Mundo de ficçãoIniciar sessãoBianca debe casarse antes de cumplir 25 años para recibir su herencia. En una cita equivocada conoce a Luciano Montenegro, un poderoso CEO, y a su hijo Matías, un niño brillante que está buscando la “nueva mamá perfecta”. Sin querer, Bianca se gana el corazón del pequeño jefe y la atención de su padre. Lo que comienza como un acuerdo para fingir un compromiso pronto se convierte en sentimientos reales… hasta que la exesposa de Luciano, que todos creían muerta, reaparece para destruirlo todo. ¿Será Bianca capaz de proteger el amor y la familia que nunca imaginó encontrar?
Ler mais—¿Estás segura de esto, Carla? —preguntó Bianca desde su auto, mirando con incertidumbre hacia el restaurante frente a ella.
—Claro que sí. El tipo es un encanto, trabaja con mi primo y está soltero. Mesa seis. Ya debe estar ahí. Entra, sonríe y actúa natural.
—Carla, ¿y si es un psicópata con cara de buena gente?
—Entonces corre… pero corre con elegancia, ¿ok?
Bianca soltó una risa tensa y colgó. Se dio un último vistazo en el retrovisor, se bajó del auto con decisión y caminó hacia el restaurante sin imaginar que el verdadero caos ya se estaba gestando adentro.
***
—Papá, tengo una idea revolucionaria —anunció Mateo con tono conspirativo, acercándose sobre la mesa como si estuviera a punto de revelar un secreto internacional.
Luciano, que recién tomaba un sorbo de café, se atragantó un poco.
—¿Otra más? Mateo, la última vez que dijiste eso casi explota la licuadora con gelatina adentro.
—Eso fue ciencia, papá. ¡Innovación doméstica! Pero esto es diferente. Necesito... una mamá.
Luciano soltó un suspiro largo y dramático mientras se recostaba en la silla.
—¿Otra vez con eso?
—Sí, pero ahora tengo un plan. Mira, quiero una mamá con estilo, que sepa hacer panqueques en forma de dinosaurio y que no me grite cuando descubra piedritas en la lavadora.
—Mateo, estás buscando una especie en extinción.
—Tú puedes. Eres guapo, tienes tu propio auto, y ya no quemas el arroz. Eres como el sueño de cualquier mujer... en modo principiante.
Luciano se echó a reír.
—Wow, gracias por ese elogio tan tibio.
Mateo lo miró con seriedad fingida, como quien está a punto de cambiar el curso de la historia.
—Escucha: si antes de que yo cuente cinco, entra por esa puerta una mujer con un vestido azul... la haces mi mamá.
Luciano levantó una ceja.
—¿Así, sin entrevista ni antecedentes penales?
—¡Shhh! No arruines el hechizo. Esto es magia del destino, papá. Hay que confiar.
—Bueno, adelante, Harry Potter. Desata tu poder.
Mateo se levantó en su asiento como si estuviera en un show de Las Vegas.
—Uno... —dijo alzando un dedo—. Que el universo me escuche...
—Dos... —alzando las manos al cielo—. Que los tacones no le fallen...
—Tres... —girando dramáticamente—. Que no haya tráfico, ni exnovios indeseados...
—Cuatro... —apuntando a la puerta—. ¡Que se abran las puertas del amor verdadero!
Luciano apenas podía contener la risa.
—¡Cinco!
Y en ese mismo instante, la puerta del restaurante se abrió con el sonido de una campanita suave... y allí estaba ella.
Vestido azul. Cabello alborotado por el viento. Sonrisa nerviosa, pero dulce.
Luciano la miró, desconcertado. Mateo se cruzó de brazos como un mini cupido satisfecho.
—¿Ves, papá? Nunca subestimes el poder de mi cuenta regresiva.
Luciano lo miró, luego a ella, y volvió a su hijo.
—Si esa mujer viene a esta mesa... te compro ese dragón inflable que me pediste en Navidad.
Mateo sonrió como quien ya sabía el final de la película.
