MAXIMILIAN FERRERO
Me desperté antes de que saliera el sol, con esa sensación opresiva en el pecho que te recuerda, antes de que abras los ojos, que tu realidad ha cambiado para siempre. La cama era inmensa y las sábanas de seda se sentían como una caricia fría sobre mi piel, pero para mí no eran más que mortajas de lujo. Me quedé mirando el techo, contando las molduras, intentando recordar quién era yo hace apenas tres días.
¿Dónde estaba el Maximilian que se levantaba a las cinco de la mañana para revisar los mercados? ¿El hombre que tomaba decisiones que movían millones con un clic? Ese hombre había muerto. Ahora era un fantasma en una mansión de cristal, un refugiado vistiendo ropa elegida por una mujer que me miraba como si fuera su posesión más valiosa.
Caminé hacia el ventanal. Afuera, la niebla cubría los jardines de los Valois, tiñendo el mundo de un gris monótono. Mientras observaba el paisaje desolado, mi mente me traicionó, llevándome de vuelta a la cena de anoche.
Recordé