MAXIMILIAN FERRERO
La habitación en la que Victoria me había confinado era un monumento a la opulencia y, al mismo tiempo, una celda impecable. Me pasé las horas caminando de un lado a otro, sintiendo cómo el silencio de la mansión se me clavaba en los oídos como agujas. Sin teléfono, sin noticias, sin conexión con el imperio que había tardado quince años en construir, me sentía como un hombre que ha sido borrado de la existencia mientras aún respira.
Cada vez que escuchaba un paso en el pasill