CAPÍTULO 5: EL TRATO

VICTORIA VALOIS

La luz de la mañana caía sobre mi despacho con una precisión casi cruel, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire como diminutos satélites alrededor de mi escritorio de caoba. Maximilian estaba sentado frente a mí, y por primera vez en todos los años que llevaba observándolo desde las sombras, no tenía su armadura de jefe puesta. El jersey de lana gris que le había seleccionado se amoldaba a la amplitud de sus hombros, pero su postura —con la espalda demasiado recta y los nudillos blancos de tanto apretar los brazos de la silla— delataba una derrota que me resultaba casi embriagadora.

—Has dormido poco, Maximilian —comencé, dejando que mi voz bajara, volviéndose más íntima, casi un susurro—. Pero incluso con esas ojeras y el cansancio tallado en la cara, sigues teniendo ese aire de hombre inalcanzable que tanto me gusta destruir.

Él no respondió. Se limitó a mirarme con sus ojos grises, esos ojos que siempre habían mirado a través de mí en las fiestas como si yo fuera una distracción sin importancia. Pero hoy, yo era el único muro entre él y una celda de por vida.

Me puse en pie con una lentitud deliberada, disfrutando de cómo su mirada me seguía, atrapada en mi movimiento. Rodeé la mesa sin prisa, escuchando el eco de mis pasos sobre la madera. Me detuve justo detrás de él. El calor que salía de su cuerpo era real, una energía nerviosa que parecía querer saltar de su piel. Sin pedir permiso, apoyé mis manos en sus hombros. Sentí cómo un escalofrío violento le recorrió la espalda al instante.

—Relájate, Max —le dije al oído, inclinándome lo suficiente para que el aroma de mi perfume lo invadiera, borrando cualquier otro pensamiento de su cabeza—. Aquí los muros son gruesos y los secretos son nuestra única ley. Pero la seguridad es un lujo que no se regala.

Bajé mis manos lentamente por sus brazos, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la tela fina. No era una caricia suave; era una forma de decirle que ahora yo mandaba sobre su cuerpo. Mis dedos se deslizaron con una lentitud desesperante hasta llegar a sus manos. Cubrí sus puños con las mías, obligándolo a sentir el frío de mis anillos contra su piel caliente.

—Hablemos de El Trato —continué, mientras mis pulgares empezaban a trazar círculos lentos en sus muñecas, justo donde se siente el latido del corazón—. Fuera de esta casa, eres un monstruo. El fiscal tiene tu orden de arresto lista. Tus cuentas bancarias han sido selladas. Tu nombre, ese imperio que levantaste con tanto orgullo, es ahora la burla de toda la ciudad. Eres un hombre muerto, Maximilian. A menos, claro, que decidas vivir a través de mí.

Me desplacé hacia su costado, manteniendo el contacto físico, y me senté en el borde del escritorio, justo frente a él. Mis rodillas rozaban las suyas, rompiendo cualquier barrera; ya no tenía donde esconderse. Estiré una mano y, con la punta de las uñas, recorrí la línea de su mandíbula, obligándolo a levantar la cara para encontrarse con mis ojos.

—Mi propuesta es esta —dije, bajando la mano por su cuello, sintiendo cómo su pulso se aceleraba bajo mis dedos—. Yo haré que el mundo deje de buscarte. Usaré el peso de mi apellido para que la policía mire hacia otro lado y digan que te has escapado al extranjero. Te daré una vida que ni en tus mejores sueños habrías imaginado: seguridad total, lujos que no necesitan dinero y mi protección personal.

Mis dedos se deslizaron por la apertura de su cuello, rozando la piel desnuda de la base de su garganta. Max aguantó la respiración, y vi cómo sus ojos se abrían un poco más. Sabía que me odiaba por tenerlo así, pero su cuerpo no podía ignorar mis manos.

—A cambio, me entregas tu vida —sentencié, apoyando la palma de mi mano sobre su pecho, justo donde su corazón golpeaba con fuerza contra sus costillas—. No habrá teléfonos, ni internet, ni llamadas a nadie. Me entregarás tu pasaporte y firmarás un papel donde me das todo el poder sobre tus asuntos. Básicamente, dejas de ser una persona libre para convertirte en mi invitado privado. Vivirás bajo mis reglas, comerás lo que yo quiera y dormirás cuando yo te deje.

Le acaricié el cabello con suavidad, un gesto que parecía dulce pero que era para demostrarle que ahora era mío.

—Si firmas, hoy mismo la policía dejará de buscarte por aquí. Si no... bueno, le diré a mi asistente que te acompañe a la salida y dejaré que el mundo te destroce hasta que no quede nada de ti.

Tomé el bolígrafo de oro que estaba sobre la mesa. No se lo di de inmediato; lo pasé suavemente por su mejilla, bajando por el borde de sus labios, antes de dejarlo caer sobre el papel que nos separaba.

—¿Qué dices, Max? ¿Vas a ser un buen chico y aceptar mi ayuda, o prefieres ver lo duro que es el suelo de una cárcel? Tú eliges. Pero recuerda que no tengo mucha paciencia.

Me incliné un poco más, dejando que mi rostro quedara a un suspiro del suyo. Podía oler su miedo y su rabia. Estaba acorralado, y ambos sabíamos que, en este trato, yo tenía la última palabra.

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