Era curioso cómo el aroma de las rosas podía volverse tan irritante cuando no venía acompañado de una nota manuscrita, o un “te pienso” al amanecer. Aquella mañana las flores estaban allí, en su salón privado del club ecuestre, hermosas, carmesí, frescas. Y sin alma. Igual que ella.
—¿Sabes qué tienen en común estas rosas conmigo? —le susurró Luciana al florista mientras lo despedía con una sonrisa glacial— Que ambas sangramos si nos tocan donde no deben.
En su móvil, una notificación captó su