Mundo ficciónIniciar sesión«¿Crees que en mi sano juicio tocaría a alguien como tú? Mírate al espejo». Sus crueles palabras destruyeron a la inocente Elena, la "hija gorda de la cocinera", quien para el mundo murió en un accidente esa misma noche. Cinco años después, ella es Julieta Bianchi: delgada y espectacular. Su camino se cruza de nuevo con el heredero Thorne y despierta una obsesión enfermiza en él. A Xander no le importa que sea la esposa de su cuñado; la desea con locura y jura poseerla, sin imaginar que la mujer que ahora lo excita es la misma que despreció en el pasado... y que, además, oculta a su hija moribunda en un hospital.
Leer másSu esposo le había dicho que tenían una cena importante a la que debían acudir ese día. Como siempre, se mostró cooperativa; era lo mínimo que podía hacer por el hombre que pagaba todos los gastos médicos de su hija.
Llegaron al lugar indicado: un lujoso restaurante que parecía haber sido reservado exclusivamente para ellos. No entendía la razón de tanto misterio. ¿De qué trataba todo esto?
—¿Ya me dirás qué ocurre, Brando? —preguntó sin poder soportar un segundo más la inquietud.
—Ya lo sabrás, cariño.
—¿Negocios? ¿Un nuevo convenio? —tanteó ella.
—Algo así… —su respuesta fue vaga, sin darle la claridad que tanto necesitaba.
Los minutos pasaron y, entonces, la puerta principal se abrió. Todo a su alrededor pareció detenerse en ese preciso instante; era como si alguien hubiera presionado un interruptor.
«No», la palabra estaba en la punta de su lengua mientras veía entrar al último hombre que esperaba ver.
Durante años se había cuidado de no volver a encontrarse con ese sujeto. Lo había hecho tan bien que se había permitido relajarse, que se había permitido creer que, sin importar qué, nunca más volverían a estar frente a frente. Sin embargo, se había equivocado. Esa calma acababa de romperse, porque Xander Thorne acababa de cruzar la gran puerta de cristal... pero no venía solo.
De su brazo colgaba una mujer: delgada, hermosa, completamente de su tipo. Solo que esa mujer no era cualquiera: era su cuñada, Carlotta.
Sintió que sus extremidades inferiores temblaban a medida que ellos más se acercaban… «Me va a reconocer», era el único pensamiento en su cabeza. La acusación de robo que le había hecho Victoria Thorne, la existencia de su hija Luna... todo jugaba en su contra y no estaba dispuesta a perder. Ya lo había hecho cinco años atrás; no lo haría de nuevo.
—Julieta, cariño… —la voz de su esposo intentó sacarla de su trance.
—Eh, ¿sí? —parpadeó, dándose cuenta de que ya tenía a ese hombre enfrente.
—Te decía que este es Xander Thorne, el prometido de mi hermana Carlotta.
—Ah… —boqueó como un pez, tratando de estirar la mano en su dirección—. Mucho… mucho gusto, señor Thorne.
—El placer es mío, señora Bianchi —Xander tomó su mano y se inclinó para dar un beso suave en el dorso de la misma.
Todo le parecía surrealista. Los ojos de Xander estaban fijos en los suyos, pero no parecía reconocer a la chica gorda que había humillado en el pasado.
—¿Te sientes bien? —preguntó su esposo a su lado, seguramente preocupado por la palidez de su rostro.
—Sí, sí… —balbuceó, sentándose con algo de torpeza, no sin antes saludar con un beso en la mejilla a su cuñada.
La reunión siguió su curso. Julieta trataba de concentrarse en la comida, pero de nada servía; podía sentir los ojos de Xander sobre ella. Era sutil al respecto, pero su atención sofocante no la dejaba en paz.
