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Capítulo 3: El último brindis de la traición

La risa de Julia resonó en el vestíbulo como un cristal rompiéndose. Entraron a la mansión cerca de la medianoche, envueltos en el aroma del champán caro y el triunfo ajeno. Sofía los esperaba de pie en la penumbra del salón, rodeada por el silencio de una casa que ya no se sentía suya. Había pasado la noche organizando los archivos de la licitación en su laptop personal, mientras el eco de la celebración que ella misma había tenido que coordinar —desde la cocina— se filtraba por las paredes.

—¡Fue un éxito total, Eric! —exclamó Julia, tambaleándose un poco sobre sus tacones de aguja. Se colgó del cuello de él, su rostro resplandeciente bajo las luces de la entrada—. Aunque tengo que decirte que esos gráficos que preparó Sofía eran un desastre. Casi me confundo frente a los inversores. Menos mal que tu carisma salvó la noche.

Eric la sostuvo por la cintura, mirándola con una adoración que Sofía no recordaba haber recibido en años. —Te lo dije, nena. Sofía es buena con los números, pero le falta visión. Se pierde en los detalles técnicos y olvida que los negocios son, ante todo, imagen. No te preocupes, mañana mismo haré que simplifique todo para que tú no tengas que lidiar con esa basura informática.

Sofía dio un paso hacia la luz. Eric se tensó al verla, pero no soltó a Julia. Al contrario, la atrajo más hacia él, como si necesitara protegerla de la sola presencia de Sofía.

—¿Por qué no estás en la cama? —preguntó Eric con fastidio—. Mañana tenemos que revisar el informe del cierre. Necesito que los datos estén impecables. Julia dice que el sistema dio un error de acceso dos veces durante su presentación. Espero que no estés descuidando el mantenimiento de Hades por tus escenitas de celos.

—El sistema no dio error, Eric —dijo Sofía, su voz extrañamente tranquila, desprovista de la calidez de siempre—. Julia no tiene las credenciales de seguridad ni la capacidad técnica para operar el núcleo. Se los advertí.

—¡Eric, me está llamando tonta otra vez! —se quejó Julia, hundiendo la cara en el pecho de él con un sollozo fingido—. Yo solo quería que todo saliera perfecto para ti... y ella solo pone trabas. Me miraba desde la cocina como si quisiera matarme. Tengo miedo de quedarme aquí con ella mientras tú estás en la oficina.

Eric fulminó a Sofía con la mirada. El desprecio en sus ojos fue más doloroso que cualquier bofetada. —Suficiente, Sofía. Mañana le pedirás perdón a Julia. Y no solo eso. He decidido que ya no trabajarás en el despacho central. Te habilitaré un espacio en el almacén de archivos del sótano. Julia ocupará tu oficina; ella necesita estar cerca de mí para aprender el negocio, y tú... bueno, tú solo necesitas un enchufe y silencio.

—¿En el sótano? —Sofía sintió un frío polar recorriéndole la columna—. Eric, yo construí esa empresa contigo. Yo diseñé cada algoritmo que nos hizo ricos. No puedes mandarme al sótano como si fuera un mueble viejo.

—Puedo y lo haré —sentenció él, caminando hacia la escalera mientras guiaba a Julia—. Sin mis contactos y mi capital, tus algoritmos serían solo líneas de texto en una pantalla. Eres una excelente herramienta, Sofía, pero las herramientas se guardan donde no estorben la vista. Agradece que te mantengo aquí. Sin mí, estarías de secretaria en una oficina de correos cobrando el salario mínimo.

Se fueron. Sofía escuchó la puerta de la habitación principal cerrarse —su habitación—. El silencio regresó, pero esta vez era diferente. Era el silencio de una tumba.

Caminó hacia el estudio, tomó su maleta pequeña y su laptop. No necesitaba nada más. El resto de las cosas en esa casa habían sido compradas con el dinero de una empresa que ella había hecho crecer, pero que Eric reclamaba como propiedad exclusiva.

"Eres una herramienta", repitió en su mente.

Al salir de la mansión, la lluvia de la madrugada empezó a caer. Sofía no miró atrás. Subió a un taxi y, con las manos temblando pero la mente lúcida, abrió su computadora. Tecleó un comando rápido. Un archivo oculto en el servidor de Imperial Holdings comenzó a ejecutarse: una cuenta regresiva de 72 horas.

Luego, buscó un contacto que había evitado durante meses. El número de Elliot.

—¿Sr. Elliot? —dijo cuando la voz profunda y gélida respondió al tercer tono—. Soy Sofía. Sé que es tarde, pero me dijiste que si alguna vez decidía dejar de ser un "activo desperdiciado", te buscara. Estoy en la calle. Y tengo algo que Eric va a morir por recuperar.

Al otro lado de la línea, hubo un silencio denso. —Te espero en mi edificio en diez minutos, Sofía —respondió Elliot, sin una pizca de amabilidad, pero con un respeto implícito que Eric nunca le había dado—. Trae el código. El resto... ya veremos si vales lo que dices.

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