La mansión de los Imperial no era solo una propiedad; era una declaración de guerra arquitectónica. Esa noche, las luces de los candelabros de cristal de Bohemia proyectaban sombras alargadas sobre un desfile de apellidos ilustres y conciencias dudosas. El aire olía a una mezcla embriagadora de gardenias frescas, perfume de nicho y la sutil, pero inconfundible, fragancia de la hipocresía.
Arthur Imperial presidía la mesa con la rigidez de un soberano que no admite disidencias. A su derecha, Ju