Mundo ficciónIniciar sesiónEl Código del Desprecio No subestimes a la mujer que construyó tu imperio. Cinco años. Ese es el tiempo que Sofía entregó a la carrera de Eric, trabajando desde las sombras como su estratega, su soporte emocional y la mente brillante detrás de Hades, el algoritmo que lo convirtió en millonario. Ella pensó que estaban construyendo un futuro juntos, pero para Eric, ella solo era una pieza eficiente... y reemplazable. Todo cambia cuando Julia, la exnovia glamurosa de Eric, regresa reclamando su lugar. De la noche a la mañana, Sofía es degradada de socia silenciosa a "secretaria molesta". Humillada en su propia casa y obligada a servir a la mujer que busca destruirla, Sofía llega a su límite cuando Eric la niega frente a sus inversores y le exige que se vaya "por su propio bien". Eric cree que ella volverá de rodillas. Después de todo, ella no tiene nada a su nombre. O eso es lo que él piensa. Lo que Eric ignora es que Sofía no solo se llevó su maleta; se llevó las llaves del reino. Al cruzar la puerta, ella activa el Proyecto Eclipsis, dejando el imperio de Eric herido de muerte. Pero para terminar su venganza, Sofía necesita un aliado peligroso: Elliot, el magnate de hielo y el enemigo más implacable de Eric. Elliot no busca amor, busca un arma. Y Sofía no busca rescate, busca justicia.
Leer másLa mesa estaba puesta para dos, pero el silencio cenaba solo. Sofía había cuidado cada detalle: el mantel de lino blanco que a Eric le gustaba, las velas de sándalo y el vino de la cosecha que celebraba sus cinco años juntos. Cinco años de ser su sombra, su estratega silenciosa y la mujer que, desde la habitación de invitados —porque él decía que "mezclar amor y negocios en la misma cama restaba productividad"—, había construido su imperio.
Escuchó el rugido del motor del deportivo de Eric. Su corazón, todavía ingenuo, dio un vuelco. Se alisó el vestido rojo, aquel que solo se ponía en ocasiones especiales, y esperó junto a la puerta. Pero cuando la cerradura giró, el aire de la habitación cambió. No entró el aroma a éxito de Eric, sino un perfume dulzón, floral y empalagoso que Sofía reconoció al instante. Eric entró primero, pero no venía solo. Sostenía por la cintura a Julia, su exnovia de la universidad, la mujer que lo había abandonado cuando él no era nadie y que ahora regresaba envuelta en seda y una fragilidad fingida. —¿Qué es esto, Eric? —la voz de Sofía salió más pequeña de lo que pretendía. Eric ni siquiera la miró. Dejó las llaves sobre la mesa, justo encima de la tarjeta de aniversario que ella había escrito a mano. —Julia ha tenido un contratiempo con su divorcio. Sus cuentas están congeladas y no tiene dónde ir. Se quedará aquí, Sofía. No hagas preguntas, hoy he tenido un día agotador cerrando el contrato que me preparaste. —¿Aquí? ¿En nuestra casa? Eric, hoy es nuestro aniversario. Cinco años. Julia soltó una risita suave, ocultando su rostro en el hombro de Eric. —Oh, Eric, no me dijiste que era una fecha especial. Quizás debería irme a un hotel... aunque no tengo ni para el taxi. —No digas tonterías, Julia —sentenció Eric, volviéndose hacia Sofía con una frialdad que la heló—. Sofía es comprensiva. Ella sabe que lo nuestro es un compromiso... funcional. No seas infantil con fechas, Sofía. Mañana tengo una junta importante y necesito que Julia esté cómoda para que no me distraiga con sus preocupaciones. —¿Funcional? —Sofía sintió una punzada en el pecho—. He dedicado cinco años a tu empresa, a este hogar... —Y te pago muy bien por ello, ¿no? —la interrumpió él, quitándose el saco—. Eres mi mejor empleada, Sofía. No confundas las cosas. Ahora, quita esas velas, me dan dolor de cabeza. Y prepara la habitación principal para Julia. Tú puedes dormir en el estudio, total, siempre te quedas ahí hasta tarde con los códigos del sistema Hades. Julia le dedicó a Sofía una mirada triunfal sobre el hombro de Eric mientras él la guiaba hacia la cocina. —Gracias, Sofía —dijo Julia con una voz cargada de veneno oculto—. Eric siempre me dijo que eras la mujer más eficiente que conocía. Es un alivio tener a alguien que nos cuide así. Sofía se quedó sola en el comedor. Miró la cena fría y el vino que nunca se abriría. Eric no lo sabía, pero acababa de cometer su primer error. El sistema Hades, ese algoritmo predictivo que le estaba haciendo ganar millones, no era de la empresa. Tenía una "puerta trasera" que solo ella podía abrir. Y mientras apagaba las velas con los dedos, ignorando el dolor del calor, Sofía decidió que el tiempo de ser "eficiente" para Eric había terminado.La casa de seguridad de Elliot, ubicada en un antiguo faro reconvertido en las afueras de la ciudad, olía a sal y a café cargado. Dentro, el ambiente era de derrota. Sofía estaba sentada frente a una hilera de monitores, viendo cómo su rostro aparecía en todos los noticieros bajo el titular: "De genio del software a ladrona de guante blanco: El asalto digital a los Imperial".—Lo ha hecho de forma impecable —susurró Sofía, con la voz quebrada—. Usó una estructura de código espejo. Cada vez que yo intentaba bloquear el acceso en el banco, el sistema interpretaba mis comandos como autorizaciones de transferencia. Ante la ley, fui yo quien pulsó el botón.Leo caminaba de un lado a otro, con la corbata deshecha. —La orden de arresto está en pausa gracias a que Elliot movió sus hilos con el fiscal, pero no durará mucho. Tenemos 48 horas para demostrar que hubo una suplantación de identidad digital. El problema es que Eric ha ratificado la denuncia personalmente.Elliot se acercó a Sofía y