«¿Será que me reconoció? ¿Será que sabe quién soy y está disimulando?». La paranoia se incrementó con cada segundo que transcurría. Se imaginó saliendo de ese restaurante esposada, pagando por un delito que no había cometido, mientras perdía lo más importante en el proceso: a su hija Luna, la hija de este hombre.
—Debo… ir un momento al baño —se levantó con un gesto educado mientras se apresuraba hacia los sanitarios, ansiando estar un momento a solas.
Una vez en el interior, se echó agua en la cara para serenarse. Su reflejo en el espejo le dijo lo que ya sabía: no era la misma mujer del pasado. Ya no era Elena "la gorda", la hija de la cocinera, la que habían echado como si fuera escoria de la mansión Thorne. La mujer que le devolvía la mirada tenía pómulos altos y definidos, mirada cautivadora —había perdido por completo ese aire sumiso—, piel tersa y luminosa, labios carnosos. Sin embargo, ese cambio no ocurrió en un día; padeció muchos momentos difíciles antes de llegar a esto.
—Soy Julieta Bianchi —dijo su nombre en voz alta, tratando de creerse por completo esa mentira.
Al salir se encontraba más calmada. Cerró la puerta con cuidado y emprendió el camino hacia la mesa donde la aguardaba su esposo, pero entonces se encontró frente a frente con él. Xander estaba recostado en la pared con las piernas cruzadas y una mirada penetrante dirigida a su persona.
—Señora Bianchi —rompió su posición y caminó hacia ella—. Lamento incomodarla de esta manera, pero necesitaba hacerle esta pregunta a solas: ¿No nos hemos visto antes?
Cruzo la puerta principal de la mansión Bianchi con toda la intención de dar por finalizado ese día, cuando su pequeña hija, Luna, corrió en su dirección para recibirla con un abrazo, pero se desplomó en el proceso.Su cuerpo cayó sin fuerzas sobre el piso de mármol y lo presenció todo a cámara lenta, sin que pudiera hacer nada para evitarle el golpe.—¡Luna! —gritó, arrodillándose junto a ella.Su hija estaba pálida y tan débil. Le dolía el corazón de solo verla.—Hay que llevarla al hospital —dijo su esposo a su lado, tratando de tomarla en brazos.Sin embargo, en un gesto maternal y tonto, la apretó más fuerte contra su pecho, temiendo soltarla. No porque desconfiara de su marido, sino porque estos episodios se habían estado repitiendo tanto que temía que un día, simplemente, su pequeña ya no despertaría.Como de costumbre, pasó la madrugada en la clínica mientras su hija era sometida a un examen tras otro.De pie frente al gran ventanal de la suite VIP del hospital, veía su reflej
De vuelta al presente…No esperó a que Xander siguiera sacando conjeturas; con un odio renovado circulando por sus venas luego de tan vívido recuerdo, lo dejó de pie en el pasillo.—Cariño… —besó la mejilla de su marido, sentándose a su lado en la mesa.A los pocos minutos apareció Xander e hizo algo parecido con su prometida. Los dos se veían bastante cercanos, enamorados incluso, dado que tenían planes para casarse y esa era la razón principal de dicha velada: el imperio Bianchi y el Torner iban a fusionarse.Quería irse. No soportaba más estar cerca de ese hombre, pero la noche parecía interminable mientras hablaban y hablaban sobre temas de negocios.—¿Te pasa algo, Julieta? —soltó Carlotta sin anestesia, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. A pesar de los años que llevaban conociéndose, su cuñada nunca la había aceptado—. Has estado callada toda la cena. De hecho, me da la impresión de que no te ha agradado mi prometido.Tragó saliva tras el silencio inquietante que cayó so
