MAXIMILIAN FERRERO
Sentía el calor de la mano de Victoria sobre mi pecho, una presión que me recordaba a cada segundo que mi vida ya no me pertenecía. El olor de su perfume —algo dulce pero con un rastro metálico— me nublaba el juicio. Tenía sus ojos clavados en los míos, cargados de una satisfacción depredadora que me revolvía el estómago. Me estaba ofreciendo una jaula de oro, una existencia entre sombras donde mi única función sería ser su trofeo personal.
El roce del bolígrafo de oro contra mis labios fue la gota que colmó el vaso. Fue una humillación deliberada, un recordatorio de que me consideraba poco más que un animal que necesitaba ser domesticado.
—Tu oferta es muy clara, Victoria —dije con la voz ronca, tratando de que no se notara lo mucho que me afectaba tenerla tan cerca—. Quieres un fantasma que te haga compañía en esta mansión. Quieres que me rinda, que entregue mis llaves y que desaparezca del mapa mientras tú juegas a ser mi dueña.
Ella sonrió, y esa pequeña curva e