Mundo ficciónIniciar sesión—¿Sí? —pregunto sin apartar del todo la vista del informe. —Señor, hay… —hace una pausa breve, y traga saliva antes de continuar— hay dos personas que lo buscan. Pero no tienen cita. Levanto por completo la mirada, deteniendo el movimiento del bolígrafo. Mi tono se vuelve seco. —¿Y qué debes hacer cuando alguien quiere verme, pero no tiene cita? —pregunto, dejando que la ironía se escurra entre las palabras. Ella baja la vista de inmediato, como si la pregunta pesara más de lo que debería. —No dejarlos pasar, señor —responde en voz baja. Asiento despacio, con un leve gesto que debería bastar para cerrar el tema, pero ella no se mueve. Permanece inmóvil, de pie frente al escritorio, con los labios apretados y una respiración que tiembla. La observo con atención, sin entender aún por qué no se retira. —Entonces… —murmuro, marcando cada sílaba— ¿por qué estás todavía aquí? Vázquez se retuerce un poco en su sitio. Su incomodidad es palpable. La mano derecha se desliza hasta el borde de la falda, alisa el tejido sin necesidad, un gesto nervioso que ya he visto antes en empleados que prefieren demorar una mala noticia. —Es que, señor… —duda, busca las palabras— estas dos personas… bueno… son dos niños. El bolígrafo se me escapa de entre los dedos y cae sobre el escritorio con un golpe seco. El sonido retumba más de lo que debería en el silencio de la oficina. —¿Niños? —repito, con el ceño apenas fruncido. —Sí, señor. Un niño y una niña, según me dijeron abajo en recepción. Dicen que… —hace una pausa más larga, y su voz se quiebra apenas— que son sus hijos.
Leer másLa alarma del reloj despertador sacó a Ivanna de un profundo sueño. Su mano se extendió hasta apagar el ruidoso aparato que le perforaba la cabeza, estaba agotada, sin ganas de mover un solo músculo de su cuerpo, se sentía pesada y la cama caliente no ayudó a despertarla. Se arrebujó debajo de su manta y se quedó dormida de nuevo.
Una risita acompañada de un beso la despertó de un sueño profundo.
Con pesadez levantó sus párpados para mirar los preciosos ojos azules de su hija. Una sonrisa asomó a sus labios.
―Buenos días, mami, que lindo es despertar y ver que aún estás aquí.
Las palabras de Gema despertaron sus alarmas. Ella no debía estar allí a esa hora, asustada saltó de la cama
―Me quedé dormida, ¿qué hora es? ―preguntó a su hija.
―Son las siete de la mañana ―respondió su hija.
―¿Las siete?, debía entrar a las siete, buenos días, bebé ―masculló mientras corría al baño.
Era muy tarde, entre arreglarse y tomar el tren se demoraría una hora en llegar al trabajo, debía sustituir a uno de los empleados nocturnos de la recepción, el pobre debía estar agotado después de estar de guardia toda la noche y ella llegaba tarde. ¡Qué vergüenza!
Se quitó su pijama en un santiamén, ya estaba desnuda cuando llegó al baño. Abrió la ducha esperando que saliera el agua caliente, se hizo un recogido apresurado en el pelo y entró bajo el chorro. Un jadeo salió de su garganta porque el agua estaba fría aún, agradeció que se calentara a medida que cubría su cuerpo con jabón, salió del baño y se vistió con prisas. Su uniforme colgaba de una percha en la pared, le gustaba usarlo ya que de esta manera no perdía tiempo escogiendo lo que usaría para ir a trabajar. Cepilló su cabello, puso un poco de polvo en su cara, labial y máscara para pestañas y, salió de su habitación.
Había pasado menos de veinte minutos. Gema aún estaba en pijamas, prefirió ayudar a su que mamá que vestirse para ir al colegio, aún tenía mucho tiempo así que puso la cafetera y le preparó un bocadillo.
―Toma, mami, te puse el café en tu vaso y empaqué el emparedado para que lleves algo de comer.
―Gracias, bebé, lamento mucho haberme quedado dormida, yo debí haber hecho tu desayuno. ―se disculpó apenada.
―No te preocupes, mami, ya soy grande y puedo ayudar, estabas cansada y necesitabas dormir, vete y no te preocupes, yo pasaré a ver a la señora Petrov.
Ivanna apretó los labios, la señora Petrov debía ser su responsabilidad no la de Gema, pero no había nada que pudiera hacer en ese momento. Tomó su vaso y desayuno, besó con rapidez a su hija en la frente, dándole las gracias y salió del apartamento cerrando la puerta.
