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CAPÍTULO 2: EL PESO DE LA INFAMIA

MAXIMILIAN FERRERO

El silencio de mi oficina siempre fue mi refugio, el lugar donde las máquinas y los números tenían sentido, pero hoy se siente como una tumba.

Estoy sentado frente a mi escritorio, con la mirada perdida en las gotas de lluvia que golpean el cristal. Por primera vez en mi vida, no tengo un plan. No hay una línea de código que pueda arreglar este desastre, ni un contrato que me proteja de lo que viene. Me duele la cabeza de una forma extraña, un latido punzante detrás de los ojos que no me ha dejado desde aquella maldita cena de negocios. El cuerpo me pesa como si estuviera hecho de plomo, y cada vez que intento recordar qué pasó esa noche en el hotel, solo encuentro un muro de niebla negra.

—Señor Ferrero... —la voz de mi abogado, Thomas, sale por el altavoz del teléfono. Suena distante, cansada, llena de una lástima que me revuelve el estómago—. La noticia del suicidio de la chica, Bianca, ha provocado un incendio que no podemos apagar. La prensa está acampada fuera de la fiscalía. Dicen que tienen pruebas, que ella dejó una nota escrita a mano antes de saltar... una nota donde dice que tú la destruiste.

—¡Yo no le hice nada, Thomas! —grité, golpeando la mesa con el puño. El dolor en mi mano no fue nada comparado con la rabia que me quemaba el pecho—. ¡Ni siquiera sabía quién era esa mujer! Sabes perfectamente cómo vivo. Sabes que no dejo que nadie se me acerque, que no voy a fiestas, que no busco compañía. ¡Mucho menos de una extraña en un hotel!

—Lo sé, Max. Te conozco desde hace años y sé que eres un hombre de hierro. Pero el mundo no ve eso. Para ellos, eres el multimillonario frío y arrogante que se creyó por encima de la ley. La nota de suicidio es la prueba final para el público. Si esto llega a un juicio ahora mismo, con la gente pidiendo tu cabeza en las calles... va a ser un infierno del que no saldrás vivo.

Colgué el teléfono sin decir nada más. Mis manos temblaban tanto que tuve que esconderlas bajo el escritorio.

Desde que era un niño y vi cómo el mundo devoraba a los que se entregaban a los demás, juré que yo sería diferente. Mi regla de oro siempre fue: si confías, pierdes. Me costó años de soledad levantarlo todo, y lo hice sin ayuda de nadie. Nunca quise una mujer a mi lado porque siempre supe que el afecto es una cadena, y el sexo es la soga con la que tus enemigos te ahorcan. Si no tienes a nadie a quien ames, nadie puede atraparte. Me mantuve casto y solo, creyendo que esa era mi armadura más fuerte.

Pero ahora, esa armadura se siente como una celda. No tengo a nadie que salga a decir quién soy de verdad. No tengo a nadie que me sostenga la mano mientras el mundo me llama monstruo.

La puerta de mi oficina se abrió de golpe. No fue mi secretaria, ni Thomas. Eran ellos. Miller, Crawford y Vance. Mis socios. Los hombres que hace una semana brindaban conmigo por el éxito de nuestras nuevas patentes.

—Max, tenemos que hablar —dijo Miller. Se quedó parado en la entrada, como si tuviera miedo de que mi desgracia fuera una enfermedad contagiosa.

—¿Hablar de qué? —pregunté, tratando de recuperar mi postura de jefe, aunque por dentro me estaba cayendo a pedazos—. Thomas está trabajando en el caso. Encontraremos la forma de demostrar que esa nota es falsa, que alguien me tendió una trampa esa noche...

—No habrá tiempo para eso —me interrumpió Crawford con un tono gélido que nunca le había escuchado—. La junta directiva se ha reunido de urgencia hace una hora. Estás fuera, Max. Ya no eres el CEO de Ferrero Tech. Hemos votado tu destitución inmediata.

Me quedé mudo. Fue como si me hubieran arrancado el suelo bajo los pies.

—¿Me estáis echando? ¿Ahora? —mi voz salió apenas como un susurro—. He dedicado cada minuto de mis últimos diez años a esta empresa. ¡Es mi vida! ¡Es mi apellido el que está en la puerta!

—Ya no es nada tuyo —dijo Vance, mirando hacia los lados, evitando encontrarse con mis ojos—. Hemos llegado a un acuerdo con el Imperio Valois para salvar lo que queda. Ellos van a inyectar capital y a limpiar nuestra imagen, pero con una condición innegociable: tú tienes que desaparecer. No podemos permitir que una marca de tecnología se asocie con un... con alguien acusado de lo que tú estás acusado.

—¡Es una mentira! ¡Me drogaron! —exclamé, dando un paso hacia ellos con desesperación, pero los tres retrocedieron al unísono, como si yo fuera un animal peligroso.

—Vete a casa, Max. Si es que todavía puedes entrar —añadió Miller con una crueldad que me dejó sin aire—. El banco ha congelado tus cuentas personales por la investigación de la muerte de Bianca. La policía vendrá aquí en cualquier momento. Si te queda algo de dignidad, vete por la puerta de atrás.

Se dieron la vuelta y se marcharon. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo de mármol, el mismo pasillo que yo había mandado diseñar. Por primera vez en veintiocho años, sentí un miedo que me heló la sangre. Se habían llevado mis llaves, mi trabajo, mi honor. Me habían dejado completamente solo en medio del naufragio.

Caminé hacia el ventanal y miré hacia abajo. Las patrullas de policía ya estaban doblando la esquina, sus luces azules y rojas brillando con fuerza bajo la lluvia. Venían a por mí. Venían a encerrarme por un crimen que mi cuerpo no recordaba y que mi mente no aceptaba. No tenía dinero para defenderme, no tenía socios que dieran la cara por mí, y no tenía a nadie en el mundo a quien llamar.

En ese momento, mi teléfono personal vibró en el bolsillo. Era un mensaje de un número privado.

"Manhattan es un lugar muy frío cuando no tienes a dónde ir, Maximilian. Pero yo siempre tengo un lugar para ti. Ven a mi casa ahora mismo. Mi seguridad te dejará pasar. Yo puedo hacer que la policía se olvide de esa orden de arresto... pero una vez que aceptes mi ayuda, tu vida me pertenecerá. No digas que no te lo advertí. —V.V."

Victoria Valois. La mujer que siempre me había mirado con una intensidad que me daba escalofríos. La hija del hombre más rico del mundo, una mujer que lo había probado todo y que, por alguna razón, siempre parecía querer "coleccionarme".

Odiaba la idea de deberle algo. Odiaba que ella fuera la única que podía sacarme de este agujero. Pero mientras escuchaba el sonido metálico del ascensor llegando a mi piso y las voces de los oficiales en el pasillo, comprendí que mi orgullo ya no valía nada.

Mi política de no confiar en nadie me había dejado sin un solo escudo. Estaba acorralado. Estaba solo. Y ella, en su inmenso poder, lo sabía perfectamente. Ella me había estado esperando en el fondo del abismo.

Tomé mi abrigo, agaché la cabeza y salí por la puerta de servicio de la cocina antes de que las esposas se cerraran en mis muñecas. El cazador se había convertido en la presa, y la única persona que me ofrecía una mano era la misma que quería ponerme una correa.

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