El vestíbulo acorazado del Banco Internacional era un templo de silencio y luz fría. Arthur Imperial caminaba con paso firme hacia la bóveda, con Julia del brazo. Ella lucía un sombrero de ala ancha que ocultaba parcialmente su rostro, pero su sonrisa era de una confianza absoluta.Cuando el banquero, el señor Vanderbilt, introdujo la llave, las puertas del ascensor privado se abrieron. Sofía y Elliot aparecieron, seguidos de Leo.—¡Deténganse! —exclamó Leo, mostrando la orden judicial—. Esta bóveda queda bloqueada por investigación de fraude de propiedad intelectual.Arthur se giró, pero no parecía sorprendido. Eric, que estaba allí (porque Julia lo había convencido de ir para "protegerlo"), miró a Sofía con una mezcla de odio y confusión.—¿Otra vez tú, Sofía? —espetó Eric, dando un paso al frente—. ¿No te basta con robarnos el software? ¿Ahora vienes a asaltar la caja fuerte de mi familia con tu nuevo novio millonario?Sofía ignoró a Eric y miró a Julia. —Sabemos qué hay ahí dentro
El estudio de Eric olía a una mezcla rancia de coñac y lluvia. El sonido del agua golpeando los ventanales era lo único que llenaba el silencio hasta que Eric, temblando por el frío y la paranoia, soltó la acusación.—Te vi en el invernadero con ese hombre, Julia. Sé lo que vi.Julia no retrocedió. No hubo un parpadeo de culpa, ni una gota de sudor. En lugar de eso, cerró la puerta del estudio con una lentitud deliberada, dejando el resto de la casa afuera. Caminó hacia Eric, dejando su taza de té sobre el escritorio de caoba. Bajo la luz tenue de la lámpara, su rostro parecía esculpido en mármol: hermoso, pero frío.—¿De verdad me viste, Eric? ¿O viste lo que Sofía quiere que veas? —su voz era un susurro melódico, cargado de una compasión que sonaba casi real—. Sabía que me seguirías. Lo supe en el momento en que te vi mirar el teléfono tres veces durante la cena. Sofía ha logrado lo que quería: convertirte en un hombre que persigue sombras bajo la lluvia mientras ella se ríe en los
La lluvia en las colinas de los Imperial no era una bendición; era una cortina de humo. Esa noche, la mansión parecía respirar con un ritmo pesado, llena de secretos que las paredes de mármol ya no podían contener. Eric, con los ojos inyectados en sangre y una botella de coñac a medio terminar, observaba desde la ventana de su estudio cómo una silueta se deslizaba por el jardín trasero hacia el viejo invernadero abandonado.No necesitaba verle la cara para saber quién era. El andar grácil y decidido era inconfundible: Julia.Eric, movido por un instinto primario de supervivencia y celos, salió de la casa sin paraguas, dejando que el agua helada le empapara el traje. Se acercó al invernadero, donde los cristales rotos y las plantas muertas creaban un escenario de película de terror. A través de un hueco en la estructura, vio a Julia de pie frente a una figura envuelta en una gabardina oscura.El hombre —porque por la estatura y los hombros lo parecía— estaba de espaldas. Su voz, filtra
La mansión de los Imperial no era solo una propiedad; era una declaración de guerra arquitectónica. Esa noche, las luces de los candelabros de cristal de Bohemia proyectaban sombras alargadas sobre un desfile de apellidos ilustres y conciencias dudosas. El aire olía a una mezcla embriagadora de gardenias frescas, perfume de nicho y la sutil, pero inconfundible, fragancia de la hipocresía. Arthur Imperial presidía la mesa con la rigidez de un soberano que no admite disidencias. A su derecha, Julia era la encarnación de la perfección: un vestido de satén perla que resaltaba su aparente inocencia y un anillo de diamantes en su mano que destellaba con cada gesto ensayado. Eric, a su lado, inflaba el pecho, bebiendo de su copa con la arrogancia de quien se cree de vuelta en el trono. —Un brindis —anunció Arthur, su voz de barítono silenciando el murmullo de los invitados—. Por el compromiso de mi hijo y por la nueva era de Imperial Holdings. Porque en este mundo, el talento es solo la me
La mansión de los Imperial se alzaba en las colinas como una fortaleza de piedra y arrogancia. Dentro, el aire era gélido, impregnado del olor a tabaco caro y a la historia de una fortuna construida sobre la falta de escrúpulos. Arthur Imperial, un hombre cuyo rostro parecía tallado en granito, observaba el jardín a través de los ventanales mientras sostenía el periódico que detallaba el escándalo de los diarios de Sofía.—Sofía era un activo eficiente, Eric, no te lo niego —dijo Arthur sin volverse. Su voz era un trueno sordo que siempre hacía que Eric se sintiera como un niño pequeño—. Pero las personas de su clase tienen un defecto fatal: creen que el talento las hace iguales a nosotros. Se vuelven arrogantes. Esa advenediza necesitaba una lección de realidad.Eric, sentado en un sillón de cuero con un vaso de whisky en la mano, asintió con una confianza renovada. A su lado, Julia lucía un vestido de seda color crema, proyectando una imagen de pureza y distinción que encajaba perfe
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