Capítulo 32.

El aire en el baño del hospital olía a desinfectante y a sudor, una mezcla que normalmente me habría hecho arrugar la nariz, pero en ese momento solo podía concentrarme en el calor que me recorría el cuerpo, en cómo las manos de Nicolás se clavaban en mis caderas mientras me empujaba contra el lavabo. El espejo empañado reflejaba fragmentos de nuestros cuerpos entrelazados: mi piel pálida marcada por sus dedos, el músculo de su espalda tenso cada vez que se hundía en mí con un gruñido gutural.

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