MAXIMILIAN FERRERO
La habitación en la que Victoria me había confinado era un monumento a la opulencia y, al mismo tiempo, una celda impecable. Me pasé las horas caminando de un lado a otro, sintiendo cómo el silencio de la mansión se me clavaba en los oídos como agujas. Sin teléfono, sin noticias, sin conexión con el imperio que había tardado quince años en construir, me sentía como un hombre que ha sido borrado de la existencia mientras aún respira.
Cada vez que escuchaba un paso en el pasillo, mi corazón daba un vuelco. Esperaba que Victoria entrara con los resultados que me prometió, que me dijera que sus investigadores habían encontrado el rastro de la droga en la Suite 404. Esperaba una salida.
Cuando la puerta finalmente se abrió, Victoria entró con una expresión que me heló la sangre. No era la mujer triunfante de la mañana; se veía sombría, casi derrotada, como si trajera el peso del mundo sobre sus hombros.
—Max... —susurró, cerrando la puerta tras de sí y apoyándose en ella