Un día después lo había afrontado: su madre no regresaría. Se había ido para siempre. Se sentó en el borde de la cama con movimientos mecánicos, sintiendo que su vida había perdido por completo el sentido. Llevaba puesta una ropa limpia que le había conseguido una trabajadora social al ver que nadie se había interesado por su estado.No tenía familia, ni amigos, ni allegados.—Señorita... —la misma enfermera de la primera noche entró con una carpeta en la mano. Sus ojos castaños estaban cargados de compasión—. Tenemos que completar el registro. No hemos podido contactar con nadie de la familia Thorne. Dicen que ustedes ya no trabajaban allí y que no tienen registros de un pariente cercano. ¿Hay alguien más a quien debamos llamar?Una sonrisa triste se formó en sus labios. ¿Acaso había esperado un poco de misericordia de esas personas?—No —respondió. Su voz era un susurro, tan débil y carente de vida—. No hay nadie. Estoy sola.—Entiendo. El cuerpo de su madre será trasladado a la mor
Su madre la ayudó a levantarse. Y con ese amor que solo podía tener una madre, la ayudó también a recoger los pedazos dispersos de su alma. No podía dejar de llorar mientras se vestía con manos trémulas. No tuvieron tiempo de hacer la maleta; ambas fueron echadas sin derecho a nada.Y mientras intentaban tomar un taxi a las afuera de la mansión, no podía dejar de disculparse con su progenitora.—Perdóname, mamá… —sujetó sus manos entre las suyas—. Perdóname por esto. Perdóname por todo.—No es tu culpa —y aunque decía las palabras, su voz estaba algo rígida, como si no lo creyera del todo.—Lo es. Yo no debí… nunca debí… —se atragantó con su propio llanto sin poder formular una frase coherente.—Vayámonos de aquí, Elena. Ya tendremos tiempo de hablar de esto.—Pero, mamá…Ella le hizo un gesto con la mano para que guardara silencio mientras se subían al auto que las llevaría a un hotel o a cualquier lugar a donde pudieran refugiarse de la tormenta —siempre habían vivido en la mansión
—¿Qué…? —su voz fue apenas un susurró trémulo.De todos los escenarios que había imaginado este era el último de ellos. No había esperado que Xander la acorralara de esta manera para preguntarle sobre sus orígenes.—Sé que puede parecer un poco atrevido de mi parte, pero su cara se me hace familiar.—Me temo que esta confundido, señor Torner —intentó esquivarlo, mientras más rápido se alejara, mejor—. Yo no lo conozco. Es la primera vez que lo he visto.—¿Está segura? —insistió. Su mirada era suspicaz. —Completamente segura —y mientras decía esto, imagines del pasado invadían su mente.Cinco años atrás…Era la hija gorda de la cocinera, pero pareció olvidarlo cuando Xander Torner la besó en medio del pasillo.Desde que tenía uso de razón, había vivido en la mansión de la familia Torner en las habitaciones destinadas para la servidumbre. Su deber había sido ser invisible. Sin embargo, ahora…El heredero de la familia apretó su cuello mientras echaba su cabeza hacia atrás, devorándola
Su esposo le había dicho que tenían una cena importante a la que debían acudir ese día. Como siempre, se mostró cooperativa; era lo mínimo que podía hacer por el hombre que pagaba todos los gastos médicos de su hija.Llegaron al lugar indicado: un lujoso restaurante que parecía haber sido reservado exclusivamente para ellos. No entendía la razón de tanto misterio. ¿De qué trataba todo esto?—¿Ya me dirás qué ocurre, Brando? —preguntó sin poder soportar un segundo más la inquietud.—Ya lo sabrás, cariño.—¿Negocios? ¿Un nuevo convenio? —tanteó ella.—Algo así… —su respuesta fue vaga, sin darle la claridad que tanto necesitaba.Los minutos pasaron y, entonces, la puerta principal se abrió. Todo a su alrededor pareció detenerse en ese preciso instante; era como si alguien hubiera presionado un interruptor.«No», la palabra estaba en la punta de su lengua mientras veía entrar al último hombre que esperaba ver.Durante años se había cuidado de no volver a encontrarse con ese sujeto. Lo hab
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