El pasillo estaba empapado en sangre y gritos. Thiago se retorcía en el suelo, los labios ya amoratados, el pecho subiendo con un esfuerzo doloroso. Valeria, con Mateo pegado a un costado, presionaba la herida con la otra mano, como si de ello dependiera todo el universo.
—¡Resiste, mi amor! —le rogaba, con lágrimas corriendo por su rostro—. ¡No me dejes ahora, no puedes!
Thiago apenas podía responder. Su mirada buscaba la de ella, cargada de dolor y amor a partes iguales, antes de volver a cer