Mundo ficciónIniciar sesiónUn error, una noche compartida por accidente, lo cambia todo. Freya es una Omega que pasa desapercibida: sus feromonas son tan bajas que trabaja tranquila como enfermera. Pero su anonimato se rompe con la llegada de Nicolás Montesco, el frío CEO e inversor principal del hospital en el que trabaja, conocido por su profunda aversión hacia las mujeres y, especialmente, hacia los Omegas. Tras una noche de enredos completamente accidental, Freya asume que será despedida. Sin embargo, para sorpresa de ambos, Nicolás no solo no la rechaza, sino que, por primera vez en su vida, se siente irresistiblemente atraído por la única mujer que no debería soportar. "Tu cuerpo es mío desde el momento en que no te aparté, Frey. No te he perdonado la vida; te he reclamado. Ahora eres mi debilidad y mi más preciada adicción." Ahora, Freya debe tratar de sobrevivir a la inesperada y peligrosa atención del Alfa más influyente.
Leer másEl sonido del cristal al romperse fue un alivio. Por un segundo, el ruido sordo de la copa estrellándose contra el mármol logró callar a mi “comprador” y el murmullo asfixiante de mi Madrastra.
Lo observé desde mi silla, sintiendo el peso de mi máscara cayendo sobre mi regazo. El hombre, el señor Vargas, ya estaba demasiado borracho para disimular su asco. Dejó caer la cabeza hacia adelante, sus ojos inyectados en sangre fijos en mí.
— Una bestia — masculló, arrastrando las palabras.
Me quedé inmóvil. Mis ojos, dorados como el oro fundido, lo miraron con un cinismo frío. El cabello castaño y pajoso me caía sobre los hombros, áspero al tacto, ni siquiera podía atravesar mis dedos para desenredar esa cosa que parece tener vida propia, y La mancha en mi rostro, esa mezcla de gris y morado que parecía una quemadura abarcando casi la mitad de mi rostro era lo que más desagradaba de mi apariencia junto con mis uñas, secas y curtidas para la ocasión, tomé un sorbo de agua.
— Come como un animal — se quejó, señalando mi plato que, sí, había vaciado rápido. Lo confundían con salvajismo; yo lo llamaba hambre después de un día de trabajo.
Luego, la puñalada habitual, la que siempre terminaba el trato.
— No es como un Omega de verdad. Ni siquiera... ni siquiera huele a nada.
Esa era la verdad. Mi aroma era casi nulo. Una omega descompuesta. Usualmente comparada con una "beta asquerosa", como lo decían mis hermanas a mis espaldas. Mi falta de esencia era mi mayor defecto social, pero también mi único secreto seguro.
Mi Madrastra dio un respingo, intentando salvar la cena. Pero el señor Vargas ya estaba perdido. Se puso de pie, tambaleándose y rojo de indignación.
— ¿Para esto he venido? ¿Para una cosa sin aroma? ¡Es una aberración que ni siquiera debería ser mostrada en público!
Cuando la puerta se cerró con su portazo final, una de mis media hermanas, Perla, estalló. Su aroma, ese dulzor empalagoso que la hacía la Omega perfecta -O al menos eso dicen todos ya que yo no lo puedo percibir más allá de los ecalofríos que me erizan la piel- se intensificó con la furia.
— ¡Lo arruinaste de nuevo, Freya! ¡Siempre lo arruinas! ¡¿Por qué te quitaste la máscara?!
— ¿Arruinar qué? ¿Sus posibilidades de venderme al mejor postor? — Recogí la máscara del suelo, desempolvando el moño rosa que agregan para hacerme ver ''bonita'' — La máscara era muy pesada, se cayó.
Vi a mi madrastra estallar de furia interna.
— Finalmente un hombre decente estaba interesado en tí ¿Qué vas a hacer si te quedas soltera para siempre?
¿Decente? ¡Ese hombre es el viejo pervertido de la ciudad!
— ¡Dios, Freya no no toques mis cosas con esa peste tuya! — El chillido fue de Bárbara, o Barbie, mi segunda hermanastra, quien me arrebató de las manos el broche de plata que se le desprendió del cabello y recogí del piso. — ¡Por tu culpa tendré que lavarlo con lejía para que no me contagies esa cosa!
''No es contagioso'' Iba a decir por milésima vez en la semana, pero esta vez no les respondí. La resignación es una forma de poder. Me levanté bajo sus reproches helados y me dirigí a mi habitación después de esa terrible conversación y empecé a preparar mis cosas para irme a trabajar en el hospital.
Una vez en el trabajo Me paré frente al espejo del baño en la zona restringida para trabajadores, y empecé a despojarme de la bestia.
