El amanecer entró tibio por los ventanales del hospital, pero en la UCI el tiempo no tenía temperatura. Valeria se puso la bata verde, se desinfectó las manos y empujó la puerta con el hombro. Mateo dormía pegado a su pecho en una manta ligera. Las máquinas recibieron a madre e hijo con ese concierto de pitidos que ya conocía: ritmo, presión, oxígeno. En la cama, Thiago parecía más pequeño, atravesado por líneas y tubos; la piel pálida, la respiración asistida.
—Buenos días, amor —susurró ella,