VICTORIA VALOIS
El mundo se detuvo en aquel instante. El zumbido en mis oídos era ensordecedor, una frecuencia aguda que intentaba bloquear la realidad del cuerpo de Maximilian pesando sobre el mío. Su sangre, espesa y caliente, empapaba mi vestido, filtrándose a través de la seda como un veneno carmesí que nos unía en el suelo de la biblioteca.
—¿Max? ¡Max! —mi voz era un susurro roto, una súplica dirigida a un hombre cuyos ojos grises empezaban a perderse en la bruma de la inconsciencia.
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