Mundo ficciónIniciar sesiónA los 18 años, Sofía se queda sin nada. Su madrastra se queda con la herencia de su madre, su hermana se mete con su novio y su padre desaparece dejando solo deudas. La echan de casa y termina sola, sin dinero y sin opciones. Para sobrevivir, acepta trabajar como acompañante. Así llega a Alejandro Ruiz, un CEO poderoso, serio y distante, un hombre del que se dicen muchas cosas, pero que nunca habla de sí mismo. No da explicaciones y nadie sabe realmente qué piensa, es frío, reservado y lleno de secretos. Alejandro no busca amor, busca control. Necesita una esposa por contrato para cerrar las bocas y calmar los rumores, y Sofía encaja perfecto en su plan. Ella necesita el dinero, él necesita a alguien que no haga preguntas. Pero convivir con Alejandro no es fácil. Las fans la atacan, la prensa la acorrala, su propia familia intenta venderla al mejor postor, y los enemigos de Alejandro descubren que Sofía es la única cosa que él no puede manejar del todo. Ahora ella está atrapada entre un hombre dominante, celoso e imposible que quiere protegerla y un mundo que quiere destruirla solo por estar a su lado. Sofía solo tiene dos opciones: enfrentarse a quienes quieren hundirla o dejarse caer.
Leer másPOV Sofia
Cuarenta días después de dar el “sí, quiero”
¿La frase “Hasta que la muerte nos separe” quiere decir que puedo asesinar a mi marido?
He hecho esta pregunta en G****e un montón de veces desde que “me casé” con ese cabrón sexy que acapara casi todas las vallas publicitarias de Barcelona, y la respuesta siempre es la misma: “No, no significa eso”, y “Prepárate para pasarte el resto de la vida en la cárcel”.
Hasta he intentado continuar el hilo: “¿Y si estoy casada con Alejandro Ruiz?”. Sin embargo, los resultados son incluso peores, los únicos enlaces que aparecen pertenecen a páginas de clubs de fans y estas están llenas de historias de mujeres que han intentado hacerle llegar sus bragas por correo o de foros en donde desean que alguien me asesine a mí, para así poder quedarse con mi puesto.
En serio, ya no puedo aguantar más esta farsa, y tengo semanas planeando mi gran fuga. Es ahora o nunca.
—¡Señora! ¡Señora! —me grita una empleada— ¡Vuelva aquí ahora mismo!
Agarré el asa de mi maleta y corrí por el pasillo lo más rápido que pude.
—¡Señora, por favor! —vuelve a llamarme— ¡A su marido no le va a parecer divertido! Ah, claro que no —Venga, venga, venga.
Oprimí el botón para llamar al ascensor.
—De prisa —dije, como si pudiera apurarlo.
Los números que había encima del marco se iluminaron conforme el ascensor iba subiendo, y yo contuve el aliento al ver que se acercaba.
Cuando al fin se abrieron las puertas, entré rápido y oprimí el botón de la planta baja, mientras descendía, miré mi reflejo en el espejo, llevaba un vestido azul que me quedaba perfecto, tacones altos que hacían que me dolieran los pies, y un collar de perlas que Alejandro me regaló en nuestra “boda”.
Todo era falso, así como nuestra relación salí del ascensor y corrí hacia la salida del hotel, paré un taxi y me metí dentro.
—Al aeropuerto, por favor —dije jadeando.
El taxista me miró por el retrovisor, pero arrancó sin preguntar, mientras nos alejamos, miré por la ventana y vi el hotel alejarse. Por fin libre, o eso creí, mi teléfono vibró en el bolso, lo saqué y vi el nombre de Alejandro en la pantalla, contesté.
—¿Dónde coño estás? —gruñó al otro lado.
—Lejos de ti —respondí— se acabó la farsa.
—No puedes irte, tenemos un contrato.
—Que se joda el contrato, y que te jodan a ti.
Colgué y apagué el teléfono, pero sé que no va a ser tan fácil. Alejandro siempre consigue lo que quiere.
Mientras el taxi avanzaba, cerré los ojos, me invadieron los recuerdos, mi mente me llevó hasta el inicio de todo el caos.
Hasta el día que cumplí dieciocho y mi madrastra, Valentina, me sentó en el comedor y me puso unos papeles delante.
