Mundo ficciónIniciar sesiónMAXIMILIAN FERRERO
Desperté de golpe, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera escapar de mi pecho. Estaba empapado en sudor y por un segundo no supe dónde estaba. La oscuridad de la habitación era absoluta, rota solo por una pequeña luz azul que salía de algún panel en la pared.
No era mi cama. Las sábanas eran demasiado suaves, demasiado frías. El aire olía a orquídeas y a algo metálico. Entonces, los recuerdos de la noche anterior me golpearon como un puñetazo: la lluvia, la traición de mis socios, la policía en mi puerta y el rostro de Victoria Valois ofreciéndome un refugio que se sentía más como una trampa.
Cerré los ojos con fuerza, tratando de borrar la imagen que me persigue desde hace días. La Suite 404. El hotel.
En mis pesadillas, siempre es lo mismo. Veo a esa chica, Bianca. La veo parada frente a mí, pero su rostro está borroso, como si estuviera bajo el agua. Intento hablarle, intento preguntarle qué hace en mi habitación, pero mis labios no se mueven. Me siento pesado, como si mis venas estuvieran llenas de cemento. Y luego, el sonido de un cristal rompiéndose y el silencio. Un silencio que grita mi nombre.
—Yo no hice nada —susurré en la oscuridad de la habitación, con la voz rota—. Yo no la toqué.
Me senté en el borde de la cama y apoyé la cabeza en las manos. Me dolía todo el cuerpo. No recordaba cómo había llegado a esta habitación ni cuándo me había quedado dormido. Lo último que recordaba era a Victoria mirándome con esa sonrisa de victoria, diciéndome que ahora le pertenecía.
Me levanté y caminé hacia la ventana. Al descorrer las cortinas de terciopelo, vi que todavía era de noche. La mansión de los Valois es inmensa, rodeada de bosques y muros tan altos que parecen querer tocar el cielo. No había rejas en mi ventana, pero no hacían falta. Sabía que si intentaba salir, los guardias de Victoria me detendrían antes de que pusiera un pie en el jardín.
Miré mis manos. Eran las manos de un hombre que ha construido imperios tecnológicos, pero ahora se sentían vacías. Me habían quitado mi empresa, mi dinero y mi nombre. Lo único que me quedaba era este cuerpo que me traicionaba y el miedo de no saber quién soy realmente.
¿Y si la policía tenía razón? ¿Y si esa noche en el hotel realmente me convertí en un monstruo? El muro de niebla en mi memoria era lo que más me aterraba. No recordaba haberla tocado, pero tampoco recordaba no haberlo hecho. Esa duda es un veneno que me está matando por dentro.
De repente, escuché un ruido suave. La puerta de la habitación se abrió sin que nadie llamara.
Una luz tenue del pasillo entró en la estancia, y ahí estaba ella. Victoria. Llevaba una bata de seda blanca que parecía brillar en la oscuridad. Se quedó apoyada en el marco de la puerta, observándome con esa calma que me ponía los pelos de punta.
—¿Otra pesadilla, Maximilian? —preguntó con una voz que pretendía ser dulce, pero que escondía un filo de acero.
—¿Qué hora es? —pregunté, tratando de sonar firme, aunque mi voz me traicionó y sonó débil.
—Lo suficientemente tarde para que todos duerman, y lo suficientemente temprano para que tú y yo hablemos —dijo, entrando en la habitación sin permiso. Se acercó a mí y se detuvo a solo unos centímetros. Podía oler su perfume, ese aroma que ahora me perseguiría siempre.
—No puedo quedarme aquí, Victoria. Esto no está bien. Necesito llamar a Thomas, necesito ver las pruebas...
—Thomas ya no es tu abogado, Max —me interrumpió, poniendo una mano en mi pecho. Sentí el calor de sus dedos a través de mi camisa y retrocedí un paso, pero ella no se movió—. Se lo advertí a tus socios y se lo advertí a él. Estás bajo mi protección. Para el mundo exterior, eres un fugitivo peligroso. Si haces una sola llamada, rastrearán la señal y vendrán a por ti.
—Me tienes atrapado —dije, sintiendo que las paredes de la habitación se cerraban sobre mí.
—Te tengo a salvo —corrigió ella, acariciando mi mejilla con el dorso de la mano. Me estremecí, pero ella no apartó la mano—. El fantasma de la Suite 404 te seguirá a donde vayas, Max. Solo aquí, conmigo, puedes dejar de huir. Pero tienes que aceptar las reglas. No más secretos, no más muros de hielo.
Me miró a los ojos y vi algo que me dio más miedo que la cárcel: deseo. Un deseo oscuro y posesivo que no buscaba amor, sino control.
—Mañana empezaremos tu nueva rutina —dijo, dándose la vuelta para salir—. Duerme, si puedes. Tu antigua vida se ha quemado, Maximilian. Ahora solo quedamos tú, yo y la verdad que yo decida contar.
Cuando cerró la puerta, escuché un pequeño "clic". El sonido de la cerradura electrónica.
Me quedé solo de nuevo, mirando hacia el bosque oscuro. Ya no era el dueño de Ferrero Tech. No era el genio inalcanzable. Era un prisionero en una jaula de oro, perseguido por un fantasma que no recordaba y protegido por una mujer que me deseaba como si fuera un trofeo.
El peso de la infamia era insoportable, pero el peso de mi nueva cadena empezaba a apretar mucho más.







