Capítulo 31.
No tengo tiempo de reaccionar.
Y allí está él, ocupando todo el marco de la puerta, los ojos brillantes como los de un lobo con las pupilas dilatadas. Su cuerpo es una mezcla de humano y bestia: los músculos de sus brazos y pecho están más definidos que nunca, cubiertos por un vello oscuro que se espesa en sus antebrazos, las uñas afiladas como garras. Pero es su olor lo que me derrite: dulce y terroso, como miel quemada y pino, tan intenso que me mareo.
— Joder — murmura, o tal vez es un gruñi