Algunos corazones laten con fuerza. Otros… estallan. Él perdió a su esposa en circunstancias sospechosas. Ella salva corazones con un bisturí y una lengua afilada. Él solo vive por su hija. Ella no cree en cuentos de hadas. Pero cuando el destino los junta en un quirófano, lo prohibido deja de ser una opción… y se vuelve inevitable. Una relación explosiva. Una niña que necesita un milagro. Y una mujer dispuesta a matar por un amor que nunca fue suyo. Secretos. Obsesión. Y un amor que podría costarles todo.
Leer másEl fogonazo iluminó la locura en el rostro de Luciana. El casquillo cayó al suelo con un tintineo seco, y el disparo retumbó en los muros como un trueno imposible de contener.Por un instante, el tiempo dejó de avanzar.La bala había abandonado el cañón, cortando el aire con un silbido que nadie alcanzó a escuchar en su justa velocidad. El mundo se fragmentó en escenas dispersas, como si cada alma presente hubiese quedado atrapada en una fotografía.ThiagoVio el fogonazo antes de escuchar el trueno. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: se lanzó hacia adelante, los ojos fijos en Valeria y en el pequeño Mateo. La distancia era maldita, demasiado corta. Sabía que no llegaría a tiempo.Un grito ardía en su garganta, pero no salió. Solo una frase le rebotaba en la cabeza con la fuerza de una plegaria desesperada:“No otra vez. No voy a perderlo otra vez.”ValeriaEl llanto del bebé retumbó en sus brazos como un latido descompuesto. Instintivamente, lo apretó contra su pecho, cerrando e
El eco del último disparo todavía vibraba en los muros cuando los agentes irrumpieron en tropel. Gritos en polaco llenaron la casona, botas golpearon la madera, esposas tintinearon. El caos comenzaba a ordenarse a la fuerza.Thiago, con el corazón desbocado, se incorporó despacio del suelo. El pequeño lloraba contra su pecho, tibio, vivo. Lo cubrió con sus brazos como si pudiera fundirse con él. Durante un instante, el mundo entero se redujo a ese llanto.—Estás bien mi campeón… estás a salvo —susurró, con la voz rota.Valeria corrió hacia él con todos los sentimientos a flor de piel, jadeando y con lágrimas ya cayendo por su rostro. Dió un paso, después otro, hasta quedar frente a Thiago. Con manos temblorosas, tomó al bebé. Por primera vez, su hijo estaba en sus brazos desde aquella noche maldita. Era la primera vez que podía sentirlo acurrucarse cerca del corazón de su madre después de semanas de haber sido arrebatado de sus brazos. El llanto del niño se transformó en un gemido su
El pasillo olía a madera vieja y pólvora. La puerta principal había cedido con un bramido y ahora los pasos de la policía polaca y del equipo de Andújar devoraban la casona como un incendio bien dirigido. Thiago avanzó al frente, el chaleco duro contra el pecho, siguiendo el hilo más infalible del mundo: el llanto de su hijo, quebrando el silencio a golpes.—Habitaciones despejadas a la izquierda —informó un agente por radio.—Prioridad al sonido del niño —ordenó Andújar sin bajar el arma—. Thiago, detrás de mí. Valeria, mantente en la escalera. Si digo fuera, sales.Valeria asintió desde el rellano, los dedos clavados en la baranda, el rostro blanco y decidido. No se movería, pero tampoco apartaría la vista.En el corazón de la casa, Luciana retrocedía con el bebé apretado contra su pecho, la respiración rota. La Dra. Rubio avanzó con una jeringa entre los dedos, fría como un instrumento.—Se acabó —escupió—. Entrégamelo.—No vas a tocarlo —Luciana pegó la espalda a la pared, los ojo
El jet privado descendió en medio de la penumbra helada de Masuria, un pequeño pueblo polaco cubierto de nieve. El silencio solo era interrumpido por el rugido de los motores apagándose y el eco metálico de las botas de la policía local esperando en la pista. Thiago descendió primero, con el rostro endurecido, seguido de Valeria, envuelta en un abrigo grueso que apenas disimulaba su cuerpo post parto.—Deberías quedarte en el avión —le susurró él, con un dejo de súplica.—No me pidas eso. Es mi hijo, Thiago. Mi vida entera está en juego —respondió ella con firmeza, sus ojos brillando bajo la tenue luz del hangar.Andújar cortó la tensión con su voz seca, repartiendo órdenes mientras desplegaba mapas y fotos satelitales.—El complejo está aquí —señaló—. Una vieja casona a la orilla del lago. Tienen guardias, pero la señal interceptada confirma que el niño está dentro. Nos dividiremos: un grupo entrará por el frente para distraer, otro por la parte trasera. La prioridad es rescatar al b
El rugido constante del avión privado se mezclaba con el silencio pesado que envolvía la cabina. Thiago permanecía con los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas y los ojos fijos en la alfombra oscura, como si buscara allí alguna respuesta imposible.Valeria, recostada en el asiento contiguo, lo observaba. Tenía la piel más pálida de lo normal, quizá por el agotamiento de los últimos días, quizá por el peso insoportable de la incertidumbre. Le tomó la mano con suavidad.—No podemos pensar en lo que podría pasar —susurró, con la firmeza de alguien que se niega a quebrarse—. Solo en lo que vamos a hacer. Lo vamos a recuperar, Thiago.Él levantó la mirada, sorprendido por la fuerza en sus palabras. Su esposa, aún con las huellas recientes de un parto, irradiaba determinación.—No debería haberte traído —murmuró, con la voz cargada de preocupación—. Esto no es un lugar para ti.Valeria arqueó una ceja, con esa mezcla de ternura y carácter que siempre lo desarmaba.—Es mi h
Thiago apoyó la frente en la puerta antes de entrar. Valeria estaba de espaldas, guardando un pijama de Clara en el cajón. La casa junto al lago tenía esa quietud falsa de las madrugadas en guerra.—Es Masuria —dijo desde el marco—. Andújar armó el rompecabezas. En cuatro horas, salgo al hangar privado. Van a entrar con la policía.Valeria se giró muy despacio. No hubo grito ni pregunta, solo ese brillo en los ojos que había aprendido a esconder para no quebrarse delante de Clara.—Voy contigo.—No —le salió mecánico—. Es peligroso. Tú… —miró alrededor, buscando argumentos en muebles, en fotos, en una taza—. Tú eres el corazón de esta casa. Y él… —no dijo “nuestro hijo”; le dolió—. Si pasa algo…—Si pasa algo y yo no estoy, no me lo perdono —lo cortó, firme—. No soy solo madre; soy la persona que mejor entiende qué pueden hacerle. Y no pienso quedarme mirando una pared.Thiago quiso negarse, pero la reconoció: la misma mujer que había sostenido a Clara en la UCI con una serenidad que
Último capítulo