Mundo ficciónIniciar sesiónAmbar Castillo Wood creció en el lujo absoluto, pero también en el desprecio. Hija de un millonario mexicano y una madre inglesa fuera del matrimonio, fue siempre “la bastarda” para su madrastra y su hermana Rocío, la misma mujer que terminó casándose con Diógenes Vicente Díaz Rivera, el CEO arrogante que Ambar había amado en secreto. Ahora Rocío está muerta, Diógenes está arruinado y Ambar se ha convertido en una magnate intocable, reina de las criptomonedas y la bolsa de valores. Él, desesperado y humillado, se ve obligado a arrastrarse ante la mujer que siempre despreció, dispuesto a usar su encanto para salvar su imperio, aunque eso implique conquistarla. Pero nada es tan simple cuando el orgullo y el deseo chocan. Cuando un naufragio los deja varados en una isla desierta, ambos descubren pasiones ocultas y heridas irreparables. Pero al regresar a la realidad, el compromiso de Ambar con Matteo Ferrari –mejor amigo y socio de Diógenes– amenaza con destruir lo que jamás se atrevieron a confesar. Entre traiciones familiares, celos que queman, secretos del pasado y una lucha despiadada por el poder, Ambar deberá decidir si su corazón vale más que su imperio… o si ella como mujer que lo domesticó está destinada a destruirlo.
Leer másLa llovizna gris cubría todo el cementerio de Glendale como un velo triste. El cielo parecía llorar con ellos, pero Diógenes no podía sentir nada más que un ardor ácido subiéndole desde el estómago hasta la garganta.
Frente al ataúd de roble oscuro con detalles dorados, Diógenes permanecía rígida, con su traje negro perfectamente planchado, la corbata anudada con exactitud milimétrica y su cabello peinado con tanto fijador que ni el viento de la mañana lograba moverlo. A su lado, Viviana sollozaba en silencio, con los ojos hinchados y delineador corrido por las lágrimas. Gerónimo estaba de pie, unos pasos detrás de ellos, con el rostro impasible, las manos cruzadas sobre el bastón de ébano que siempre cargaba desde su operación de cadera. Su mirada oscura no se despegaba de la tumba que se abría frente a todos, y apenas había dicho una palabra desde la noticia del accidente. —No puede ser… mi niña… mi Rocío… —gimoteaba Viviana, sujetando un pañuelo blanco contra su nariz mientras las lágrimas le empapaban el cuello de la blusa negra de seda. Diógenes no se movía. Ni siquiera le acarició la espalda. Su mente estaba muy lejos del cuerpo presente. Mientras los rezos del sacerdote se elevaban entre los murmullos de la lluvia, sus pensamientos se hundían en un vacío frío. “¿Por qué no me dejó nada?”, se preguntaba sin parar, sintiendo un nudo formarse en su pecho y en su orgullo. Dos días antes, su abogado le entregó el testamento de Rocío. Se había esperado una buena suma: ella era la hija menor, la mimada, la que siempre recibía regalos y tarjetas sin límite de crédito. Él pensó que casarse con Rocío sería su garantía de estabilidad, un paso estratégico para acercarse al imperio Castillo. Aunque ella siempre fue caprichosa, derrochadora y frívola, a él le convenía. Se sentía poderoso caminando de su mano en las galas, comprándole autos y joyas con dinero que en realidad no tenían y terminaron debiendo. Pero el testamento de Rocío había sido claro. Ni un dólar. Ni un centavo de sus cuentas ni de las tarjetas. Todo estaba embarcado o endeudado por sus compras compulsivas. Incluso las acciones que poseía en una de las filiales de su padre las había vendido, sin decirle nada, para pagar préstamos personales de tarjetas. La realidad lo golpeaba con la fuerza de un ladrillazo en la cara. Estaba en quiebra. Su empresa, NexCorp Innovations, venía cayendo desde hacía un año. Sus líneas de crédito estaban al límite, sus inversionistas retirándose tras el colapso de su nuevo software de seguridad que no cumplió las