—Firma aquí, es lo de la herencia de tu madre —me dijo con una voz tan dulce como la miel, mientras empujaba los documentos hacia mí y se sentaba enfrente.
Yo la miré, confundida, pero confiada. ¿Por qué no iba a confiar? Valentina había entrado en nuestra vida cuando yo tenía diez años, después de que mi madre muriera en ese accidente de coche.
Había sido la que cocinaba, limpiaba y fingía ser la madre perfecta, mi padre siempre decía que era una bendición, así que tomé el bolígrafo y firmé en la línea punteada, sin leer una sola palabra. Terrible error de principiante. ¿Quién lee contratos en su propio cumpleaños? Estaba más preocupada por el pastel que había en la nevera y la fiesta que había planeado con mis amigos esa noche.
—Gracias, Sofía —dijo Valentina, recogiendo los papeles con una sonrisa que ahora veo que era la de una hiena— esto es solo un trámite, tu madre habría querido que todo estuviera en orden.
Asentí, tonta de mí, y me fui a mi habitación a prepararme para la salida, ese día cumplía la mayoría de edad, me sentiría libre al fin. Pensaba en lo que vendría: universidad, un trabajo decente, quizás mudarme con mi novio, Pablo, todo parecía perfecto.
Pero dos semanas después, todo se fue al carajo, estaba en la biblioteca pública, investigando para un trabajo del instituto, cuando recibí una llamada de un abogado que no conocía.
—Señorita Sofía, soy el abogado Ramírez, represento los intereses de su familia en asuntos legales. Hay un problema con la herencia de su madre.
—¿Problema? —pregunté— ¿Qué problema? Mi madrastra me hizo firmar unos papeles hace poco.
El abogado se quedó en silencio.
—Precisamente de eso se trata, esos documentos no son legítimos. Su madrastra ha transferido todo a su nombre y al de su hija Candela, la casa, los ahorros, incluso la pensión que le correspondía a usted. Lo siento, pero usted no figura en nada.
Me quedé helada, ¿Falsificado? ¿Todo? Colgué y corrí a casa, el viaje en el metro se me hizo eterno. Entré hecha una furia, tirando la mochila al suelo. Valentina estaba en la cocina, preparando la cena, y mi padre leía el periódico en el salón.
—¿Qué coño has hecho? —grité, entrando en la cocina. Valentina volteó, fingiendo sorpresa.
—¿De qué hablas, Sofía? Baja la voz.
—¡La herencia! ¡Has falsificado todo! ¡El abogado me lo dijo! ¿Cómo pudiste?
Valentina se cruzó de brazos, su expresión pasó de sorpresa a una total frialdad.
—Ese abogado no sabe de qué habla, yo solo organicé el papeleo para que todo quedara en la familia. Tu madre habría querido que Candela y yo estuviéramos seguras, tú eres joven, puedes hacer tu vida.
—¿Mi vida? ¡Es mi herencia! ¡De mi madre! —Las lágrimas me traicionaron, corrí a la sala donde estaba mi padre, él se me quedó mirando..
—Papá, ¿sabías esto? Valentina falsificó los documentos. ¡Me dejó sin nada!
Él se encogió de hombros, como si solo le estuviera contando que llovía fuera.
—Valentina se encargó del papeleo —fue lo único que dijo, volviendo su vista al periódico.
Me quedé boquiabierta. ¿Eso era todo? ¿No iba a defenderme, a darme una explicación? Salí dando un portazo, caminé por las calles sin rumbo, esa noche dormí en casa de una amiga, pero al día siguiente volví, pensando que podía arreglarlo, gran error.
Las cosas empeoraron, Pablo, mi novio empezó a actuar raro, me evadía, dando excusas para no vernos. Pensé que era por el estrés de los exámenes, pero el viernes lo descubrí todo, llegué a casa temprano y subí a mi habitación, antes de llegar escuché risas de Candela. Abrí la puerta y allí estaban, Pablo encima de ella, en mi propia cama, los dos desnudos y sudados.
Candela me vio primero, se cubrió con la sábana, riendo como si fuera una broma.
—Vaya, hermanita, llegas pronto. ¿No te enseñaron a llamar?
