El silencio en la sala del comité era denso, casi tanto como la tensión que se cernía sobre los hombros de Valeria mientras se ajustaba la bata y se sentaba frente a los cinco miembros del jurado médico. Esta vez, no había sombra de duda en su postura. Ni un titubeo. Había aprendido, a golpe de acusaciones y sabotajes, que no podía darse el lujo de flaquear.
“Dra. Ríos, tiene la palabra”, dijo la doctora Juncal, la jefa del comité, con su tono impasible.
Valeria se puso de pie, los labios firme