valois. Él sabe que soy su única salida antes de terminar en una celda oscura. Lo que todavía no sabe es que el precio de su libertad no se paga con dinero, sino con su voluntad.
Escuché el sonido de las grandes puertas dobles abriéndose en el vestíbulo. El aire frío y húmedo de la tormenta se coló por un segundo en la calidez de mi hogar.
—Señorita Valois... el señor Ferrero acaba de llegar —dijo mi jefe de seguridad, apareciendo en la entrada del salón. Detrás de él, una sombra alta y encogida se tambaleaba, dejando un rastro de agua en mi alfombra de seda.
Bebí el último trago de mi vino y dejé la copa sobre la mesa con un golpe seco. El brindis por el caos había terminado. Ahora empezaba el brindis por mi nueva posesión.
—Déjanos solos —ordené, sin apartar la vista de la figura que entraba en la habitación—. Y preparen la habitación del ala este. Nuestro invitado se va a quedar con nosotros por mucho tiempo.
Miré a Max. Estaba destrozado, pálido y empapado, pero incluso así seguía siendo el hombre más hermoso que había visto nunca. La caza había sido perfecta. La reina finalmente tenía a su rey en jaque mate.