promesas publicitadas. La tierra húmeda bajo sus zapatos caros comenzaba a filtrarse en su conciencia. ¿Cómo había llegado allí? ¿Cómo un hombre como él, un CEO que aparecía en portadas de revistas, acababa mirando un ataque con desesperación por un testamento vacío? Escuchó un suspiro suave y giró un poco el rostro. Allí estaba ella. Ámbar. De pie, a dos metros, vestida con un abrigo negro ceñido al cuerpo, el cabello rubio cenizo recogido en una coleta alta que dejaba ver su cuello delicado y su rostro serio. Sus ojos verdes, de un color casi irreal, parecían de cristal bajo la lluvia. No lloraba. Ni siquiera parpadeaba. Su mente voló al pasado. “Ella es la bastarda…”, pensó, con un resentimiento antiguo que aún le pinchaba el orgullo. Recordaba cuando la conoció en aquella convención tecnológica en San Francisco hace siete años. NexCorp acababa de firmar un contrato millonario con Tesla Security, y él sentía el rey del mundo. La vio sentada en una mesa junto a su padre, con un vestido negro sencillo, sin joyas ostentosas, apenas un collar de plata con un pequeño dije de esmeralda. Pensó que era una asistente o analista. Se acercó con su copa de whisky, seguro y arrogante. —Hola, soy Diógenes Díaz, director general de NexCorp. —Le extendió la mano con sonrisa de costado, la misma que usaba para cerrar tratos y encamar mujeres. Ella lo miró con esos ojos verdes profundos y le escuchó apenas, con un gesto breve y educado. —Ámbar Castillo Wood, inversora de Vicoin… —respondió con su voz suave y aterciopelada. Él quedó congelado un segundo. Había escuchado su nombre en la lista de inversores más jóvenes de California. No la imaginaba tan joven, tan seria, tan fría. Y encima vi eso de las inversiones de criptomonedas como una pérdida de tiempo y dinero. Entendía que solo gente estúpida notaba su dinero en eso. Ese día entendió que ella era hija de Gerónimo. Pero cuando investigó, supo que era hija de la primera pareja de su sueño. Un “desliz” que Gerónimo tuvo en Londres con Sarah Wood. La niña bastarda nació. Ilegítima. Claro que su padre la reconoció, y tras la muerte de Sarah en un accidente cuando Ámbar tenía diez años, se la llevó a California. Nunca la trataron igual que a Rocío, eso era evidente, pero tampoco le negó nada. Su madre había sido millonaria y le dejó una herencia protegida a la que Ámbar accedió cuando cumplió dieciocho años. Era, sin duda, rica por derecho propio, no por Gerónimo. Al principio, Diógenes la había cortado un tiempo, pensó que sería un buen enlace estratégico con la familia Castillo. Y al instante de conocerla supo que ella se enamoró de él. Pero Rocío era más fácil. Más bonita a su manera. Más sensual, con su risa tonta y su mente ligera. Ámbar siempre lo miraba con ojos analíticos, como evaluándolo. Nunca se dejó conquistar, y él tampoco insistió cuando supo su estatus de hija bastarda. —Yo soy un hombre práctico —se decía a sí mismo, convencido de su decisión de apostar por Rocío la heredera mayoritaria. Ahora, con el sonido de la lluvia golpeando la madera del ataúd, miraba a Ámbar como si la viera por primera vez en años. Su rostro era el mismo, pero su aura había cambiado. Su silencio no era de tristeza, sino de una serenidad peligrosa. Sus ojos parecían saber demasiado. Demasiado sobre él. Sobre todo. El sacerdote terminó los rezos, y los trabajadores del cementerio comenzaron a bajar el ataque lentamente. Viviana soltó un grito desgarrador y Gerónimo la sostuvo de un brazo, con el ceño fruncido, casi con fastidio. Diógenes sintió un vacío en el estómago, un mareo que lo obligó a apoyarse sobre su rodilla un segundo. “Dios… ¿qué voy a hacer ahora…?”