Pablo volteó, su rostro se tornó pálido, pero ni siquiera fue capaz de sostenerme la mirada, bajó la cabeza y murmuró algo inaudible.
—¿Qué demonios es esto? —grité, sintiendo que el mundo se me caía encima— ¡Pablo!
Él se levantó, poniéndose los pantalones.
—Sofía, lo siento... Candela y yo... solo ha pasado.
—¿Solo ha pasado? ¿Cuánto tiempo llevan? —pregunté, temblando.
Candela se levantó, aún riendo.
—Un par de semanas, él me prefiere a mí, ¿sabes? Soy más divertida, menos dramática, tú le aburres.
—Eres una puta traidora —le grité, caminando hacia ella, Pablo se interpuso.
—No la toques, Sofía, se acabó.
Salí de allí llorando, esa noche la pasé en un parque, sentada en un banco, preguntándome cómo mi vida se había convertido en esto,, la herencia de mi madre, mi hermana, mi novio, todo lo había perdido en una semana, aunque al día siguiente tuve que tragarme mi orgullo y volver a casa.
Poco después, mi padre desapareció, volví a casa después de un día buscando trabajo y encontré la nota encima de la mesa de la cocina: “No puedo más con las deudas, lo siento.” Y se largó, así, sin más, dejó la hipoteca pendiente, préstamos bancarios que no sabíamos que existían, tarjetas de crédito al límite, Valentina entró en pánico.
—¿Dónde se ha ido ese inútil? ¡Nos ha dejado en la ruina! —Gritó hecha una furia.
Candela y yo nos miramos, por primera vez unidas en algo, pero eso duró muy poco, al día siguiente, Valentina me llamó.
—Sofía, siéntate, tenemos que hablar.
Me senté, ella me miraba a los ojos.
—Tu padre nos ha dejado con todo esto, la hipoteca de la casa, las deudas, no podemos mantenerte. Eres mayor de edad, es hora de que te busques la vida, vete.
POV SofíaEl segundo día en la UCI empezó con un pitido que cambió de ritmo, yo estaba sentada en el sillón junto a la cama, sentía las piernas entumecidas de llevar horas sin moverme. Tenía la mano de Alejandro entre las mías, los dedos entrelazados con los suyos, su mano aún se sentía muy fría.De repente el monitor dejó de marcar el ritmo constante, se volvió agudo, continuo, me horrorice, recordé lo que sucedió en la ambulancia.—Asistolia —gritó la enfermera que acababa de entrar a cambiar el suero.Se me heló la sangre, me levanté de un salto, no Dios, no podía estar sucediendo de nuevo.—No… no otra vez…Dos enfermeros entraron corriendo, uno empujó el carro de paro. El otro ya estaba sobre el pecho de Alejandro, presionando con fuerza rítmica.—Uno, dos, tres…Yo me pegué a la pared, llevé las manos a mi boca para no gritar.La enfermera jefe me miró.—Señora, salga un momento.—No me voy —dije, con voz fuerte, no dejaría a Alejandro— no me voy.Ella no insistió, me paré en un
POV SofíaAbracé con fuerza a Alejandro, sentí que ya no estaba respirando, los paramédicos se acercaron, tuvieron que alejarse a la fuerza, no quería dejarlo.Lo subieron a la ambulancia, una paramédico me dijo que podía subir con él, subí y me senté a su lado, en un pequeño banco metálico junto a la camilla.Alejandro estaba pálido, los labios azulados, con los ojos cerrados.La sangre seguía saliendo entre los dedos del paramédico que apretaba la herida con gasas empapadas.—Presión baja, 80/50 —dijo uno de ellos, voz seca— taquicardia, prepárate para desfibrilar si para —yo solo podía mirarlo, no podía respirar bien. El pecho me subía y bajaba en jadeos cortos, como si el aire no llegará a mis pulmones.—Alejandro—susurré a Alejandro, apenas moviendo los labios— por favor, no me dejes, no me abandones.Le agarré la mano libre, estaba fría, demasiado fría.El paramédico me miró.—Señora, tiene que apartarse un poco, necesitamos espacio, recorrace un poco hacia el otro lado.—No m
