La mansión de los Imperial se alzaba en las colinas como una fortaleza de piedra y arrogancia. Dentro, el aire era gélido, impregnado del olor a tabaco caro y a la historia de una fortuna construida sobre la falta de escrúpulos. Arthur Imperial, un hombre cuyo rostro parecía tallado en granito, observaba el jardín a través de los ventanales mientras sostenía el periódico que detallaba el escándalo de los diarios de Sofía.
—Sofía era un activo eficiente, Eric, no te lo niego —dijo Arthur sin vol