—pensaba Diógenes. Su mansión estaba hipotecada. Su auto deportivo estaba a nombre de la empresa. Sus tarjetas congeladas. Incluso su penthouse en Los Ángeles estaba en proceso de embargo por falta de pago. El abogado de Rocío le informó que hasta su ropa de diseñador tenía deudas detrás. Todo por evadir impuestos y sus despirfarres sin sentido. No le quedó más remedio que aceptar la oferta de Gerónimo de quedarse en la casa familiar hasta “reponerse”. Pero Diógenes sabía lo que significaba: humillación, vergüenza, vivir en el mismo techo donde Ámbar caminaba como dueña silenciosa. Porque aunque Gerónimo seguía siendo el patriarca, la verdadera fortuna de la familia ya no era de él, sino de ella. Mientras todos comenzaban a retirarse, Diógenes se quedó un momento bajo la llovizna. No sentí frío. No sentí tristeza por parte de Rocío. Tal vez un poco de nostalgia, un poco de vacío. Pero no duele. Su dolor era otro. Su bolsillo. También era el de verso impotente. El de saber que su estrategia había fracasado. El de entender que ahora estaba desnudo, sin poder, sin dinero y sin orgullo. Y que la única persona que podía salvarlo estaba allí, de pie bajo la lluvia, sin moverse, mirándolo con ojos de jade. Ámbar sostuvo su mirada por un segundo. Sus labios no se movieron, pero sus ojos dijeron todo. “Te lo advertí.” Ella se giró con elegancia y comenzó a caminar hacia su chofer, Elías, que la esperaba con un paraguas marrón y un abrigo extra en el brazo. Diógenes la vio alejarse, con el corazón latiéndole tan fuerte que casi le dolía en el pecho. “¿Qué hago ahora…?”— se preguntó con desesperación, mientras sentía el lodo manchar sus zapatos italianos. ¿Si la conquista ella podría mirarlo de nuevo? Lo que no sabía era que Ámbar ya había decidido qué hacer con él. Y su decisión no incluía salvarlo sin hacerlo arrastrarse primero.La tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Ámbar temblaba, con el cepillo aún en la mano, mirándolo como si hubiera visto un fantasma.—Vete a la mierda, Diógenes… —susurró con voz temblorosa—. No tienes derecho a estar aquí.Él avanzó un paso más, y su sombra la cubrió entera.—No voy a irme hasta que me lo digas a la cara.—Decirte qué? —tragó saliva, retrocediendo hasta casi rozar el borde de la cama.Diógenes la miró fija, con los ojos encendidos de rabia y dolor.—Que no estás embarazada. Dimelo. Repítelo mirándome a los ojos. ¿Podrás ocultarlo de mi para siempre?—¡No lo estoy! —replicó con brusquedad, aunque la voz le salió quebrada—¡Te largas de mi habitación o voy a gritar!Él negó espacio con la cabeza, acercándose más.—Mírame, Ámbar. No me apartes la mirada. ¿Vas a mentirme así, descaradamente? ¿Vas a entregarle mi hijo a otro hombre?—¡Ya basta con esa porquería! ¡Cierra esa maldita boca y lárgate de mi vista!—intentó girarse, pero él le tomó suavemente
El viaje de regreso a América fue largo, silencioso para Diógenes. Regresar a la rutina implicaba más trabajo y menos tiempo para pasar con ámbar. Sus sospechas no lo dejarían en paz. Cada gesto de Ámbar, cada palidez arrepentida, cada taza de té que Matteo se apresuraba a poner en sus manos le confirmaban lo que Caterina había insinuado.Matteo llevaba sus maletas y encima la llevaba agarrada de la mano como si fuera una niña o una enferma muy delicada.En el avión privado, buscó a Zoe que quiso acompañar a su hermano a América, intentando arrancar alguna verdad. Quería ver si le sacaba algo de información.—Zoe —le dijo mientras ella hojeaba una revista de moda, con sus uñas rojas brillando bajo la luz—. Dime una cosa… ¿Ámbar está embarazada?Ella levantó lentamente la mirada, arqueando sus cejas finas.—¿Por qué preguntas eso, Diógenes? —respondió con un tono juguetón, aunque sus ojos destilaban cautela.—Porque no soy ciego. La vi indispuesta todos los días. No quiero que me mient