Con una toallita húmeda, limpié el maquillaje grueso de mi rostro. La mancha fue lo único que no se desvaneció de mi rostro, pero sí suavizó la exageración con que la maquillé para espantar al señor Vargas. Mis dientes, que había limado un poco para el efecto, solo eran prótesis dentales. Lo más importante: La luz de la lámpara encontró mis verdaderos ojos dorados que disfracé bajo lentes de contacto de un café intenso que solo reflejaba cansancio y una fría inteligencia.
Luego, el cabello. Con un cepillo, el desorden pajoso se transformó, cayendo liso y negro como el ébano. Me puse mi uniforme de enfermera: impecable, fresco y, sobre todo, invisible.
Me miré. La Enfermera Freya Navarro. a diferencia de su apariencia bajo ese disfraz era competente y, en el hospital, era invencible.
— No soy una bestia — me dije al espejo, mi voz clara y segura como un mantra para recordarme que la mancha en mi rostro no es culpa mía, luego la cubrí con maquillaje hasta que no quedó rastro alguno.
Sentí una ola de calma. Estaba en mi elemento. Fui a mi taquilla, lista para el turno.
Mi turno comenzó con la intensidad habitual. Una avalancha de pacientes, la mayoría Betas y Omegas comunes, y algunos Alphas menores, abrumados por el estrés de la ciudad. El caos en el hospital no era de gritos, sino de feromonas estresadas y aromas agrios que chocaban en el aire.
Pero yo era inmune.
Mientras mis colegas, Omegas con aromas dulces, Betas con esencias neutrales o Alfas con presencias dominantes, se estresaban por la intensidad de los Alphas o se dejaban llevar por la calma de otros Omegas, yo podía moverme sin afectarme. Podía concentrarme. Podía pensar.
Una Alfa joven, herida en una pelea de tráfico, gritaba y su aroma a adrenalina llenaba la sala, haciendo que una Beta llorara de pánico. Yo no sentía nada de eso. Me acerqué con la jeringa en mano, mis movimientos precisos. La Alfa, sorprendida por mi falta de reacción, se calmó lo suficiente para que la inyección hiciera efecto.
— Tranquila — susurré, y mi voz, sin el dulzor habitual de una Omega, sonó como una orden —. Va a estar bien.
El doctor Alpha de turno, un hombre viejo y cansado que había visto demasiadas feromonas en su vida, me observó desde la distancia y asintió. Él me valoraba.
— Navarro — dijo, su voz ronca —, eres la única que no se quiebra con el olor. Eres un robot, pero eficiente.
No era un cumplido, pero lo tomé como tal.
Mi turno ya casi terminaba. Antes de que pudiera tomar mi café de las tres de la mañana, la Supervisora me hizo un gesto cansado.
— Freya, ve a ver a tu viejo noble. Ya sabes, el de amnesia. Es hora de medicación.
Asentí. El "viejo noble" era mi paciente favorito y mi único amigo secreto. Había estado en el hospital un mes, sin que nadie siquiera se acercara a preguntar por él, mis colegas no quieren atenderlo por ser un hombre muy demandante pero de alguna forma logramos conectar.
Llegué a su habitación. Él ya estaba sentado, tranquilo, observando el amanecer parcial sobre la ciudad.
— Linda señorita, por favor acérquese — me saludó con esa voz de papel de seda que tanto me gustaba—. Me alegra que no huelas a esa falsedad azucarada de la noche.
— Lo mismo digo, señor — respondí, acercando mi carro de medicinas.
Mientras le tomaba los signos vitales, hablamos de lo habitual. Le conté, con cinismo, que otro "comprador" había sido llamado por mi familia.
Él arrugó la nariz. — Bah. Cobardes. ¿Cómo se atreven a tratarte de esa manera tan sinverguenza?
Contuve la risita, entonces, lo vi arrugar la nariz.
— ¿Y tú, por qué sigues pagando por mis facturas? Ya deben ser un problema.
— No es un problema. Su cuenta está cubierta por un mes más — respondí con firmeza —. Usted sabe que no es un indigente. Y hasta que su verdadera familia se digne a aparecer, yo me encargaré. Es el mejor uso que le doy al dinero que mi padre me quita.
— ¡Tu padre! — Él golpeó la sábana con el puño —. Y esa arpía de tu madrastra. Querría patearles el trasero Alfa. Si tan solo recordara dónde está mi casa…
Sonreí. Sabía que él solo conocía una pequeña parte de mi historia: los abusos económicos y el desprecio, no la farsa de la "bestia" ni la mancha en mi rostro. No hacía falta que lo supiera.
— No se preocupe por mi familia, señor. Lo superaré.