Ivanna corrió por las escaleras rezando para llegar a tiempo de tomar el autobús que la llevaría hasta la estación del tren. Las cosas se habían complicado últimamente, pensaba que cuando Gema tuviese once años la vida sería mucho más fácil, pero no era así. Estaba agotada, no era fácil vivir en una ciudad tan cara como Londres siendo una madre soltera, trabajaba de doce a dieciséis horas diarias para poder cubrir los gastos y a veces eso no era suficiente, pero no se arrepentía de tratar de darle a Gema todas las oportunidades de obtener una buena educación.
El día estaba frío, así que apresuró sus pasos para entrar en calor, a lo lejos vio la parada y al autobús que llegaba, corrió como loca y logró subirse a él, se sentó en la silla más próxima y respiró con alivio, al fin podía relajarse un poco. Dio un trago al café que traía en sus manos y casi gimió de lo bueno que estaba. Sacó su móvil y con vergüenza tecleó un mensaje a su supervisor disculpándose por el imprevisto y anunciándole su hora de llegada, esperaba que Erick la perdonara por llegar una hora tarde. Tenía un poco de hambre, pero no podría comer hasta dentro de dos horas más o menos, apuró el resto del café deleitándose cuando sintió su estómago calentarse.
Bajó del autobús en su parada, camino por la acera y una foto en un puesto de periódicos llamó su atención, se detuvo y miró una de las revistas de la prensa amarilla. La imagen de un sonriente Gael apuñaleó su corazón. Estaba más guapo aún de lo que recordaba, la madurez había endurecido sus facciones dándole una apariencia más varonil. Una sonrisa traviesa asomaba a su cara mientras sonreía y miraba a su pareja, su última novia una tal Brithany. Recordó cómo se sintió cuando dirigió hacia ella esa misma sonrisa.
Meneó la cabeza y continuó su marcha, ¿cuándo dejaría de sentir ese salto en el corazón cada vez que veía una imagen suya? Gael nunca sería parte de su vida, eso lo había aceptado, pero lo que aún le dolía era que ni siquiera formara parte de la de Gema.
«La vida sería mucho más fácil si él me ayudara con Gema» pensó mientras bajaba la acera. Había dado unos pasos cuando se dio cuenta de que estaba atravesando por el medio de la calle. Su instinto le exigió retroceder, esquivó un coche y el que venía circulado en el otro carril le dio de lleno lanzándola unos metros más allá. Mientras volaba por los aires, un solo pensamiento cruzó su mente ¡Gema!, ¿quién cuidaría a su hija?
***
Gema preparaba el desayuno de la señora Petrov, su vecina era una anciana y había amanecido un poco resfriada, por lo que decidió pasarse por su apartamento antes de ir a la escuela. Mientras esperaba a que hirviera el agua de la tetera, la niña se entretuvo hablando con Sasha. Su gato era enorme, su pelaje era largo y atigrado de color naranja y blanco; y tenía los ojos de verde intenso. El gato maulló reclamando su comida y mirándola desde encima del microondas con desaprobación por la tardanza.
Acababa de poner el desayuno encima de la mesa cuando sonó el timbre de la puerta, la señora Petrov hizo el intento de levantarse, pero la niña colocó su mano en el hombro de la dama para evitar que lo hiciera.
―Yo iré señora Petrov, no se preocupe.
La anciana asintió agradecida.
Quería mucho a la señora Petrov, para Gema era su abuela, había sido parte de su vida desde que recordaba. Fue su nana mientras su madre tenía que salir a trabajar para que pudieran vivir.
La niña se dirigió a la puerta para ver quien llamaba con tanta insistencia. Haló un banco pequeño que estaba cerca para esos casos, se subió y miró por la mirilla para ver quién era. En ese vecindario se debía tener cuidado, su mamá siempre le recordaba que debía estar atenta y no confiar en desconocidos. Al asomarse vio a una mujer policía acompañada de otra señora. Abrió la puerta un poco preocupada.
―¿En qué puedo ayudarlas, señoras? ―preguntó con una formalidad que hubiese agradado a Ivanna. Una de las cosas en las que su mamá siempre le insistía era en que debía ser educada.
―Buscamos a la señora Annika Petrov.
―Hola, soy Gema, la señora Petrov está desayunando en la cocina.
― ¿Podemos pasar para hablar con ambas?
―Claro, ―dijo la pequeña cediendo el paso ―. Siéntense, por favor, voy a ir a buscarla.