—Ve preparándote, papá. Porque el destino... ya reservó mesa.
Los ojos de Bianca recorrieron el lugar con rapidez. Buscaba una mesa específica. No tardó en divisar un pequeño cartel con el número seis, ligeramente torcido sobre la mesa cercana a la ventana. Sin detenerse a cuestionarlo, caminó con paso firme y elegante, como si supiera exactamente hacia dónde iba. Su vestido azul se movía suavemente con cada paso.
Al llegar a la mesa, se detuvo un segundo, esbozó una sonrisa cordial y se sentó frente a Luciano con naturalidad, soltando su bolso a un lado.
—Lamento el retraso —dijo con tono educado pero sin demasiado entusiasmo—. El tráfico estaba imposible.
Luego miró a Mateo y sonrió con un leve gesto de sorpresa.
—No me dijeron que traías compañía —comentó mirando a Luciano—. Aunque debo decir que pareces encantador.
Luciano apenas abrió la boca, pero Mateo se adelantó con rapidez, como si no estuvieran cometiendo ninguna locura.
—Hola, soy Mateo. Y tú... tú eres perfecta.
Bianca arqueó una ceja, divertida pero confundida.
—¿Perfecta?
—Sí —dijo el niño con total convicción—. Para ser mi mamá.
Luciano intentó intervenir, pero ya era tarde. Bianca los observó a ambos, como si tratara de comprender una broma interna a la que aún no le encontraba sentido.
—Vaya... no sabía que esta cita venía con cláusulas familiares —comentó en tono neutro, aunque claramente desconcertada.
—¡Sorpresa! Soy parte del combo.
Bianca se rió.
Luciano miró a su hijo, que le lanzaba una mirada de “sigue la corriente, papá, por favor”. Él, que rara vez se dejaba arrastrar por las locuras de nadie… suspiró.
—Sí… perdón. No suelo llevarlo a mis citas, pero hoy fue la excepción.
Bianca lo miró con interés.
—Tú no eres muy hablador, ¿cierto?
—No mucho.
—Me gusta. Al menos no finges ser alguien que no eres.
Mateo se acomodó con una sonrisa de oreja a oreja. Apoyó los codos en la mesa y dijo en voz baja, casi como un narrador de cuento:
—Y así, queridos amigos… empezó todo.
Luciano rodó los ojos. Pero por dentro… algo le decía que ese encuentro, tan absurdo como inesperado, no era casualidad.
Era magia. O destino.
O simplemente Mateo.
Bianca se acomodó en la silla, cruzó las piernas y tomó el vaso de agua como si estuviera en una junta directiva.
—Bueno, me parece bien. Acepto a tu hijo —dijo, señalando a Mateo con una sonrisa encantadora—. Es adorable, tiene carisma y buenos dientes. Me agrada.
Luciano frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Nos casamos en una semana —soltó ella como si hablara de pedir sushi.
—¿Qué?
—Sí, no hay tiempo que perder. En dos semanas cumplo veinticinco y, según el testamento de mi madre, debo estar casada antes del día de mi cumpleaños para acceder a la herencia. No me juzgues, eran sus reglas... y su dinero.
Luciano la miró como si ella estuviera hablando en mandarín. Bianca, en cambio, sacó su celular, abrió una app de planificación y comenzó a teclear.
—Podemos hacer algo sencillo. Civil, rápido, con flores blancas y sin bufé extravagante. Yo cubriré los gastos del niño, por supuesto. Tendrá su propio cuarto, clases extracurriculares, juguetes educativos... Y tú recibirás una mensualidad generosa. Me gusta hacer las cosas bien.
—¿Mensualidad? —repitió Luciano, ya completamente desorientado.
—Sí, un estipendio. No quiero que parezca que me aprovecho. Serás un esposo con beneficios económicos. Claro, nada de amor verdadero ni promesas eternas. Esto es un acuerdo funcional. ¿Estamos?
Luciano parpadeó. Miró a su hijo.