Él me tomó la mano, sus ojos extrañamente brillantes. — Prométeme algo, niña. Cuando encuentres un hombre que vea más allá de las apariencias, tómalo y no mires atrás. Necesitas a alguien digno de tu fuerza.
— Lo haré, señor... Si es que existe.
Estaba a punto de continuar la conversación junto a él, pero mi comunicador se encendió, vibrando con intensidad. La alarma del hospital era silenciosa, pero el ping en mi comunicador era estridente.
El mensaje apareció en mi pantalla muy pronto:
"Alerta Nivel Alpha. Paciente N.M. trasladado. Requiero asistente con perfil de baja resonancia inmediata. Su taquilla, Navarro. Ahora."
Sí, esa era mi señal.
(...)
Salí del hospital. En la calle, me puse la máscara de la hija "tolerable". Mi uniforme de enfermera iba doblado en mi bolso. Luego, la mancha en mi rostro fue cubierta meticulosamente con una máscara pesada color blanco con dibujos de rosas.
Llegué a la mansión. Subí a mi pequeña habitación y me desplomé en la cama. El agotamiento era total, pero sabía que el descanso sería corto.
Un golpe seco en la puerta me despertó. Fue Bárbara.
— Levántate, fenómeno. Nuestra madre te espera en el comedor.
Me levanté. A pesar del cansancio, me aseguré de que las lentillas estuvieran bien puestas y la mancha bien cubierta. A ellas no les gustaba verme. Si me veían sin mis correcciones, me trataban como si estuviera podrida.
En el comedor, mi Madrastra y Perla ya estaban vestidas. Me senté frente a ellas, sintiendo la presión en mis ojos por las lentillas.
Mi Madrastra dejó la taza. Me miró con esa mezcla de desprecio y esperanza codiciosa pero fue directo al grano, como si hablar conmigo contagiara enfermedades también.
— Hemos encontrado otro candidato. Un Alfa del Clan del Río. Él es... peculiar. Y tiene una deuda de honor con tu padre. Es una oportunidad imperdible.
Sentí un frío recorrer mi espalda. Un "candidato peculiar" con una "deuda de honor".
— Madre, ¿pero cómo alguien va a casarse con esa cosa? — intervino Perla, fingiendo horror —. El último Alfa huyó gritando.
— Cállate, Perla. Es nuestra última oportunidad —Rosa, mi madrastra, se inclinó hacia mí—. Freya, tienes una cena mañana a las siete. No se permiten fallos. Te pondrás el vestido carmesí.
El vestido carmesí me hizo apretar las maños en puños firmes, pedir que me ponga un vestido tan revelador y brillante para ir a la cena es lo mismo que ponerme un cartel de exhibición que diga ''EN VENTA''
— ¿Y si huye también? — pregunté, mi voz plana.
— Tendrás que decirle adiós a la escuela de medicina. — dijo mi Madrastra, sus ojos brillando con verdadera malicia — Esta es tu última oportunidad para ser útil.
El trayecto a casa se sentía como una condena. La ansiedad me apretaba la garganta y ese tirón en mi pecho, esa conexión invisible con Nicolás, tiraba de mí con tanta fuerza que me costaba respirar. Miré por la ventana las calles que me llevaban a mi antigua vida, a la seguridad fingida con Elías y a los desprecios de Perla, y simplemente no pude más.— Cambio de ruta — le dije al taxista, con la voz entrecortada pero decidida.— ¿A dónde, señorita? — preguntó extrañado.— A la clínica Montesco. Le pagaré el doble, pero por favor, dé la vuelta ahora mismo.El hombre no hizo preguntas, el doble del pago fue suficiente incentivo. Mientras el auto giraba bruscamente sentí un alivio casi instantáneo. Afuera, el frío era intenso, de ese que cala hasta los huesos, pero por dentro yo ardía. No sabía si era la fiebre de Nicolás que aún corría por mi sangre o mi propia desesperación por llegar a él.Cuando el taxi se detuvo frente a la imponente fachada de cristal de la clínica bajé casi corri
El silencio de mi casa se sentía como una cuerda tensada a punto de romperse. Era mi día libre, pero no sentía ni un ápice de descanso. Llevaba semanas disfrutando de la paz de la clínica, lejos de las quejas constantes y la arrogancia de Perla, y ese silencio repentino en el piso de abajo me ponía los pelos de punta. El silencio de mi hermana siempre era más peligroso que sus gritos.Me encerré en el baño y me miré al espejo. Sin la máscara, sin las lentillas. Mis ojos dorados me devolvían la mirada con una intensidad que me asustaba. Pero lo que más me perturbaba era mi rostro... Me pasé los dedos por la piel lisa, buscando aunque fuera una cicatriz, un rastro de lo que antes hubo ahí pero no había nada.— ¿Qué me hiciste, Nicolás? — susurré, sintiendo un escalofrío.El sonido de mi celular me sacó de mis pensamientos. Era un mensaje de Elías: "Estoy afuera. Baja".Me puse las lentillas a toda prisa y ajusté la máscara de plástico sobre mi rostro. Ocultar quién era se había vuelto m
