La sala de juntas de Imperial Holdings nunca se había visto tan imponente. Eric, luciendo un traje que costaba más que el salario anual de cualquier analista, presidía la mesa con una sonrisa de suficiencia. A su lado, Julia intentaba proyectar una imagen de profesionalismo, aunque su mirada se desviaba constantemente hacia el reflejo de sus propios labios en la pantalla apagada. Los inversores alemanes, hombres de rostros pétreos y pocas palabras, esperaban la demostración final del sistema Ha