POV SofíaNo pude evitar reír al ver la escena frente a mis ojos, estábamos en la cocina.Lucía estaba subida en un taburete alto, con las manos cubiertas de harina hasta las muñecas, intentando amasar una bola de masa que se le pegaba a los dedos como chicle. Aiala le pasaba el rodillo cada vez que la niña lo dejaba caer al suelo.—Más fuerte, mi amor —le decía Aiala— si no, las galletas quedan planas como tortilla.Lucía fruncía el ceño, concentrada, y empujaba con toda su fuerza de cuatro años. La masa se estiraba, se rompía y volvía a pegarse, ella se reía cada vez que fallaba.Yo las miraba desde la isla, con una taza de café caliente entre las manos.No había dormido bien. Desde que Alejandro se fue anoche después de la cena, no dejaba de dar vueltas a lo mismo: quería intentarlo,, quería darle una oportunidad real., quería creer que el hombre al que me había entregado ayer, iba a quedarse, no el de antes.Mi padre entró, quitándose la chaqueta de lana, tenía el pelo revue
POV SofíaLos titulares seguían atacando a pesar de la entrevista y las advertencias de Alejandro, eran caso perdido pero ya no dolían igual, tal vez ya me estaba acostumbrado al ojo mediático.“Sofía De Laurentis: ¿víctima o manipuladora?” “Ruiz amenaza a la prensa por amor: ¿locura o estrategia?” “Mauricio Smith confiesa: ‘Sofía me salvó la vida’”Cada mañana abría el móvil con menos miedo, algo que me agradaba es que desde que regresé, ya no había fotos mías con pintadas rojas en las redes. Ya no había mensajes anónimos diciéndome que era una puta cara que había enganchado al millonario. Las locas que antes me acosaban habían desaparecido. Porqué Alejandro ya no era el mismo hombre que aparecía en fiestas con una diferente cada fin de semana.Ahora era frío, callado, malhumorado con cualquiera que no fuéramos Lucía o yo.Y lo prefería así, por mucho.Lo veía en las pocas fotos que salían ahora: saliendo de la oficina con el ceño fruncido, gafas oscuras aunque estuviera n
POV AlejandroLos medios no se cansaban de atacar a Sofía, cada mañana, al abrir el teléfono, había nuevos titulares. Cada noche, antes de dormir, más rumores, por lo visto no se cansaban de jodernos la vida.“Sofía De Laurentis: ¿amante o heredera?”“Primero se revuelca en hotel con Mauricio Smith: ¿Ahora lo ha cambiado por Ruiz?” “Alejandro Ruiz, obsesionado con la mujer que lo usó.” Pero lo peor no eran los titulares, eran los comentarios,, gente estúpida que se creía con derecho de juzgar y señalar a otros.“Esa mujer es una cazadora.”“Primero engatusa a Leonardo De Laurentis para que crea que es su hija, luego se acuesta con Mauricio para seguir escalando y ahora con Ruiz para tener un padre para su hija.”“¿Cuánto le pagó esta vez?”Hijos de puta, que demonios es importaba mi vida y la de Sofía, creían que porque se escudaban bajo el oficio de periodistas, tenían el derecho de juzgar, de exponer, de destruir a quien fueraeran unas malditas mierdas.Y cada palabra me quemaba
POV AlejandroComo era de esperarse, al día siguiente, Laura me buscó en la oficina, yo sabía que no tenía que buscarla, ella iría.Entró en la oficina como si tuviera todo el derecho de hacerlo, ignorando a mi secretaria que le pedía que se detuviera.—Alejandro —dijo, sentándose sobre el escritorio, llevaba una falda demasiado corta que se subió demasiado en cuanto cruzó las piernas, tomó un lápiz y lo metió en su boca, tratando de parecer sexy, yo me quedé sentado en mi silla detrás del escritorio, mirándola, sin moverrne— quiero que lo intentemos, por Ricky.—No —dije, volviendo la mirada hacia unos documentos que revisaba momentos antes.—Por favor…—Te dije que no.—Hazlo por él, por el niño, merece una familia, podemos serlo.—Laura, te dije claro que no regresarás, te di dinero para que vivas cómoda, no te quiero, ni voy a quererte —dije, mirándola con fastidio.—Pero amas a Ricky, deberías de amarme, soy su madre.—Lo cuido porque no tiene a nadie, no porque sea mío, y tampo
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