Capítulo 34.

El silencio de mi casa se sentía como una cuerda tensada a punto de romperse. Era mi día libre, pero no sentía ni un ápice de descanso. Llevaba semanas disfrutando de la paz de la clínica, lejos de las quejas constantes y la arrogancia de Perla, y ese silencio repentino en el piso de abajo me ponía los pelos de punta. El silencio de mi hermana siempre era más peligroso que sus gritos.

Me encerré en el baño y me miré al espejo. Sin la máscara, sin las lentillas. Mis ojos dorados me devolvían la
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