La mesa estaba puesta para dos, pero el silencio cenaba solo. Sofía había cuidado cada detalle: el mantel de lino blanco que a Eric le gustaba, las velas de sándalo y el vino de la cosecha que celebraba sus cinco años juntos. Cinco años de ser su sombra, su estratega silenciosa y la mujer que, desde la habitación de invitados —porque él decía que "mezclar amor y negocios en la misma cama restaba productividad"—, había construido su imperio.Escuchó el rugido del motor del deportivo de Eric. Su corazón, todavía ingenuo, dio un vuelco. Se alisó el vestido rojo, aquel que solo se ponía en ocasiones especiales, y esperó junto a la puerta. Pero cuando la cerradura giró, el aire de la habitación cambió. No entró el aroma a éxito de Eric, sino un perfume dulzón, floral y empalagoso que Sofía reconoció al instante.Eric entró primero, pero no venía solo. Sostenía por la cintura a Julia, su exnovia de la universidad, la mujer que lo había abandonado cuando él no era nadie y que ahora regresaba
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