El sol brillaba con fuerza sobre la playa de Montañita, en la costa ecuatoriana. Las olas rompían con un rugido constante contra la arena dorada, y el aire salado se mezclaba con el aroma a protector solar y felicidad. Era el tercer día de sus vacaciones, y la familia Del Valle-López había encontrado, por fin, la paz que tanto había buscado.Mateo estaba de pie en la orilla, con una tabla de surf bajo el brazo que era casi tan grande como él. Vestía un traje de neopreno azul que le quedaba un poco grande, pero su sonrisa era tan enorme que iluminaba toda la playa.—¿Listo, campeón? —preguntó Luciano, ajustándose su propio traje.—¡Listo! —respondió Mateo con una determinación que solo los niños muy pequeños o los muy valientes pueden tener.Bianca estaba sentada en la arena, bajo una sombrilla, con una cámara en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. Llevaba un vestido ligero y gafas de sol, y por primera vez en mucho tiempo, no había ni rastro de preocupación en su rostro.—¡Quiero
El coche se detuvo frente a la mansión cuando el sol comenzaba a esconderse tras los árboles, pintando el cielo de tonos naranjas y rosados. Bianca y Luciano bajaron lentamente, sintiendo el peso de las últimas semanas desprenderse de sus hombros con cada paso que daban hacia la puerta.La casa los recibió con su calidez habitual. La señora González salió a su encuentro con una sonrisa de oreja a oreja.—Señor, señora, ¡qué alegría verlos! El niño está en su habitación, jugando. No ha querido cenar sin ustedes.—Gracias, señora González —dijo Bianca, abrazándola—. De verdad, gracias por todo.—No hay nada que agradecer, señora. Esta es su casa y yo estoy para servirles.Subieron las escaleras lentamente, saboreando el momento. Al llegar a la habitación de Mateo, se asomaron por la puerta entreabierta.El niño estaba sentado en el suelo, rodeado de libros y juguetes. Tenía uno de esos libros de ciencia para niños abierto sobre las piernas, el que explicaba el sistema solar con dibujos
Dos semanas habían pasado desde aquella rueda de prensa que cambió todo. Dos semanas desde que Bianca reveló la verdad sobre el origen del dinero de Luciano, desde que las cartas de su madre conmovieron al país entero, desde que la opinión pública dio un giro de 180 grados y convirtió a Luciano en una figura casi heroica: el joven padre soltero que, gracias a la bondad de una mujer desconocida, logró construir un imperio.Los titulares de aquellos días aún resonaban en la memoria colectiva: "El milagro de Luciano Del Valle: de la pobreza al éxito gracias a un ángel anónimo", "La madre de Bianca López, la benefactora secreta que cambió una vida", "Gabriela Salazar, la mujer que mintió para destruir".Pero hoy no era día de titulares. Hoy era día de justicia.El tribunal estaba abarrotado. Periodistas, curiosos, familiares, todos apretujados en las bancas de madera, esperando el veredicto que decidiría el futuro de cuatro personas cuyas vidas habían quedado atrapadas en una telaraña de
El salón de eventos del Hotel Imperial estaba abarrotado. Periodistas de todos los medios importantes ocupaban cada silla, cada rincón, cada espacio disponible. Las cámaras apuntaban al estrado vacío como si fueran armas listas para disparar. El murmullo de las conversaciones era un rumor constante, una marea de especulaciones, dudas y expectativas.En la primera fila, los representantes de los canales de televisión más importantes ajustaban sus micrófonos. Detrás, los periodistas de prensa escrita tomaban notas nerviosamente. Al fondo, los fotógrafos hacían sus últimas comprobaciones técnicas. El mundo de los negocios, la opinión pública, los inversores, todos tenían los ojos puestos en ese estrado vacío.Y en una sala privada, en la parte trasera del hotel, Luciano Del Valle se ajustaba el nudo de la corbata por décima vez en los últimos diez minutos.—Tranquilo —dijo Bianca, colocando sus manos sobre las de él—. Vas a romper la corbata.Él soltó una risa nerviosa.—Lo siento. Es qu
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