La mente de Gema daba mil vueltas con posibles opciones de por qué una policía estaba en la sala de la señora Petrov. Ella no se había metido en líos recientemente, por lo menos no de la clase de embrollos que implicara que alguien llamara a la policía.
Pocos vecinos conocían de la existencia de Sasha, era muy cuidadosa para dejarlo salir, no quería que se perdiera, ¿se habría quejado algún vecino por su gato? O ¿tendría algo que ver con la señora Petrov? ¿Y si era algo relacionado con su mamá? Esa opción le causó mucha preocupación.
Para su desesperación trascurrieron unos minutos hasta que la señora Petrov pudo llegar a la sala, cada día caminaba más lento.
―Buenos días, soy la señora Petrov, ¿en qué puedo ayudarlas? ―preguntó la anciana.
La policía se levantó de su asiento, su cara no presagiaba nada bueno, lo que puso más inquieta aún a Gema. Un vacío en su estómago la alertó de que algo malo había ocurrido, su corazón retumbó cuando vio que la mujer se acercaba a ella. Los ojos se le humedecieron de miedo y un nudo se formó en su garganta, tomó la mano de la señora Petrov buscando consuelo.
―Tu mamá fue atropellada por un coche esta mañana…
―¿Está muerta? ―preguntó la niña interrumpiendo a la policía.
―No, cariño, tu mamá se repondrá, tuvo una fractura de cadera y del brazo derecho. ―dijo la policía ―La señora Brown ―señaló a la señora de traje ―y yo, hemos venido a llevarte al hospital para que la veas, ella es de los servicios sociales.
El alivio invadió a la niña, pero el nudo en su garganta no se disolvió, se acercó más a la señora Petrov, que le pasó un brazo por los hombros reconfortándola. «Mamá se pondrá bien, mamá se pondrá bien» se repetía en su mente. Adoraba a su madre, ellas solo se tenían la una a la otra, no había más familiares y, era la mejor del mundo o por lo menos así se lo parecía a ella. Tan paciente y amorosa, no se imaginaba la vida sin ella, sabía que criarla sola había sido muy duro, pero su mamá tenía más voluntad y determinación que muchas personas juntas.
―Hola, querida ―saludó la señora Brown ―. Necesito que recojas lo que necesites porque tu mamá deberá estar hospitalizada varios meses y no podrás quedarte sola, te buscaremos un hogar de acogida donde puedas quedarte.
Gema se horrorizó.
Su mamá siempre tenía miedo que algo le sucediese y ella se tuviera que ir a un hogar de acogida, decía que no sabía que podía pasarle allí.
No iría por nada del mundo. Si esa señora pensaba que podía llevarla a ese horrible lugar estaba equivocada. Era hora de empezar a usar sus armas.
Lisa El aire vuelve a mis pulmones de golpe, pero no trae alivio. Arde. Quema. Como si respirar después de él fuera un castigo. Cristian cierra la puerta con un golpe seco. No la tranca. No hace falta. Nadie vuelve a interrumpir. El silencio que queda no es vacío. Está cargado. Tenso. Vivo. —No te acerques —repito, aunque mi voz ya no suena igual. Él no se mueve de inmediato. Se queda de pie, a pocos pasos, observándome como si midiera cada latido mío. Ya no hay furia desbordada. Tampoco calma. Hay control. Eso es peor. —¿Sabes qué es lo que más me vuelve loco de ti? —pregunta despacio. No respondo. —Que incluso cuando me miras con miedo… no huyes. Da un paso. Mi espalda presiona la pared. Fría. Dura. No hay a dónde ir. —Te lo advertí —digo—. No des otro. —Y sin embargo sigues respirando como si me esperas —responde, bajando la voz—. Como si tu cuerpo no supiera mentir. Mi pecho sube y baja demasiado rápido. Odio que lo note. Odio que tenga razón. —No c
Lisa. El colchón cruje bajo mi peso cuando caigo, no por la suavidad sino por la violencia con la que soy lanzada. La habitación huele a él: madera oscura, cuero, algo metálico que siempre me recordó al peligro. Las cortinas están corridas y la luz entra apenas, filtrada, como si incluso el día se negara a presenciar lo que ocurre aquí dentro.Mi respiración sale desordenada, entrecortada, mientras mis dedos se clavan en las sábanas que no reconozco como mías. Todo en este cuarto es ajeno, invasivo. Su territorio. Su cueva.—Ahora sí —dice, y su voz no es alta, no necesita serlo—. Cada cosa en su lugar.Se endereza apenas, como si saboreara el momento, como si quisiera que lo vea completo, dueño del espacio, del aire, de mi miedo.—Tú en mi habitación —continúa— y yo a punto de devorarte.Me incorporo de golpe, el corazón golpeándome las costillas con fuerza suficiente como para doler. No pienso, reacciono. La rabia empuja al miedo y me pongo de pie.—Eres un idiota si crees que hará