Después de habermelas arreglado para conseguir llevar de vuelta a Nicolás a su habitación sin que nadie se diera cuenta tomé un baño y logré ponerme mi uniforme de respaldo porque el otro estaba.... Ni siquiera iba a decirlo, me dio escalofríos de solo mirarlo.Supongo que lo tendré que tirar.Unos pisos más abajo, el chirrido de unos neumáticos de lujo anunció la llegada de la tormenta. Perla descendió del auto con la elegancia de una diva y la furia de un huracán. Se ajustó las gafas de sol, su abrigo de piel ondeando tras ella mientras caminaba hacia la recepción como si fuera la dueña del edificio.— ¿Dónde está Nicolás? — exigió, golpeando el mostrador con sus uñas perfectamente esculpidas — Me he enterado de que mi prometido está enfermo y he venido a cumplir con mi deber de apoyarlo.La recepcionista, una mujer joven de mirada serena pero firme, levantó la vista. Llevaba un pequeño pin en la solapa con el emblema del Clan Noche.— Lo siento, señorita, pero el doctor Montesco es
El aire en el baño del hospital olía a desinfectante y a sudor, una mezcla que normalmente me habría hecho arrugar la nariz, pero en ese momento solo podía concentrarme en el calor que me recorría el cuerpo, en cómo las manos de Nicolás se clavaban en mis caderas mientras me empujaba contra el lavabo. El espejo empañado reflejaba fragmentos de nuestros cuerpos entrelazados: mi piel pálida marcada por sus dedos, el músculo de su espalda tenso cada vez que se hundía en mí con un gruñido gutural.— Joder, Freya… — Su voz era ronca, casi un growl, y el sonido vibró contra mi cuello cuando hundió los dientes en mi hombro. No era un mordisco suave, era posesión, era ese instinto alfa que lo llevaba a marcarme incluso cuando ya estaba claro que era suya. Y yo, como la omega que era, no podía hacer más que gemir y arquearme hacia él, mi cuerpo traicionándome una y otra vez.— ¿No te cansas nunca? — Jadeé, las palabras saliendo entrecortadas mientras otra ola de placer me recorría desde el vie
No tengo tiempo de reaccionar.Y allí está él, ocupando todo el marco de la puerta, los ojos brillantes como los de un lobo con las pupilas dilatadas. Su cuerpo es una mezcla de humano y bestia: los músculos de sus brazos y pecho están más definidos que nunca, cubiertos por un vello oscuro que se espesa en sus antebrazos, las uñas afiladas como garras. Pero es su olor lo que me derrite: dulce y terroso, como miel quemada y pino, tan intenso que me mareo.— Joder — murmura, o tal vez es un gruñido, mientras sus fosas nasales se ensanchan — Podría olerte a Kilómetros de distancia.Intenté percibir el perfume de mi propio cuerpo, pero solo puedo sentir el de él envolviéndome como una manta de seda.— No lo sabía.. — admito, retrocediendo hasta chocar contra el lavabo. Mis piernas tiemblan — Nicolás, yo…— No puedes estar sola así — dice, avanzando. Cada paso suyo me hace retroceder, pero no hay adónde ir. El baño es pequeño, y él es enorme. Cuando está a un metro de mí, se detiene, inhal
El jardín interior era un oasis de calma que contrastaba violentamente con la esterilidad del hospital.Caminamos despacio y mientras avanzábamos, él me hablaba de los primeros Montesco, hombres que habían sido médicos y alquimistas en tiempos donde la ciencia se confundía con la magia.— Mi familia siempre tuvo una obsesión: la perfección del cuerpo... A veces pienso que Nicolás tiene ese mis problema en sus genes. — decía, mientras el aire fresco acariciaba mi rostro, aliviando por fin un poco el calor de mi piel — Pero pienso que esa misma búsqueda fue la que trajo esta debilidad. Tomamos un ascensor privado que nos llevó hasta el penthouse del hospital. Al abrirse las puertas no me encontré con una oficina moderna sino con una cápsula del tiempo.Era un museo privado.— Bienvenidos al origen de nuestra desgracia — murmuró el abuelo con una ironía amarga.Caminé por el pasillo, observando los cuadros de los antepasados. Eran retratos al óleo de hombres de mandíbula firme y ojos id
Último capítulo