MAXIMILIAN FERRERO
Sentía el calor de la mano de Victoria sobre mi pecho, una presión que me recordaba a cada segundo que mi vida ya no me pertenecía. El olor de su perfume —algo dulce pero con un rastro metálico— me nublaba el juicio. Tenía sus ojos clavados en los míos, cargados de una satisfacción depredadora que me revolvía el estómago. Me estaba ofreciendo una jaula de oro, una existencia entre sombras donde mi única función sería ser su trofeo personal.
El roce del bolígrafo de oro contra