La villa amanecía con su calma habitual: olor a pan recién hecho, voces suaves de las sirvientas moviéndose de un lado a otro, los dueños de la villa preparándose para ir a sus empresas y el sonido lejano de las olas golpeando contra las rocas. Diógenes llevaba días en la casa, observando, calculando, mordiéndose la lengua cada vez que veía a Matteo presumiendo a Ámbar frente a todos como si ya fuera suya.Pero había algo que no le cuadraba.Cada mañana, durante el desayuno familiar, Ámbar se ausentaba unos minutos con la excusa de que “no tenía hambre” o regresaba con el rostro pálido, los labios apretados y la mirada esquiva. Matteo, muy sutil, le servía él mismo un vaso de agua con limón o pedía que le llevaran té de jengibre. Siempre parecía anticiparse a sus malestares.Al principio Diógenes creía que solo era estrés o la incomodidad de tenerlo cerca ahora que sabía que supuestamente había recuperado la memoria.Esa mañana, Diógenes bajó más temprano que los demás. Camin hasta la
—Debo reconquistarla. Debo mantenerla a mi lado. Debo hacer que regrese conmigo.El regreso a la villa fue silencioso para Diógenes. Caminó por los pasillos, su mente repasando cada segundo que había pasado observando a Ámbar y Matteo entre los viñedos. No había duda: ella lloraba, y aunque no sabía la razón exacta, su corazón le gritaba que no era por felicidad.En la tarde, cuando Ámbar se dirigió a la piscina, Matteo a su lado, Diógenes decidió esperar. Cada movimiento de ella estaba tan lleno de tensión que podía sentirlo desde donde estaba observando. Matteo no la soltaba, ni un instante, y la controlaba con una mezcla de cariño y posesión que le provocaba un nudo en la garganta.Finalmente, sonó el teléfono de Matteo: un llamado desde América por un trato crucial. Sin perder tiempo, Matteo se retiró a su despacho, dejando a Ámbar sola por primera vez en horas.—Es ahora o nunca.Diógenes aprovechó el momento y se acercó. Sus pasos eran cautelosos, pero cada músculo de su cuerpo
La habitación de huéspedes olía a lavanda fresca. Las sábanas perfectamente dobladas, el ventanal abierto dejando entrar la brisa marina y una jarra de agua con rodajas de limón sobre la mesita daban la sensación de que todo estaba preparado para alguien parte de la familia.—Aquí te quedarás, Diógenes —dijo Zoe, sentándose sobre la cómoda y apoyándo con gracia el pie en la cama—. Es la mejor habitación después de la de Matteo, claro. Pero tranquilo, no se lo digas a Zara, que ella jura que la suya es la mejor.Él sonoro, cansado pero agradecido.—Gracias, Zoé. Has sido muy atenta conmigo.—Lo sé —respondió con picardía, quitándose las lentes Prada y dejándolos colgando de la blusa—. Soy la más simpática de la familia, ya lo verás. Siéntete como en casa. Avisame si quieres ir a algún lado. Igual no tengo mucho que hacer.—De.Le guiñó un ojo y salió casi bailando, dejándolo solo.Diógenes dejó su maleta a un lado, suspiró y fue directo a la ducha. El agua fría le despejó la cabeza, au
Cuando llegaron a la villa, ya era de mañana. El cielo estaba despejado y un aire frío y fresco se colaba entre los olivos. La mansión Ferrari estaba igual que como la recordaba: majestuosa, blanca, con balcones llenos de geranios rojos y un camino de piedra que llevaba hasta las escaleras principales.—Mamma y papá deben estar desayunando —le dijo Zoe mientras entraban. Un olor a pan recién horneado y café lo envolvió al instante. Sintió el estómago rugirle de hambre.Los padres de Matteo lo recibieron con afecto, con besos en cada mejilla y abrazos cálidos.—Diógenes, figlio mio, es un placer verte después de tanto tiempo —dijo la madre de Zoe.—Gracias, signora —dijo él con respeto, inclinándose para besarle la mano—. Ha pasado demasiado tiempo.—Ven, siéntate a desayunar con nosotros —ordenó el padre de Matteo con una voz grave y dominante.Estaba a punto de sentarse cuando una risa cristalina llenó el vestíbulo.Volteó y vio a Matteo bajando las escaleras, tomada de la mano de Ám
Último capítulo