Lisa.Decir que besarlo otra vez se siente como si el cielo me abrasara en mucho y decir que no siento nada mientras me dejo llevan envolviendo mis brazos arreador de su cuello mientras se acerca más a él tomando mi cintura seria la peor de la mentiras. Me tiembla cada músculo de mi cuerpo y mi corazón se asemeja al motor de una lavadora cuando está secando la ropa. Debo pararlo y yo también debo detenerme, ¿porque no lo he hecho ya? Por el contrario mis manos se pierden en su cabello y mi lengua se funde con la suya. Siento sus manos ardiente perderse debajo de mi blusa en busca en mis pe…—Mamá, tenemos hambre.Me alejo rápidamente del mal. Porque así es como debo llamarlo cuando mis hijos llegan corriendo hasta nosotros. Quiero que la tierra me trague en estos momentos mientras trato de volver a arregla mi ropa como si eso fuera borrar lo que paso. Lo estúpida que fui.—Su papá, les va a preparar algo de comer, supongo. Yo debo irme. No miro a Cristian. No tenga cara para hacerl
No moví ni un solo músculo de mi cuerpo a pensar de que por alguna extraña razón ansiaba obedecerle y eso solo avivaba mi ira. Mi cuerpo estaba más que rígido, las manos cerradas a los costados, como si cualquier gesto de más pudiera romper algo que ya estaba peligrosamente resquebrajado. —No —dije. Cristian no reaccionó de inmediato. Se limitó a inclinar apenas la cabeza, observándome como quien evalúa una resistencia menor, algo que puede ceder con la presión correcta. —No es una sugerencia —respondió, tranquilo—. Es una conversación pendiente desde hace años. —Podemos tenerla aquí El aire entre nosotros estaba cargado de cosas viejas. De silencios mal cerrados. De acuerdos nunca escritos que él siempre creyó que seguían vigentes. Lo último que haría es encerrarme entre cuatro pareces sola con el. No soy tan fuerte —Por favor que será rápido, tengo cosas que hacer —continué—. Una sombra cruzó su expresión. Breve, pero real. —¿Con quien? ¿Con tu Rafa? —dijo—. Sol
Lisa El teléfono vibró cuando estaba cerrando la cafetería. Al ver el número de Rafa en la pantalla y estómago se apretó dolorosamente y una emoción indescriptible me inundó. Tuve que mentalizarme unos segundos antes de contestar —Hola. —Lisa… —su voz sonaba apagada—. Que lindo es escuchar su voz. Lamento mucho a ver faltado al trabajo todos estos días Su voz sonaba un poquito apagada. —Me estaba empezando a preocupar, Rafa. ¿Porque has faltado? —No me he estado sintiendo bien —continuó—. Desde ayer. Mareos, fiebre… No quise preocupar a nadie. —¿Estás solo? —pregunté alarmada, ya sabiendo la respuesta. —Sí, pero estoy bien. De verdad. Nunca confío en esa frase. —¿Dónde estás? Hubo una pausa mínima. Casi imperceptible. —En casa. —Voy para allá. —No, Lisa, no hace falta —se apresuró—. En serio. No quiero molestarte. —No es molestia. —No… prefiero descansar. —Rafa —dije, firme—. Te aviso cuando llego. Pásame tu dirección Colgué antes de que pudiera
LizaEl día en la cafetería fue un total caos. Rafa no se apareció en ningún momento. Creo que me debe está odiando de la peor manera y todo por cualpa de cabron que parece existir solo para joder mi paz y todo lo que amenace con hacerme feliz. El cabron se atrevió a volver a besarme frente a la escuela de nuestros niños. ¿Qué carajo le pasa? Lo pero que es que las personas a nuestro alrededor nos miraban con brillo en los ojos como si fuéramos la pareja perfecta. Después de que insistirá en explicarme porque me destrozo en mil pedazos. Tome mi auto y hui como una cobarde. No va a volver a suceder. No va a destrozarme dos beses. Ahora vuelvo a la escuela a recoger a los niños mientras ruego no encontrármelo, pero mi ruegos no son escuchados y otra vez lo encuentra frente a la escuela recostado en su auto. Al parecer esto se va a volver una rutina. Los chicos salen del edificio justo cuando yo bajo de mi auto. Cristian se agacha, los saludó, preguntó por la mañana, por una prue
Último capítulo